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lunes, 2 de enero de 2012

CÁDIZ EN EL BICENTENARIO DE “LA PEPA” (PARTE 1)

El dos de mayo de 2008 comenzaban en España los fastos del Bicentenario de aquél lejano e histórico día de 1808. La Comunidad de Madrid lo celebró con especial interés por ser la capital española uno de los primeros lugares donde se inició la lucha contra las tropas de Napoleón. Un año después surgía otro: el Bicentenario del inicio de las luchas de Emancipación en Hispanoamérica, también en mayo. Ambas fechas se consideran el inicio de la Historia Contemporánea de España y de aquellos países ultramarinos. En esos dos acontecimientos históricos se proyectaban decisivamente, a ambos lados del Atlántico, las sombras de las dos revoluciones (Estados Unidos y Francia) iniciadas dos décadas antes.
Casi cuatro años después -consecuencia de aquellos hechos- se llega a un tercer Bicentenario: el de la Constitución de Cádiz. Cuatro años de producción historiográfica española e hispanoamericana sobre unos sucesos, los últimos de historia común. La ciudad de Cádiz se sitúa en el centro de ambas orillas del Atlántico por última vez, cien años después de ser la heredera de la ya decadente Casa de Contratación sevillana.
Particularmente, el que escribe estas líneas, tan poco dado a coincidir sus lecturas históricas con los acontecimientos que están de moda y acaban siendo pesados, rompió esa costumbre, al menos en cuanto al tema americano, al poder realizar en 2009 (Perú y Ecuador) y 2010 (México) su ya largo como frustrado sueño de volar al otro lado del Atlántico. Muchas veces había visto el Atlántico desde España, Portugal y Marruecos y siempre con el deseo de ver la otra orilla. Volver a Cádiz o la costa atlántica europea tras haber estado en América, es comprender la historia común, con sus luces y sus sombras, ambas por igual.
Estas entradas van a tratar de Cádiz. Visité por tercera vez Cádiz en enero de 2010, cuando aún estaba en obras de preparación de los fastos del 2012. Ya se sabe que cuando hay un evento en alguna ciudad, mejor no ir hasta uno o dos años antes o después del evento en cuestión. Voy a publicar una reducidísima serie de las innumerables fotos que hice en aquellos paseos tan intensos: un día salí con un amigo, viejo compañero de la facultad e igual de apasionado que yo por la historia, a las 10 de la mañana del hotel y no volvimos hasta la 1 de la madrugada. Quince horas sin descanso de andar y andar -salvo para comer y beber-, de ver monumentos, lápidas, rincones de la historia local, idiosincrasia de la gente gaditana, etc.
Disfrute el lector de un mínimo número de fotos por razón de espacio. Es la ciudad de Cádiz tan interesante, que se merece una foto cada calle o plazuela, lo cual aquí es imposible de realizar. Es fácil hacerse con un mapita del caso histórico y cualquier reseña de Internet para ver muchas cosas que dejo en el tintero. Dentro de dos meses y medio tendremos Cádiz hasta en la sopa.
BREVE PASEO POR CÁDIZ 198 AÑOS DESPUÉS
Se llega desde la localidad de San Fernando, al sudeste de la pequeña manga de tierra que lleva al centro de la ciudad. Tras atravesar el Cádiz del siglo XX, se llega a la Puerta de Tierra, entrada a la fortaleza del casco viejo. Una alta torre almenada vigila cualquier movimiento del que llega. Con una defensa así, tan estrecha es difícil entrar. Sólo los franceses podían bombardear desde la bahía y desde larga distancia. La única forma de rendición es el asedio por hambre, desde el mar. Pero el mar no lo dominaban los franceses, por lo que los británicos, enemigos de la víspera, surtían la ciudad. Por ello, era inexpugnable ese último bastión de la resistencia contra el francés y cuna del liberalismo español.
Algo más adelante se llega a la Estación de RENFE y a la Cuesta de las Calesas. Recorremos la costa norte de la ciudad, el puerto comercial hasta la Diputación Provincial. Tras ella, la Plaza de España, lugar ajardinado donde se encuentra el Monumento a las Cortes de Cádiz.

 Monumento a las Cortes de Cádiz

Seguimos por la costa norte y llegamos a la Alameda de Apodaca, lugar muy agradable y arbolado con efigies de próceres hispanoamericanos. Destaco la del ecuatoriano Mejía Lequerica, que falleció en el asedio. Es una figura en su país, conservándose su casa natal en Quito.
Busto de Mejía Lequerica

 Bahía de Cádiz desde la Alamada de Apodaca, al fondo El Puerto de Santa María

Se llega al Baluarte de la Candelaria, desde donde se puede ver la gran bahía, con el Puerto de Santa María al fondo.
Ahora dejamos el mar y nos adentramos en la ciudad. Dando la espalda a la anterior alameda, por cualquier calleja, llegamos a la rectangular y amplia Plaza de San Antonio, con el convento de su nombre. Es un espacio elegante y popular a la vez, verdadero centro social de animación los festivos por la mañana. Es también el corazón del barrio del Mentidero.
Plaza y convento de San Antonio

La Calle Torre, tras el convento, nos lleva al cruce con la del Sacramento. Aquí se encuentra el Oratorio de San Felipe Neri, hoy Museo de las Cortes. En este templo se celebraron las animadas sesiones y aquí nació “La Pepa”, así llamada por haber sido aprobada el día 19 de marzo de 1812. Cuando estuve esta vez, en enero de 2010, estaba cerrada, en plena actividad de preparación para el momento de la conmemoración. Un montón de lápidas conmemorativas se encuentran adosadas a sus muros.

 Lápidas en la fachada del Oratorio de San Felipe Neri


Seguimos Sacramento hacia el oeste y llegamos a su continuación, que recibe el nombre de Benito Pérez Galdós. Salimos de nuevo al mar, al extremo oeste. A nuestra derecha queda el Parque Genovés. A la izquierda, nos dirigimos al Castillo de Santa Catalina. La gran fortaleza de la ciudad. Su aspecto es similar al de las fortificaciones de Hispanoamérica. La ciudad sufrió varios ataques, sobre todo fue muy grave el anglo holandés de finales del siglo XVI, el que inspiró la Española Inglesa, una de las Novelas Ejemplares de Cervantes.
Castillo de Santa Catalina


Siguiendo la costa llegamos al extremo oeste. Hemos pasado por la popular playa de La Caleta y llegamos al baluarte de San Sebastián, muy similar al anterior. Es el brazo que mira al Atlántico y, desde allí, cuando se ha estado en América, se siente como mucho más pequeño el océano, sobre todo cuando se ve el sol “poniéndose” por poniente.

Playa de La Caleta

Crepúculo desde el castillo de San Sebastián

Volvemos de nuevo a las callejas internas. Entramos en el popularísimo barrio de La Viña, el barrio castizo y humilde de Cádiz, el marginal, hoy recuperado y turístico.

