SEGUNDA PARTE DE MI PRIMER VIAJE MARROQUÍ
EN EL VERANO DE DE 2005: XÁUEN
En la entrada anterior tuve que dividir en dos el primer viaje, realizado en el mes de julio de 2005. Continúo el relato y mis impresiones de aquél viaje de introducción. Recordamos que había visitado Tánger, Asilah y Larache. Ahora me quedaban Ceuta y Xauen.
En Ceuta de nuevo, pero más despacio
Ceuta es España en territorio africano. Es la puerta de África. Vuelvo a la frontera, pero al revés. Esta vez intento ver la “valla” desde el otro lado. Es domingo, el mejor día, pues los días laborables es constante el movimiento. Recordamos que cientos de marroquíes entran en Ceuta a diario a comprar en los centros comerciales para revender en Marruecos al día siguiente. El domingo está más tranquila la frontera.
Reconozco que necesitaba volver un día de nuevo a mi mundo. Necesitaba una cerveza tranquilamente en público, sin ser visto como un bicho raro por ello. La ciudad es un lugar donde entran los marroquíes sólo de Tetuán y de Castillejos con su pasaporte sin visado. Nada más ellos, el resto necesita de un visado.
Vino marroquí
Una cosa curiosa que muy poca gente sospecha es que Marruecos elabore vino. Pues sí, hay vino marroquí. Al volver a Ceuta me doy cuenta de los dos mundos vecinos pero a mil años de distancia. Pero ya es de noche y hay que volver al hotel de Tetuán. No se viene a Marruecos a ver Ceuta. Tras unos vinos y unos embutidos vuelvo al cuscús.
Sobre el alcohol se me viene a la cabeza una anécdota. Frente a mi hotel tetuaní está la Casa de España. Una noche fui a comer allá. El centro ya es de marroquíes, no de españoles, pero allá va a comer a veces el cónsul, se sirve comida española y los camareros están totalmente españolizados. Al ver la carta, veo vino. Reconozco que me hice el tonto. Yo había leído en guías turísticas que en la ciudad de Meknés, ciudad relativamente cercana a Fez, la ciudad que tiene unos fenomenales restos romanos –Volubilis- y que fue capital del Muley Ismail los años entre finales del siglo XVII e inicios del XVIII, había vino. Es normal. El clima al norte del Atlas es mediterráneo puro, muy apto para el viñedo.
- ¿De dónde es el vino? Imagino que francés o español.
- Magoquí señog.
- ¿Marroquí? Si estamos en un país musulmán.
- Es magoquí señog. Maguecos tiene vino pgopio.
- ¿Qué me dice? Póngame un vino marroquí.
Es un vino algo fuerte, de mucha graduación. Me recuerda al vino de La Mancha. Es tinto de mucho cuerpo y para tomar con carne porque, si se toma a palo seco y alguna copa de más, puede ser chunga la melopea.
El camarero quedó muy contento, pues se quedó con la mitad, ya que yo era el único que bebía entre los marroquíes acompañantes. Imagino que se la bebería. Les encanta el vino y el alcohol a escondidas por el morbo de la prohibición.
El viaje a Xauen
Otro día a Xauen. Tenía ganas de verla. Me habían dicho maravillas de la ciudad que fundaron españoles moriscos expulsados. Su fundador salió de la bellísima población gaditana de Vejer de la Frontera, con la que está hermanada.
Chefchauen es el mismo lugar que Xauen.
Esta placa está en Vejer de la Frontera (Cádiz).
Xauen, la ciudad prohibida a los cristianos bajo pena de muerte (los que osaron fueron envenenados), es una ciudad andalusí. Podría se un pueblo cordobés o granadino de la Subbética. Al salir el autobús veo un espectáculo curioso. El autobús es del año catapún: las fundas desvencijadas, saliéndose la espuma, el suelo con gotas de algo, a saber qué. Mejor no pensarlo. Calorazo dentro. He vuelto a mi infancia, a los años 60 españoles, con esos “coches de línea” en los que iba a un pueblo cercano a Madrid. Antes de partir un hombre da un discurso en árabe. Está vendiendo algo, enseña unos frascos. Oigo el árabe magrebí pleno. Nadie le compra. Igual que en esos años 60 iban los viejillos con su boina y sus bultos en bolsas de trapero en aquellos autobuses de antaño, ahora estoy en uno de ellos: viejecillos con chilaba y esas bolsas y maletas roídas. Olor a sudor. Alguien no se ha lavado los sobacos. Igualito que hace casi cuarenta años en “La Blasa”, nombre de la compañía de autobuses que iban a los pueblos del sur de Madrid. Estoy a finales de julio y el paisaje seco y de sol deslumbrante, apenas se diferencia de la mitad sur de España. Bosques de cedros a veces, de pinos, de encinas. Campos resecos, etc. Estoy haciendo el camino de aquellos moriscos, de aquellos soldados españoles de los años 20. Veo los desfiladeros y las alturas desde donde los “pacos” masacrarían a los soldados españoles en aquella terrible evacuación dirigida por Franco y que supuso un nuevo desastre de sangre inútil. “Paco” era el nombre que se daba a los francotiradores marroquíes y luego a los tiradores en general en la Guerra Civil.