Calle del Barrio de La Viña

Iglesia de la Palma

Volvemos al mar. Estamos en el lado sur de la ciudad. Se divisa el horizonte que adivina, muy cercana, la costa marroquí. Esta es la costa moruna, pero también la de Trafalgar y su desastre marino allá por 1805. Llegamos al barrio del Pópulo, el más antiguo de la ciudad, la Gadir prerromana. La plaza de la Catedral es muy pintoresca, con el nuevo templo neoclásico del siglo XVIII, testigo del auge mercantil y burgués de aquél siglo y que favorecería ser el lugar idóneo para el nacimiento del liberalismo español. A un lado de la catedral se encuentra el templo de Santiago, jesuita.

Catedral neoclásica de Cádiz

Iglesia de Santiago

Ya seguimos hacia el sudeste y llegamos de nuevo a la Puerta de Tierra. Terminamos aquí el breve paseíllo por Cádiz. Dejamos para la siguiente entrada otras fotos ante la falta de espacio. Un paseo corto pero que hace idea de la ciudad de forma somera.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

LAS ELECCIONES EN ESPAÑA (3ª PARTE)


1893: TRIUNFO REPUBLICANO EN MADRID EN PLENA RESTAURACIÓN

Exponemos aquí un ejemplo de elecciones a Cortes en Madrid en 1893. Es un brevísimo resumen un capítulo de mi trabajo o tesina de licenciatura en 1985 en la Universidad Complutense: Sociología electoral de Madrid, 1891-1901. En estas elecciones la máquina caciquil no puede impedir un aplastante triunfo republicano en todos sus distritos, sean acomodados como muy pobres. Un triunfo republicano precedido de una campaña electoral eufórica y confiada que parecía entrever una próxima proclamación de una II República.
Habrá lectores que no conozcan Madrid o la conozcan superficialmente. De todas formas es un trabajo que permite acercarse a la historia cotidiana de aquellos días y al ambiente de aquellas elecciones vistas en la entrada anterior.
La madrileña Puerta del Sol, centro social de la capital
COYUNTURA POLÍTICA NACIONAL
En 1892 el país está sumido en una grave crisis económica, complemento de la Gran Depresión europea de finales del siglo XIX. En diciembre de 1892, Cánovas presenta su dimisión a la reina regente. El Partido Conservador tiene una crisis interna originada por el enfrentamiento entre Cánovas y Silvela, que solo se resolverá al morir aquél y acceder Silvela a la jefatura del partido. El día 11 Sagasta tiene el encargo de formar un nuevo gobierno. El 5 de enero de 1893 se disuelven las Cortes y se convocan nuevas elecciones anticipadas para el día 5 de marzo. Por primera vez Sagasta organizaría unas elecciones mediante el sistema del sufragio universal masculino como presidente del gobierno.
La población española tenía un desencanto hacia el sufragio universal tras el bulo de las elecciones de 1891. Se adivinaban por igual un radicalismo y un abstencionismo ante estas elecciones.
A la izquierda del régimen se sitúan los republicanos y los socialistas, dado el retraimiento del anarquismo. Los republicanos estaban recuperándose del fracaso de 1873 y habían logrado la coalición Unión Republicana, la cual reunía  tanto a los centralistas de Salmerón como a los federales de Pi Margall y los viejos radicales de Ruiz Zorrilla. Incluyen en su ideario ideológico aspectos sociales por primera vez, en un claro intento de captar el voto del cada vez más influyente movimiento obrero. El PSOE, por su parte, rechaza el republicanismo por considerarlo burgués, y se autoconsidera único valedor del proletariado.
A la derecha de los partidos turnantes se sitúan los carlistas. Estaban escindidos en tradicionalistas e integristas. Aunque representaban a algunos ultras de cualquier parte del territorio español, sus esperanzas estaban puestas tan solo en el País Vasco y Navarra, su ya viejo feudo desde 1833. Aunque estaban ya muy desmovilizados para intentar una cuarta guerra, hubo una intentona muy tímida en 1898, cuando el desastre. Habrá que esperar a la guerra de 1936 para su movilización armada. Esos años se estaba gestando ya el nacionalismo vasco (nació el PNV en 1895) que iba a ir desplazando lentamente al viejo movimiento realista.
El resultado fue de triunfo electoral del Partido Liberal de Sagasta como era predecible. Los conservadores serían los grandes derrotados por esa crisis entre silvelistas y canovistas. Sin embargo, y aquí radica la importancia de estas elecciones, será  la victoria moral de los republicanos. Han ganado en las grandes ciudades (Madrid, Barcelona y Valencia), en la Cornisa Cantábrica y se refuerzan en la Meseta, aunque pierden el sur. La maquinaria caciquil había fallado esta vez. El PSOE tiene unos resultados irrisorios: el voto obrero es republicano. Aún no tiene una conciencia política de clase bien formada.
LAS ELECCIONES EN MADRID
Descripción social de los diez distritos municipales madrileños
Este artículo quiere demostrar que el voto está condicionado por las condiciones de vida de los votantes. Por ello es necesario acercarnos a esos distritos madrileños y sus condiciones sociales. El Madrid de los años 90 del siglo XIX es una ciudad en crecimiento, aunque sin seguir el modelo de las otras capitales estatales europeas. Cuenta con casi medio millón de almas. Y hace pocos años que la ha dejado de ser una villa del Antiguo Régimen y está en proceso de convertirse en metrópoli peninsular junto a una mayor y mejor urbanizada Barcelona. Una ciudad dual, con escasa industria, tan solo grandes talleres sin aún un proletariado organizado como el vizcaíno o barcelonés. Domina una minoría acomodada: la nobleza de provincias que reside temporalmente en Madrid y una alta burguesía también de provincias que en Madrid tiene la sede de sus altos negocios empresariales. La burguesía madrileña local es de menor calado económico con sus pequeñas empresas y talleres casi artesanales.
Una capa de funcionarios asociados a la capitalidad y a los servicios urbanos, con una débil clase media, es la capa que separa de la gran mayoría de trabajadores, jornaleros, vagabundos, mendigos y marginales sin ideología: lumpen que pulula por las calles y que retrata perfectamente Galdós en sus novelas Misericordia o Miau entre otras.
En 1893, Madrid cuenta con diez distritos municipales mal distribuidos, a la espera de una nueva reordenación a inicios del siglo XX. Una ciudad con barrios de gran urbanismo y alto nivel de vida junto a unos barrios sórdidos, con unos índices de analfabetismo o mortalidad propios de varias centurias anteriores más que del casi siglo XX. Todavía muchos ricos residen en el centro urbano, aunque se nota ya el desplazamiento lento al nuevo barrio del Ensanche, el distrito de Buenavista, hoy conocido como “barrio de Salamanca”, aquel que promocionase el marqués de su nombre, y que diseñase Antonio María de Castro con plano cuadriculado a finales del reinado isabelino. Más allá del Ensanche se van formando barrios periféricos con un urbanismo muy deficiente que acoge a una gran masa de inmigrantes sin cualificar del centro peninsular y de la cornisa cantábrica. El sur del viejo casco histórico está ya construido y con las mismas malas condiciones de vida que esa naciente periferia o extrarradio. Vemos en el mapa adjunto -aunque de 1916 y publicado por el Instituto Geográfico Nacional- la localización de los distritos. Distinguimos tres grupos de distritos madrileños según varios parámetros sociales como inmigración, analfabetismo o estructura socio-profesional.
Mapa de distritos municipales de Madrid en 1893
sobre el Mapa Topográfico Nacional de 1916.

1. Centro
2. Palacio
3. Universidad
4. Hospicio
5. Buenavista
6. Congreso
7. Hospital
8. Inclusa
9. Latina
10. Audiencia

Un primer grupo estaría formado por los distritos ricos y acomodados: Centro, Congreso y Buenavista. Comprenden zonas céntricas y orientales de la ciudad. El extremo oriental de Buenavista tenía barrios populares como Prosperidad o Guindalera. El analfabetismo es bajo, sobre todo en Buenavista, con apenas un 25%. Abundan los rentistas, los comerciantes, abogados y clases medias. Las clases populares están representadas por los sirvientes de los abundantes palacios de sus barrios. La inmigración es alta aunque no hay inmigrantes pobres, sino burgueses y nobles de provincias aquí asentados.
El grupo medio -o de transición- es el formado por Palacio, Universidad, Audiencia y Hospicio. Palacio tiene un alto analfabetismo (más de un tercio). Hay muchos nobles rentistas en los abundantes palacios, incluido el Real o de Oriente con la Casa Real. Escasean los comerciantes y abogados. Los criados y jornaleros proceden de las dos castillas fundamentalmente, seguidos de andaluces, asturianos y gallegos. Universidad, Audiencia y Hospicio tienen características similares al de Palacio. Los cuatro distritos tienen barrios céntricos y próximos a la Puerta del Sol. Envuelven a la ciudad por el oeste y el norte.
El último grupo de distritos pobres los forman los tres que cierran la ciudad por el sur, en las riberas del Manzanares: Hospital, Inclusa y Latina. Inclusa, el actual barrio de Lavapiés, es el más pobre de la ciudad, el peor equipado, con mayores índices de mortalidad. El analfabetismo roza el 50%. Prácticamente no hay clases medias ni altas. Los jornaleros son el grupo profesionalmente dominante, sin apenas haber criados por la falta de casas acomodadas. Con una inmigración paupérrima de provincias centrales y del noroeste, es el distrito típico de votantes republicanos y socialistas. Los otros dos distritos son parecidos a Inclusa, pero sin situaciones tan acusadas.
La "corrala" la casa popular madrileña en el barrio de Lavapiés,
en el popular distrito de Inclusa.
Las candidaturas
Por el Partido Liberal no hay nobles entre los seis candidatos a diputado, pero sí pertenecen a la alta burguesía. Presenta tres grandes propietarios residentes en Audiencia, Centro y Congreso. Un banquero en Buenavista, un abogado en Hospicio y un comerciante en Universidad.
Uno de ellos: Cándido Lara y Ortal. Madrileño, nacido en 1839 y conocido como el carnicero de Antón Martín. Residía en Audiencia. Era contratista de limpiezas y riegos del Ayuntamiento. Obtuvo grandes beneficios en el suministro del ejército liberal en la segunda guerra carlista. Sus grandes fincas le daban una renta de 85.000 pesetas. Además era empresario teatral, propietario del aún abierto Teatro Lara en la Corredera Baja de San Pablo.
En el Partido Conservador vemos tres nobles residentes en Palacio, Buenavista y Centro. Un propietario, un arquitecto, ambos de Buenavista, y un abogado de Hospicio completan la lista del partido.
Veamos ahora la lista republicana. Sus miembros pertenecen a las clases medias acomodadas, esa “otra burguesía”. Los seis residen en Palacio, Congreso y Buenavista. Pi i Margall, Nicolás Salmerón y Manuel Pedregal, son abogados. Junto a ellos hay dos médicos: los doctores Esquerdo y Eduardo Benot. Manuel Ruiz Zorrilla, el sexto candidato, es un propietario en el exilio.
Francisco pi i Margall, el viejo presidente federalista de la I República.

El PSOE sí que es un partido proletario. Cuatro de sus miembros son albañil, moldeador, panadero y tipógrafo. De los dos restantes vemos a Pablo Iglesias, gallego de El Ferrol, antiguo tipógrafo, pionero del socialismo español, marxista y opuesto al anarquismo, es ahora periodista y director de El Socialista. Reside en Hospicio. El doctor Jaime Vera, fundador del partido con Iglesias en 1879, reside en el distrito de Hospital.
La coyuntura madrileña en el invierno de 1893
El mes de febrero de 1893 es el vigésimo aniversario de la proclamación de la I República. El viernes 10, en el desaparecido Teatro Martín de la calle de Santa Brígida, hay un mitin republicano al que asisten numerosos correligionarios. Los abucheos y gritos contra la monarquía arrecian. La policía interviene, lo disuelve y se producen cargas durante toda la noche por el centro de la capital.
El sábado 11 hay comidas pacíficas en restaurantes y cafés de todo Madrid conmemorando el histórico aniversario.
El día 16, el alcalde, el conde de San Bernardo, prometió la bajada del precio del pan. Se descubre su adulteración, impidiendo a los inspectores municipales investigar los fraudes. El diario republicano EL PAÍS lo acusa de electoralismo barato.
El entonces alcalde madrileño: el conde de San Bernardo