Xáuen: pintoresquismo y decepción
Se llega a Xáuen a la zona de abajo, al barrio que hicieron los españoles, con su estilo hispano morisco. Hay que subir una cuesta para llegar a las murallas y a la puerta (a la “bab”, puerta en árabe). Es curioso como voy atando cabos. Me acuerdo de Bab al Bardúm, una de las puertas de Tolaytolá. ¿Qué es esto? Pues es la castellanización de puerta de Almamúm del Toledo taifa. En esa puerta de Xauen se leen lápidas. Una de ellas es la de la ayuda de la Junta de Andalucía financiando las rehabilitaciones de la ciudad. Eso sí es la amistad entre ambas orillas. Setenta años después se descubre que es mejor ese tipo de ayudas que ir de “protectores”.
Una calle llena de tenderetes adosados a las fachadas de las casas, sube a una placita llena de terrazas con restaurantes, cafés y teterías. Los objetos vendibles son los típicos de los sitios turísticos: teteras, babuchas, chilabas, pieles, bolsos, “marroquinería”, nunca mejor dicho, etc, etc.
La decepción es que siento el turismo típico de cualquier pueblo andaluz cercano a la costa del Sol: guiris a tope, muchos de ellos ya modernos, con sus pins, sus ganas de comprar “costo” o “has”. Estoy en el paraíso del hachis y la kiffa. Me acuerdo de “Bajarse al Moro”, ambientada aquí. Oigo hablar andaluz, inglés, alemán, italiano. Xáuen no tiene ya el sabor “pre” turístico de Larache. Las terrazas ya con los turistas que van camino del sur, de la ruta de las kasbas o del Atlas, o de las ciudades imperiales: Fez, Meknés, Marrakesch…He ido varias veces, incluso en invierno, en puentes, pero siempre turistas.
Por las callejuelas un comerciante treintañero me habla y me invita a su comercio. Me hice amiguete y logré en varios viajes posteriores tener un guía y un invitador de té verde moruno, con hierbabuena, que hoy día es el placer cotidiano de mis sobremesas madrileñas.
Me dice que sus abuelos eran de una tribu cercana que se opuso a la entrega a los españoles en 1917. Hoy se esfuerza en ser moderno y habla con turistas que otean los souvenirs de su tienda. Me dice que las fuerzas vivas le ven mal por sus relaciones con los extranjeros y por sus comentarios malos sobre el régimen marroquí. Pensaba yo en cuántos jóvenes españoles en las costas mediterráneas de Benidorm, Marbella o Palma en los años 60 y 70 harían lo mismo: decir los abusos de las fuerzas vivas y caciquiles y del régimen franquista aprobando sus “Leyes Orgánicas”. Igualito que hoy mismo –verano de 2011- cuando oigo el referéndum de Mohamed VI sobre su pseudorreforma constitucional.
Xauen es un espejo erróneo del Marruecos real. En sus calles hay más permisividad por el guiri: dejan llevar tú mismo la botella de vino para degustar mejor el sabroso cuscús de cordero, ternera o vegetal, en esos barros de cerámica con los puntitos de sémola y la cebolla caramelizada y los garbanzos.
Recuerdo que un día, en otro viaje, tuve una anécdota graciosa. Con unos amigos españoles pedimos unas patatas fritas. Al tardar mucho decíamos -de broma- ¿habrán ido a Ceuta a por las Matutano?. Rato después nos venía un plato de ricas patatas fritas recién hechas. Eso era volver a los años antes de la llamada “sociedad de consumo”.