El día 18 se inicia una huelga de fosforeros ante la carestía de la vida. El día 19 se despide a un número de funcionarios sobrantes. Por fin, el 24 hay una manifestación de los obreros y jardineros que construían el Parque del Oeste. Se había producido un temporal de nieve y viento que obligó a detener los trabajos. Al ser jornaleros, se quedaron sin cobrar su paga.
LA CAMPAÑA ELECTORAL
La prensa es el vehículo para seguirla. El País (republiacano), El Imparcial, El Socialista, El Liberal, La Época (conservador), y El Siglo Futuro (carlista-integrista), son los principales diarios de la capital. En sus páginas destacamos varios aspectos.
El diario El Imparcial, diario independiente.
Fundado por Eduardo gasset y Artime en el Sexenio
Los manifiestos
El País publica un manifiesto el día 24 de enero. Comienza insinuando la validez de cualquier método (incluido el pronunciamiento militar) para la proclamación de la II República. Tras ello abrir un proceso constituyente. Continúa atacando al sistema del turno y a la Constitución de 1876 y su inutilidad ante la grave crisis económica con las únicas soluciones de las subidas de impuestos a las clases obreras. También alude a los abusos militares en las colonias impropias de los modernos tiempos. Lo firman los conocidos republicanos como Pi i Margall, Gumersindo de Azcárate, José María Esquerdo, Manuel Ruiz Zorrilla o Nicolás Salmerón entre otros.
El 20 de febrero, El Imparcial publica un manifiesto socialista a los jornaleros de Madrid. Junto a las medidas socializantes de la propiedad pública de los medios de producción, pide entre otras demandas, la abolición del Ejército y armar al pueblo, la justicia gratuita, abolición de la pena de muerte, confiscación de los bienes del pueblo, jornada de ocho horas, prohibición de trabajar a menores de 14 años, o la igualdad de salarios entre los dos sexos. Concluye el manifiesto con un duro ataque a los republicanos, poniendo como ejemplo a los Estados Unidos o Francia como modelos de represión del obrerismo. El Socialista, el día 24, complementa este manifiesto con más ataques a los republicanos.
La crisis económica
El País, el 22 de febrero, plantea la necesidad de solucionar la crisis económica. Propone reformar el Código de Comercio, responsable de las quiebras de comerciantes madrileños y las suspensiones de pagos. El día 27 expone la necesidad de reordenar la caótica administración.
El Imparcial del 3 de marzo informa de un mitin del Partido Liberal en el que exponen sus políticas reformistas frente a los ataque republicanos. Un asistente contestó y protestó violentamente ante los ataques a los republicanos y hubo de ser expulsado por la policía.
El falseamiento electoral
Es el tema más recurrente ante su práctica constante en todo el período de la Restauración.
El País, el 25 de enero acusa a los alcaldes de barrio de ser elegidos por el Ayuntamiento y de falsear el censo electoral. El 18 de febrero, su editorial “Los crímenes electorales” denuncia a los caciques, interesados en mantener el analfabetismo para embrutecer al pueblo y dominarlo mejor. Reconoce que la República no podrá arreglar todo el problema, pero lo aminorará hasta hacerlo residual en las aldeas más apartadas. Al día siguiente se pregunta si el alcalde dará primas y amenazas para votar a los liberales.
El 24 de febrero su editorial “Lucha en Madrid” afirma que el triunfo en la capital acabaría con el caciquismo rural: “(…) el triunfo de la candidatura republicana (…) Téngase presente lo que eso significaría. Madrid, por ser la capital, la sede de la política, marcha a la cabeza de España. Hay que suponer que las ideas y los partidos que en Madrid triunfan, tienen en su favor el voto de la mayoría de los españoles”.
El Liberal y El Imparcial publican sendos editoriales criticando y pidiendo soluciones ante el caciquismo. La Época critica de forma partidista a los liberales y cómo falsean el sufragio universal que ellos mismos habían aprobado.
Ataques entre partidos
El País es el más agresivo por su euforia y su seguridad en el triunfo. Atacan duro a los socialistas, a los que consideran sus competidores por captar el voto obrero. De todas formas, el socialismo aún no ha captado el obrerismo, mayoritariamente republicano. Hasta 1910 no conseguirá Pablo Iglesias sentarse en el Congreso de los Diputados. Y esos votos solo fueron en los barrios periféricos. Los republicanos critican la nacionalización de las tierras socialista porque no creaba una clase media campesina. También critica a Castelar, antiguo republicano pasado al Partido Liberal.
El Imparcial atacó a los carlistas y sus ilusiones vanas ante el resultado.
El diario conservador, La Época, ataca al liberal Gamazo y la falta de mano dura ante el envalentonamiento de los republicanos.
El Siglo Futuro, el 13 de febrero, ataca al sistema parlamentario en general en su editorial “El Estado universal con la moral sinalagmática”, duro ataque a Pi i Margall. Pide un Estado fuerte.
El tema del abstencionismo
El 3 de marzo, El Socialista, en su editorial “Trabajadores ¡A las urnas!”, afirma que el abstencionismo favorece a la burguesía. Continúa sus ataques a los republicanos ante un incidente entre ellos en Vilanova y la Geltrú.
El 4 de marzo, El Liberal en su editorial “Los indiferentes” hace una dura crítica a los abstencionistas: “(…) la soberanía entregada en manos de un pueblo que no tiene el amor al poder, la pasión por la lucha, la conciencia del voto, se convierte en mísero juguete, en frívola ocupación, en el trabajo de los que no tienen trabajo ninguno (…). No merece ser soberano el que menosprecia sin olvidar el ejercicio de su soberanía.”
El Ejército
El País, el 23 de febrero, publica el editorial “La República y el Ejército”. Achaca sus males a su monarquismo. Aboga por la modernización y despolitización como en otros países europeos. Otro editorial -“El Ejército y las elecciones”- del 4 de marzo intenta tranquilizarlo, por el temor de un golpe reaccionario ante el casi cantado triunfo electoral.
LOS RESULTADOS
Liberales: 43,82%.
Conservadores: 3,68%.
Republicanos: 51,34%.
Socialistas: 1,15%.
Han sido elegidos los seis candidatos republicanos y dos liberales. Los conservadores de Madrid han sido barridos del Congreso de los Diputados. La suma de liberales y conservadores no llegan al 50%, triunfando en Palacio, Centro, Buenavista, Congreso y Audiencia.
El triunfo republicano es arrollador ante unas elecciones preparadas por los liberales de Sagasta. Se han impuesto en seis distritos madrileños, especialmente en los tres del sur.
El voto socialista es irregular, con menos votos en el distrito obrero de Latina y mayores en el monárquico de Palacio. En Inclusa tiene sus mayores votaciones como era de esperar. Este distrito apenas llega al tercio de las votaciones monárquicas. Incluso el voto socialista supera al conservador.
Lamentablemente no se conservan las actas electorales en el Archivo de la Villa de Madrid, por lo que es imposible ver la abstención y otras cuestiones.
LA PRENSA ANTE LAS ELECCIONES
El Imparcial, el 6 de marzo, publica las incidencias de la jornada electoral en los distritos madrileños:
Palacio. Orden general, salvo un detenido que quiso votar en falso.
Universidad. Varios detenidos por querer votar con nombres de personas fallecidas.
Centro. Gran actividad de jóvenes republicanos animando a votar. Una portera quiso votar por su marido enfermo.
Hospicio. En el barrio de Chamberí hubo una gran animación ante las reñidas votaciones entre republicanos y monárquicos. En Cuatro Caminos hubo un gran alboroto al comprar un simpatizante liberal votos a tres pesetas. Fue detenido por la policía.
Buenavista. Gran animación en los barrios populares de Prosperidad y Guindalera, que recibieron la visita de Sagasta.
Congreso. Detención de impostores varios y poca animación de las candidaturas republicanas.
Hospital. En la calle del Ave María se cerró un colegio antes de tiempo, lo que originó alborotos.
Inclusa y Latina. Mucha animación por las candidaturas republicanas.
Audiencia. Detenciones de votantes con nombres de fallecidos.
El Liberal (6 de marzo) se felicita del triunfo republicano. “La victoria de ayer es, ante todo, el éxito inmenso y definitivo en nuestra patria del sufragio universal. El sufragio ha hablado, y la democracia ha resultado triunfante en Madrid y en las principales capitales de España.”
El diario republicano El País, aparece eufórico en su editorial del día 6: “Pasajeros al tren”, viva animación a la regente a abandonar el país. Al día siguiente publica otro editorial: “A los obreros socialistas” en el que se mofa de los resultados ridículos del PSOE en Madrid.
El 24 de marzo, semanas después de las elecciones, le responden desde El Socialista, en el artículo: “Hipócritas y falsarios” en el dice ser revolucionario y conquistar la sociedad no ganar simplemente la elecciones.
Los días 6 y 7 de marzo, La Época publica dos artículos respectivamente: “Las elecciones en Madrid” y “”El fracaso del ministerio liberal”. En ellos acusa a los liberales de ser los culpables de la victoria republicana. Se alegra de que el triunfo republicano no haya llegado al resto de España. Acusa a Sagasta de la falta de mano dura gubernamental en la campaña y permitir “…ese desastre, ocurrido a las puertas del Real Alcázar, donde se guardan las veneradas instituciones del país.”
CONCLUSIONES Y TEXTO SIGNIFICATIVO PARA ACABAR
Como puede verse, en capitales como Madrid, la población no estaba tan retraída ni tan atada como en la España rural por los caciques. La máquina electoral canovista de fabricar elecciones falsas, no funcionaba en las mayores capitales. ¿Qué hubiese pasado si las elecciones hubiesen sido medianamente limpias en aquella España de la Restauración? ¿Cuánto tiempo hubiese aguantado la monarquía de Sagunto? Este resultado, sin embargo, no era parangonable a un país aún preindustrial en su mayoría, dominado por la pobreza absoluta, sobre todo en la mitad sur latifundista, el analfabetismo, y el gran poder aún de la oligarquía agraria y la gran burguesía industrial y financiera.
Acabo esta entrada con un texto literario que refleja muy bien el panorama lejos de Madrid, en las capitales de provincia medianas o pequeñas. Un texto muy conocido por los lectores de la gran novela de Leopoldo Alas “Clarín”: La Regenta. El texto es de la Editorial Alianza.

Hacer click en las dos imágenes.

  

jueves, 17 de noviembre de 2011

LAS ELECCIONES EN ESPAÑA (2ª PARTE)

Entre el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX se asentó el falso parlamentarismo, el de fachada democrática, a pesar de ser el período de mayor actividad, tanto en el Congreso de los Diputados como en los colegios electorales. Campañas, partidos políticos legalizados en su totalidad, huelgas, tolerancia religiosa, libertades individuales y sociales amparadas en la Constitución de 1876…, van a ser protagonistas de aquella España en la que cualquier extranjero que viajase por ella hacia 1900 apreciaba un sistema político homologable a los de la Europa vecina transpirenaica. Lo único no homologable era la extrema pobreza, el atraso cultural, la radicalización política, la violencia cotidiana, el distanciamiento de la sociedad, etc, etc, es decir un país atrasado, sin democracia y con un parlamentarismo simbólico.
 

La vieja Casa de Correos, Ministerio de Gobernación, DGS o actual sede de la Comunidad de Madrid, en la madrileña Puerta del Sol.


2.
1875 - 1923. LA RESTAURACIÓN:
EL PARLAMENTARISMO DE SALÓN O PSEUDO DEMOCRÁTICO

EL REINADO DE ALFONSO XII, 1875-1885
En la Navidad de 1874 se dio el golpe militar de Sagunto por los generales Jovellar y Martínez Campos. Acababan así seis años y poco más de tres meses marcados por rebeliones cantonales, una guerra colonial en Cuba, una nueva guerra civil carlista (tercera), una crisis económica, una monarquía democrática, una República federal y una dictadura personal en persona de Serrano. En ese Sexenio “Revolucionario” o “Democrático” las urnas no estuvieron guardadas en el almacén.
El invierno de 1875 entraba un joven Alfonso XII en Madrid. Un presidente del gobierno, el abogado malagueño, viejo moderado isabelino y catalizador del sector monárquico borbónico, Antonio Cánovas del Castillo, iba a configurar un nuevo régimen político basado en el liberalismo. Ahora se abre ese segundo período de pseudo liberalismo español, aunque se exaltase la vida parlamentaria, partidista, y aunque el viejo edificio de la madrileña Carrera de San Jerónimo, el Congreso de los Diputados, tuviese su mayor período interrumpido de vida liberal-parlamentaria.
En 1875 no podía volverse a repetir sin más la vieja monarquía isabelina. Cánovas iba a cambiar el sistema de 1845 por otro de fachada liberal abierto a la democracia. Ya el pronunciamiento saguntino le contrarió. Buscaba restaurar el trono borbónico con legitimidad fingida, sin golpe. El movimiento de Martínez Campos siempre pesó como pecado original de aquella monarquía restaurada hasta 1931, a la que se llamó de “Sagunto”, como sorna de su nacimiento golpista. En el Sexenio obligó a Isabel II a abdicar en su joven hijo, pues la vida disoluta de la reina era un obstáculo para esa restauración que tanto ansiaba ese grupo oligárquico de poder.
Cánovas se inventó el liberalismo: inició un proceso constituyente nuevo con sus elecciones a Cortes mediante el sufragio universal falseado para dar aparente legitimidad. Esas elecciones llevaron a la Constitución de 1876, aprobada en junio de ese año. Será la Constitución de mayor vigor en nuestra vida constitucional: 46 años.
El segundo paso fue pactar con los viejos progresistas de Prim, ahora liderados por Sagasta. Ambos partidos se turnarían pacíficamente, electoralmente, sin tener que recurrir a los pronunciamientos del anterior reinado. Los militares pasaron a un segundo plano hasta 1923. Se volvía a un régimen de liberalismo doctrinario o antidemocrático ya obsoleto en la vecina Europa. Ese régimen tendría unas elecciones con el sufragio censitario, sin la totalidad de partidos legalizados y sin las libertades sociales reconocidas. Ocupó hasta 1885, fecha en que murió el rey Alfonso XII en el palacio madrileño de El Pardo. Estas elecciones no las vamos a explicar aquí por su simplicidad y antiparlamentarismo.