Volviendo a 2005 decido ir al Oued (río) Lou. Es un paraje estupendo. Agua a raudales, vegetación exuberante, gargantas, cedros, pinsapos, pinos… Es una delicia el senderismo en el Parque Nacional de Talembote. Alquilamos un taxi y seguimos hacia la costa para volver a Tetuán ya por las playas vírgenes mediterráneas, con las montañas yebalíes a la izquierda y con las cercanas montañas Béticas andaluzas al fondo, a la derecha. Uno no se imaginaba estos vergeles cuando tenía asimilado las fotos del desierto, del erg y de la hammada (paisajes del desierto).
Transcribo aquí un texto sobre Xauen del gran periodista y viajero Manu Leguineche, sacado de su libro: “Annual, 1921, el desastre de España en El Rif”, Madrid, Alfaguara, 1996.
LA SANTA Y MISTERIOSA [XAUEN]
Encajonada entre montañas Xauen, que en berebere quiere decir “mira los cuernos de las montañas”, recuerda la vega de Granada y Sierra Nevada. La doble cumbre del monte Ech domina la ciudad como los cuernos de un ternero. La cordillera rifeña protege a Xauen y la esconde a los hijos del extranjero como un padre posesivo encierra a su hija más hermosa. Desde la altura se descubren sus techados rojos, los minaretes rosados, las terrazas blancas, las casas azulencas y las torres ocres. Es una ciudad arábigo-andaluza de casas enjalbegadas y jardines de palmeras, patios con naranjos y limoneros, escoltada de olivos, pinsapos y alcornocales. Es la capital del agua, del equilibrio de las formas, hecha a medida del hombre, pilar de la fe, fortaleza del Islam.
Los barrios de Xauen, la ciudad virtuosa del país Yebala, se distribuían en seis partes, la de los chorfa, los descendientes del profeta y los comerciantes, la de los artesanos y babucheros, la de los apicultores, la de los pobres y la de los refugiados de Andalucía del siglo XV que reúne los telares más activos de la industria local. Los andaluces llegados de Granada descubrieron en Xauen una bendición de Alá, agua en abundancia. Tras la fundación prohibieron que entrara en ella ningún infiel bajo pena de muerte. Ésta es la más apacible y la más guerrera de las ciudades del norte marroquí. Dice un refrán que el tunecino es una mujer, el argelino un hombre y el marroquí un león. Demuestra coraje en el combate y la adversidad, y un orgullo puntilloso. Hasta 1937 duró el mercado de mancebos de Xauen. En cuanto a los esclavos negros, uno de cinco años valía cincuenta duros; un adulto joven, de cien a quinientos y una hembra virgen, de dos a tres mil pesetas.
En Xauen, un anciano guarnicionero nos recordaba en 1965 lo que fue la guerra del Rif y el Yebala y Gomara: “Durante dieciocho años resistimos en estas montañas contra dos ejércitos de dos grandes potencias europeas. Nuestra ciudad es la única de Marruecos que fue bombardeada varias veces por aviones franceses y españoles. Hay que creer que las oraciones de sus habitantes fueron escuchadas por Dios y que la ciudad se encontraba bajo protección divina: si solo dos o tres bombas hubieran caído en el centro lo hubieran reducido a un montón de ruinas, pero cayeron sobre todo en la montaña y muchas de ellas no llegaron a explotar. Y ahora que somos otra vez libres, plantamos viñedos y olivares”.
Desde su exilio en El Cairo, en el palacio Kubé que le prestó el rey Faruk, el derrotado Abdelkrim soñaba con los aromas de Xauen, siempre nostálgica de Andalucía. A los viajeros llegados de Marruecos el caudillo del Rif les preguntaba por Xauen. Nos contaban allá en la posguerra que los más viejos de la ciudad santa pedían a Dios que les hiciera volver a su Granada conquistada por los infieles. La pugna contra los españoles fue agria, de resistencia pasiva, al estilo Ghandi. Hubo notables que al entrar los españoles en la ciudad se encerraron en sus casas. Ya no veían razón para vivir en las calles de Xauen por las que se paseaba el enemigo tradicional. Y se obstinaron en no salir al exterior hasta su muerte. Otras familias se negaron a enviar a sus hijos a la escuela bajo el Protectorado español, esas mismas familias que conservaban los títulos de propiedad de sus terrenos granadinos y las llaves de sus alquerías.
En Xauen, visitada ahora por turistas de todo el mundo, sus calles juegan a las luces y a las sombras. Han contado hasta veintiuna mezquitas, la más antigua construida en el año 880 de la hégira, diecisiete cofradías religiosas diferentes y diecisiete santuarios, el primero de los cuales lleva el nombre de Mulay Ali Ben Rachid, descendiente del Profeta, fundador y patrón de Xauen. Es la ciudad donde la primavera se parece al otoño, mística, austera, en otro tiempo inaccesible y hostil. Pero Castro Girona, con sus hábitos de carbonero y su conocimiento de la forma de ser del yebala, logró convencer a los notables con promesas, embustes y halagos, en la alcazaba construida por andaluces, que obtendrían más beneficios si rendían la ciudad sin resistencia: ahorrarían el derramamiento de sangre. Así lo hicieron y las tropas españolas pudieron entrar en Xauen sin que sonara un solo disparo. Eso sí, las mujeres llevaban babuchas negras en señal de duelo por la Granada perdida, algo que había ocurrido cinco siglos atrás.
El hermano del emir, Abdelkrim, el inteligente M´Hamed, diez años más joven, llamado Krim chico por los oficiales españoles, liberó Xauen en 1924. El minarete de la mezquita de los andaluces muestra aún impactos de las bombas españolas. Al retomar la ciudad santa los españoles de 1925, la actividad comercial se trasladó a Tetuán y Larache y la ciudad misteriosa recuperó la somnolencia y el rigor monástico de sus mejores días.
El Rif, Alhucemas, Annual
La última parte de este primer viaje es ir a Alhucemas y a Annual. Por fin iba a conocer otro lugar que ansiaba: el Rif, el país los Beni Urriagel, de los Bocoyas, de los Tafersit… Un taxista amigo de la familia que me recibió, nos llevó a Alhucemas.
Ahora ya la cosa cambia. El Rif es diferente. Ahora ya sí estaba en África de verdad. Alhucemas no me gustó, pero me dio sorpresas de la gente. Es una población algo destartalada. Desde la playa se ve la isla del mismo nombre. Es un fuerte español hasta hoy día, como las Chafarinas o el peñón de Vélez de la Gomera. O la desconocida Perejil, lamentablemente famosa aquél verano de 2002. Residuos del viejo colonialismo desde el siglo XV. Diviso las playas donde en 1925, 80 años antes se dio el desembarco definitivo. Muy cerca hay un edificio interesante: es un IES llamado Melchor Gaspar de Jovellanos, un IES público, como cualquiera de España pero con el fin de dar el título de la Secundaria a chavales marroquíes de las clases altas, con vistas a su españolización frente a la educación francesa o marroquí.
Peñón o islote de Alhucemas, hoy del Ejército español.
IES Jovellanos (Alhucemas).
Al levantarme al día siguiente, la sorpresa: descubro el cherja, el idioma ancestral de El Rif. Nada que ver con el árabe. Allí descubro que estoy entre bereberes, diferentes a los árabes. Un lugareño me dice indignado cuando le llamo árabe:
- A ver si te entegas, yo no seg árabe, yo berebere.
- Los berebere solo parecegnos árabes en que semos musulmanes, nada más. Costumbges difegentes.
Mis acompañantes no se entendían con las limpiadoras del hotel ¡no hablaban cherja!... ¡ni ellas el árabe!. En los cafés lo mismo: esperar un camarero bilingüe.
Otra sorpresa. Me llamaban el árabe a mí. ¿Por qué? Por mi morenez. Los bereberes, muchos de ellos son pelirrojos de ojos claros, muy diferentes del moro, moruno, moreno, de piel renegrida y cabellos negros cetrinos.
Un señor nos lleva a su casa. En su hogar hay un retrato de Abd el Krim. Este señor mayor le recuerda al verle en su niñez. Su padre luchó en su bando. No puedo encontrar un taxi barato a Axdir. El que un español quiera taxi sube su precio por las nubes. Sin embargo puedo lograr que uno me lleve a Annual.
Es un paraje muy árido, desértico casi. Un pequeño montículo con una piedra blanca con una lápida en árabe recuerda la masacre. El taxista, que nunca había ido allá, pero que sabe de esa batalla –magnificada por supuesto por las autoridades en las escuelas-, ríe con placer al leer el texto, un texto exagerado que magnifica la victoria: minimiza las fuerzas rifeñas y maximiza las fuerzas españolas para dar más valor a sus armas. En la narración del segundo viaje ya me extenderé más. El tiempo apremia y hay que volver a Tetuán.