Antonio Cánovas del Castillo, el líder de los conservadores
y creador del tinglado de la Restauración

Práxedes Mateo Sagasta, líder de los liberales y principal apoyo del régimen.

LA REGENCIA DE MARÍA CRISTINA, 1885-1902
En 1885 se firmó el Pacto de El Pardo entre los liberales (antiguos progresistas) de Sagasta y los conservadores (antiguos moderados) de Cánovas. Sagasta aceptaba el régimen ya sin reservas a cambio de “lavar la cara” de la Constitución y darle una fachada democrática. Entre 1886 y 1891 los liberales tienen el poder (única legislatura completa) y elaboran leyes fundamentales que legalizan los partidos y sindicatos (el PSOE y la UGT salen a la luz pública), reconocen derechos sociales como la huelga, la libertad de expresión plena, etc. Pero la gran ley será la del Sufragio universal de 1890. La jugada era clara: había que dar legitimidad democrática al régimen ante los cambios socioeconómicos que se avecinaban en ese final de siglo. Al exterior todo parecía perfecto, pero en las entrañas del sistema se trataba de un acuerdo interno entre los dos partidos.
Los conservadores de Cánovas eran, generalmente, oligarcas olivareros de la mitad sur del país, Extremadura, Andalucía; mientras que los liberales de Sagasta eran terratenientes de la meseta norte, el valle del Ebro y la cornisa Cantábrica. En otras palabras: la España del latifundio se ponía de acuerdo con la España de la propiedad media y minifundista. Más tarde se unió al sistema la alta burguesía vasca. Como puede verse es el llamado bloque oligárquico ya citado por Tuñón de Lara. Este historiador estableció ese bloque cerrado, con política matrimonial calculada para futuras herencias de patrimonios, una política más propia del Antiguo Régimen que de finales del siglo XIX e inicios del XX.
El resto de la sociedad quedaba marginada del poder definitivamente, con las elecciones amañadas y con la legitimidad falsa. Clases medias urbanas de profesionales, abogados, intelectuales, funcionarios, profesores, pequeños empresarios, etc, junto a las ya numerosas clases proletarizadas: jornaleros paupérrimos, a nivel de la más mísera subsistencia, trabajadores de fábricas y talleres en aumento por el actual momento de industrialización, junto a la masa de marginados de la sociedad: aún existía el bandolerismo rural en la mitad sur, y la creciente delincuencia en las ciudades con barrios ya proletarizados, con inmigrantes rurales sin futuro más allá de la emigración ultramarina.
Republicanos (muy divididos entre sí tras la experiencia fallida de 1873), como representantes de esas clases medias desilusionadas con la monarquía y ese bipartidismo que no les satisface sus expectativas; socialistas marxistas que buscan atraerse a la masa obrera urbana del norte minero e industrial de Asturias y Vizcaya; y anarquistas extraordinariamente numerosos y asentados en la Cataluña industrial y el campo meridional.
El panorama se complicaba esos años finiseculares. Continuaba una extrema derecha, ultramontana y reaccionaria, ante ese nuevo mundo industrial que nacía y que no veía a los canovistas como la barrera protectora contra los cambios que amenazaban sus viejos modos de vida: el carlismo, vencido por las armas en 1875, pero dominante aún con diputados en el Congreso, en Álava y Navarra, y muy importante en las dos restantes provincias vascas. Poco a poco se ve absorbido por el nacionalismo vasco. Los no nacionalistas irán tejiendo una red que culminará en las fuerzas vasco-navarras del carlismo franquista en la futura guerra civil.
En estos años finiseculares, en toda Europa llegan a su cumbre los movimientos nacionalistas nacidos en el Congreso de Viena. Un ideario que vuelve la vista a un pasado romántico que hace olvidar las miserias del mundo burgués e industrial. La Lliga Regionalista de Catalunya y el Partido Nacionalista Vasco (PNV) tendrán buenas votaciones y sentarán diputados en las Cortes.
El proceso simplificado de elecciones “democráticas” era el siguiente desde 1891. El partido gobernante, en un momento dado de la legislatura, presentaba la dimisión a la regente ante una crisis inventada, apremiado por el otro partido, que pedía muy secretamente el poder tras unos dos años de media en la oposición. Acto seguido, la regente entregaba el poder al partido de la oposición. El nuevo gobierno resultante debía convocar elecciones anticipadas para obtener una mayoría parlamentaria para poder gobernar. ¿Qué pasaba si perdía las elecciones? No las podía perder, porque si eso ocurría, la monarquía caía. Por ello, el nievo gobierno debía organizar la máquina de falsificación electoral.
El nuevo ministro de Gobernación (hoy de Interior) desde su despacho nombraba los nuevos gobernadores civiles provinciales. La actual Puerta del Sol madrileña tiene el emblemático edificio de esa época. Se le conocía como “Gobenación”. Compartía espacio hasta 1918 con su uso inicial en el siglo XVIII: la “Casa de Correos”. En la época del franquismo se le llamaba popularmente: la DGS, tristemente célebre por su represión, a modo de supercomisaría, la vieja Dirección General de Seguridad.
En ese despacho el ministro ordenaba a sus nuevos gobernadores contactar con las élites provinciales en las respectivas capitales. En cada provincia las principales familias estaban afiliadas a uno de los dos partidos sin tener en cuenta ideologías, sólo el interés particular. La familia afiliada al partido del nuevo gobierno era la convocada y la encargada de hacer todo lo posible para que el partido ganase. La familia del partido opuesto debía de inhibirse.
El cacique local, es decir, el cabeza de esa familia dominante, recurría a todo tipo de tretas: palizas, amenazas, despidos, compra de votos, falsificación de papeletas, pucherazo, manipulación del censo electoral, etc, etc.
Con la libertad de prensa plena, los diarios publicaban editoriales hipercríticos en la campaña electoral. Los días posteriores a las elecciones, leer la prensa era leer relatos hasta graciosos de todo tipo de incidentes de ese día. El resultado no era nada interesante, pues ya se sabía de antemano el resultado. Sólo en algunas grandes ciudades o en comarcas de las provincias vasco-navarras y catalanas interesaba saber el número de diputados republicanos, socialistas, carlistas y regionalistas, que se sentarían en los escaños sobrantes del reparto entre los dos grandes.
En la Regencia de María Cristina se celebraron seis elecciones con sus respectivos resultados:

1891, ganan los conservadores.
1893, ganan los liberales.
1896, ganan los conservadores.
1898, ganan los liberales.
1999, ganan los conservadores.
1901, ganan los liberales.