Logramos un taxista con viajeros compartidos. Al poco se van apeando y quedamos solos con el taxista que hablaba el español con dificultad. Su hermano estaba en España de albañil. Su sueño era pasar a la península. Lo logró una vez, pero le “pescaron” en el último momento en la aduana. De nuevo a Marruecos. Allí descubro otra cosa. Los marroquíes que quieren salir y visitar Europa no pueden. Sólo pueden los adinerados: los que tienen trabajo bueno, negocios, etc, y dan garantías de regresar y no quedarse de ilegales. Sólo así pueden obtener un costoso visado. Ahora comprendo lo de las pateras.
Logramos un taxista con viajeros compartidos. Al poco se van apeando y quedamos solos con el taxista que hablaba el español con dificultad. Su hermano estaba en España de albañil. Su sueño era pasar a la península. Lo logró una vez, pero le “pescaron” en el último momento en la aduana. De nuevo a Marruecos. Allí descubro otra cosa. Los marroquíes que quieren salir y visitar Europa no pueden. Sólo pueden los adinerados: los que tienen trabajo bueno, negocios, etc, y dan garantías de regresar y no quedarse de ilegales. Sólo así pueden obtener un costoso visado. Ahora comprendo lo de las pateras.
En la ruta atravieso bosques de cedros, pinos, etc. A veces me veo en carreteras de la sierra madrileña o de las serranías andaluzas. A veces la carretera se asoma al Mediterráneo. Atraviesa aldeas diminutas. Se puede parar a orinar y tomar un té. Preguntado por el retrete me dicen que el más grande: el campo, entre matojos. En los chiringuitos que tienen retrete, la taza es algo del futuro. Lo normal son aquellos de “Roca” instalados en el suelo, aquellos de las viejas tabernas españolas y que ya apenas hay. No tienen cadena para tirar. Un cubo de plástico y un grifito para llenarlo de agua y echarlo a la plataforma.
Ya de vuelta en Tetuán, la víspera de mi regreso a Madrid, me invitan a una casa a tomar cuscús. La casa como cualquiera andaluza. El padre, un señor de unos 70 años me habla en español andaluzado. Se había criado en los tiempos del Protectorado entre españoles hijos de militares, había estudiado el viejo Bachillerato español, con “Enciclopedia Álvarez” incluida, lector habitual de El País, El Marca, “culé” futbolístico, etc. Había visitado la España de los 60: Benidorm, Marbella… En su juventud bebía. Tiene familia en Ceuta, ciudad a la que va muchas veces, y su hermano era un anciano, uno de esos “moros” que trajo Franco a la guerra civil. Me dice que un tío suyo murió en la batalla de Málaga. Le respondo de su mala suerte, pues la matanza fue de republicanos a manos de los italianos aquél enero de 1937.
La vuelta a los Madriles
Al día siguiente la frontera. ¿Cómo volví al “primer mundo”? En la frontera de Ceuta apenas me miran el pasaporte los policías nacionales o guardias civiles. Al llegar al ferry de la Transmediterránea, me ven el DNI muy superficialmente. Veo el estrecho rumbo al norte. De frente Gibraltar y la bahía de Algeciras se acercan lentamente. Al volverme, el Monte Hacho de Ceuta, o el Monte Moussa marroquí se alejan poco a poco. En la aduana de Algeciras apenas me piden nada, solo te miran varios guardias y policías y según vea te hacen abrir el equipaje o no. Un marroquí con sangre fría puede cruzar la raya.
La vuelta a los Madriles
Al día siguiente la frontera. ¿Cómo volví al “primer mundo”? En la frontera de Ceuta apenas me miran el pasaporte los policías nacionales o guardias civiles. Al llegar al ferry de la Transmediterránea, me ven el DNI muy superficialmente. Veo el estrecho rumbo al norte. De frente Gibraltar y la bahía de Algeciras se acercan lentamente. Al volverme, el Monte Hacho de Ceuta, o el Monte Moussa marroquí se alejan poco a poco. En la aduana de Algeciras apenas me piden nada, solo te miran varios guardias y policías y según vea te hacen abrir el equipaje o no. Un marroquí con sangre fría puede cruzar la raya.
El Talgo me deja en la madrileña plaza de Atocha. Es aún julio y ya estoy maquinando para volver en agosto a Melilla.
Eso lo cuento ya en la próxima entrada.
Eso lo cuento ya en la próxima entrada.