En 1891 es el primer ensayo de caciquismo electoral y de falseamiento con la nueva ley. ¿Alguien podría decir que a los canovistas les faltaba legitimidad al haber sido elegidos por sufragio universal libre, directo y secreto? Ahora ya no solo les “elegían” los ricos, sino también los hombres mayores de edad de toda clase y condición. La jugada del sufragio universal en 1891 era perfecta ante la opinión pública, tanto nacional como internacional. ¿Quién dice que España no es una democracia?.
Las elecciones de 1893 van a colocar a los liberales en el poder. Era lógico que se diese la sensación de normalidad. Lo más significativo será la victoria de las candidaturas republicanas en las capitales. Se les había “escapado de la mano” el resultado aunque, bien mirado, era una justificación de la normalidad política.
En 1896 el turno vuelve a imponerse, aunque ya se nota que sería imposible una revalidación del poder por el partido anteriormente en el gobierno.
1898 se ve marcado por el paso de la patata caliente del conflicto colonial que se avecinaba: la guerra contre Estados Unidos. El fundador del sistema, Antonio Cánovas del Castillo ya no está, ha sido asesinado por un anarquista. Sagasta se ve obligado a gestionar la derrota.
En 1899, tras el desastre, los conservadores piden el poder. Se apuntan al carro del regeneracionismo de su nuevo líder Silvela.
En 1901, el nuevo siglo impone de nuevo a los liberales, las últimas elecciones de Sagasta y de la regente María Cristina. El viejo don Práxedes era un anciano y su muerte estaba próxima.
La duración de las legislaturas es de dos años de media, con una duración máxima de tres años y una mínima de uno. ¿Alguien puede creerse que no había teatro interno? ¿Era lógico ese vaivén electoral? ¿En dos años la mayoría del pueblo español iba a cambiar de ideología? ¿En esos diez años era lógico que ni siquiera se cambiasen los candidatos a presidente del gobierno? ¿Podrían los dos presidentes turnantes consentir que un partido diferente ganase las elecciones y formase gobierno y arruinase los fundamentos de la monarquía de Sagunto? ¿Era la España de la Restauración una democracia? La respuesta a esas preguntas es un no rotundo. Con ese bagaje se iniciaban un nuevo siglo y un nuevo reinado. Sin embargo nada va a cambiar.

EL REINADO PARLAMENTARIO DE ALFONSO XIII, 1902-1923
En 1902 el príncipe de Asturias accedía al trono efectivo de manera formal, al declarársele mayor de edad. Contaba Con 16 años de edad. El impedimento para la democratización del país era el mismo: dejar hablar al pueblo español sería, posiblemente, el final de los Borbones, su desaprobación por segunda vez. Como su abuela Isabel II, Alfonso XIII sería expulsado en cuanto el pueblo tuvo la menor ocasión. Esta llegó en abril de 1931.
Con una problemática socieconómica nueva, propia de un nuevo siglo muy convulso, el sistema de la Restauración, diseñado para el siglo anterior, debía reformarse o sucumbir. Los dos líderes de antaño no tienen sucesores estables y se forman facciones personalistas en los dos partidos del “turno”: silvelistas, mauristas o datistas entre los conservadores; canalejistas, romanonistas o prietistas por los liberales.
Las elecciones siguen la misma tónica de escándalo mayúsculo, ante las críticas cada vez mayores de la oposición al sistema, ya sea desde el lado carlista, republicano, socialista, anarquista o nacionalista.
En 1917 algunos historiadores han hablado de ocasión perdida. En plena crisis bélica europea, en plena efervescencia social interna española, con el terrorismo y pistolerismo en Cataluña, y con el pánico de ciertos sectores ante la primera revolución marxista de la historia en la vieja Rusia zarista, se necesitaba un proceso constituyente nuevo, un político joven y un rey decidido a ello. Un regionalista catalán, Francesc Cambó había intentado ese camino en julio. Una cena en un restaurante barcelonés reunió a políticos interesados en un proceso de cambio sin tocar la monarquía. La respuesta fue el cierre de las Cortes. Desde entonces, la monarquía y su régimen de 1876 estaban sentenciados.

Antonio Maura, el gran líder conservador de inicios del siglo XX.

 El conde de Romanones, don Álvaro de Figueroa,
el gran cacique liberal de la provincia de Guadalajara en el primer cuarto del siglo XX.
 Las elecciones que se celebraron en el reinado parlamentario de Alfonso XIII fueron las siguientes:

1903, triunfo conservador.
1905, triunfo liberal.
1907, triunfo conservador.
1910, triunfo liberal.
1914, triunfo conservador.
1916, triunfo liberal.
1918, triunfo liberal.
1919, triunfo conservador.
1920, triunfo conservador.
1923, triunfo liberal.

Sólo en los años de la guerra mundial hubo inestabilidad parlamentaria, pero solo en el seno de los dos grandes partidos. La duración de las legislaturas es de dos años también. La opinión pública está por completo de espaldas a la vida parlamentaria y ese rechazo a la cultura de las elecciones es patente. Curiosa paradoja en un país de “tradición electoral”.

El general Miguel Primo de Rivera, el golpista que acabó con la Restauración y jefe de la primera dictadura del siglo XX.

El 13 de septiembre de 1923 se interrumpe el parlamentarismo español sin que apenas nadie salga en su defensa. El capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, resucita el viejo pronunciamiento decimonónico que parecía finiquitado con Cánovas. La Restauración y su texto constitucional de 1876 no volverían a resucitar, aunque con su legalidad se celebraron -1931- dos elecciones mínimamente democráticas y limpias, prólogo de la II República.


jueves, 22 de septiembre de 2011

EL NACIMIENTO DEL NUEVO ESTADO ESPAÑOL EN EL SIGLO XVIII TRAS LA GUERRA DE SUCESIÓN, 1702-1714

Precedentes de la guerra
El cambio de dinastía en la Monarquía Hispánica de los Habsburgo trajo como consecuencia una guerra generalizada en Europa y una guerra civil en la Península. Como es sabido, la falta de descendencia del monarca español Carlos II, ocasionó, antes de la muerte del mismo, una serie de complicaciones diplomáticas a nivel continental. Hasta 1699 no había problemas serios al aceptarse la sucesión del reino español en la persona de Fernando de Baviera. Sin embargo, tras la muerte del mismo, surgió la problemática.
Dos pretendientes sonaban con fuerza: Carlos de Austria, el segundo hijo del emperador Leopoldo, y Felipe de Anjou, nieto del todopoderoso Luis XIV. Antes de morir en el Real Alcázar de Madrid en noviembre de 1700, Carlos II dispuso en su testamento que la corona española recayese en el príncipe francés. Lo hacía, más que por convicción, por interés político. Mucho se ha especulado sobre la decisión, la cual se tomó con el objetivo de mantener la hegemonía española junto a un aliado fuerte, en este caso la Francia borbónica. La continuación de la alianza, casi bicentenaria, de Madrid con Viena ya no se consideraba como la mejor opción para conservar un todavía inmenso imperio territorial, pues apenas había tenido recortes territoriales, salvo plazas en Flandes, el Roselló, el Franco-Condado, la independencia portuguesa y territorios en América: islas en el Caribe, Guayanas y Jamaica.

La Guerra de Sucesión Española (1702-1714)
En 1702, tras la normal entronización de Felipe de Anjou como Felipe V de España el año anterior, estalló la guerra, la cual se convirtió en civil española. La monarquía hispánica tuvo sus problemas territoriales los dos siglos anteriores: Comuneros de Castilla, Germanías valencianas, caso de Antonio Pérez y su complicación con la rebelión de Zaragoza, todas ellas en el siglo XVI. Pero será el siglo XVII el que registró los conflictos más graves tras el polémico proyecto de Unión de Armas del Conde Duque de Olivares, la rebelión de Cataluña y Portugal de 1640, así como rebeliones ya menos importantes como la del duque de Hijar en Aragón o la del duque de Medina Sidonia en Andalucía.
Los cuatro territorios de la Corona de Aragón, tras aceptar inicialmente la sucesión, se rebelaron contra el nuevo rey. En los territorios de Castilla hubo también partidarios del pretendiente Carlos, como el cardenal Portocarrero y parte de la nobleza.

Los contendientes
Una gran coalición dejó en soledad a la nueva alianza hispano-francesa. Gran Bretaña, en plena expansión militar, se alineaba, sobre todo, contra Francia, al sospechar que la alianza de Madrid con París, sería desequilibrante en diplomacia europea. Estaba interesada en acabar con el imperio español desde la época de Felipe II.
El Imperio alemán y Austria lo hacían por motivos obvios. Saboya buscaba ya el trono español. Y, por último, Portugal, lo hacía para impedir un reino español fuerte que amenazase su aún recientemente conseguida independencia.

Primera fase de la guerra, 1702-verano de 1706

Los británicos iniciaron sus ataques navales en 1702. Ese año fracasaron ante Cádiz, aunque en agosto de 1704 consiguieron apoderarse de Gibraltar tras un bombardeo y un desembarco por el istmo del peñón. También hubo un enfrentamiento en aguas malagueñas.
En el verano de 1705 hubo un ataque fallido ante Badajoz, aunque en agosto hubo un desembarco en Denia. El resto del otoño fue desastroso para los borbónicos al ocuparse Barcelona y Valencia. Entraba el archiduque Carlos en Barcelona, como el rey Carlos III de España.
En 1706 los franceses intentaron un ataque contra Barcelona, pero fueron rechazados. Desde Portugal, por el oeste, con Cataluña en poder del archiduque, se intentó marchar a Madrid por ambos frentes. Esa primavera hubo una ofensiva exitosa contra Ciudad Rodrigo y Salamanca. En junio entraba en Madrid Carlos III y se ocupaba también Zaragoza. Todo parecía que la causa borbónica estaba perdida. Además, Felipe V no mostraba mucho interés en España: no le gustó el Alcázar y se instaló en el Real Sitio del Buen Retiro, al lado opuesto de Madrid, al este. Estaba más pendiente de la sucesión de su abuelo Luis XIV en Francia. Sin embargo, ese otoño la guerra conoció una recuperación del bando borbónico.

Segunda fase de la guerra, otoño de 1706-otoño de 1708

Los franco castellanos atacan en octubre desde el norte y logran entrar en Madrid y expulsar a Carlos a Valencia. En su ataque conquistan Cuenca, Orihuela y Elche. La ofensiva continúa en noviembre (conquista de Cartagena) y en diciembre (ocupación de Alcántara).
Al empezar el año 1707, con la moral alta, los ejércitos borbónicos avanzan y derrotan a los austracistas en Almansa en abril. La victoria fue muy importante, pues supuso la caída de Valencia en poder de Felipe V en mayo. Ese mismo mes cae Zaragoza y, en noviembre, se conquistan Lérida y Ciudad Rodrigo.
En 1708 continúan los éxitos borbónicos al ocuparse Tortosa, Alicante y Denia. Sin embargo en otoño se advierte un nuevo cambio de tendencia en la guerra: en septiembre, los británicos ocupan la isla balear de Menorca.

Tercera fase y última, otoño de 1708-septiembre de 1714

Tras la mencionada conquista de Menorca, y tras un año de 1709 de relativa inactividad, en 1710 los austracistas reconquistan Lérida en julio. En el resto del verano sus avances llegan a Zaragoza y, en septiembre vuelven a recuperar Madrid. Otra vez volvía el triunfo definitivo al campo de Carlos III. Sin embargo volvió una nueva recuperación de los borbónicos: en noviembre de ese mismo año recuperaban Madrid de forma definitiva. En su persecución del ejército austracista se libró la batalla de Villaviciosa de Tajuña, cerca de Brihuega, en la Alcarria, con triunfo indefinido, aunque hizo que la retirada de Carlos III de Madrid fuese definitiva.
En abril, se produce un hecho decisivo para el desarrollo bélico: fallecía José I, el heredero del Imperio, el hijo mayor del emperador Leopoldo, lo que trajo consigo la entronización de su hermano como Carlos VI de Austria. Súbitamente reunía, como dos siglos antes lo hiciese Carlos I de España y V de Alemania, el trono de la Monarquía Hispánica y del Imperio. Esta nueva coyuntura ya no interesaba en las cortes europeas. Poco a poco los frentes en Europa se fueron relajando, lo que permitió que en enero de 1711 los franceses atacasen y conquistasen Gerona.
Se iniciaron las conversaciones de paz y se llegó a la Paz de Utrecht en 1713. En julio firmaba España la paz. Felipe V entregaba los Países Bajos españoles, Nápoles, Cerdeña y el Milanesado a Austria. Por su parte, Gran Bretaña conseguía ventajas comerciales en las Indias y los territorios españoles de Gibraltar (hasta hoy) y Menorca (recuperada en 1802). Saboya se anexionaba Sicilia. Portugal conseguía la colonia del Sacramento cerca del Río de la Plata y se reordenaba la frontera con España.
En 1714 Cataluña quedaba sola y abandonada a su suerte. Desde mayo fue asediada su capital, Barcelona. La artillería francesa destruyó la mitad de la ciudad y, tras sufrir unos 600 muertos, capituló el 11 de septiembre, la Diada.

 Las consecuencias de la guerra

Fueron muy duras en el ámbito material. Esos años, por los combates y por la climatología adversa, hubo muy malas cosechas, las cuales trajeron hambrunas y miseria a la población civil. Sin embargo no hubo epidemias catastróficas, ni apenas víctimas españolas. La población civil era bien tratada por ambos ejércitos contendientes, debido a que necesitaban ganársela a su causa. Tampoco hubo muchos soldados españoles muertos, puesto que los ejércitos en lucha eran, mayoritariamente, extranjeros.
A nivel económico, la consecuencia fue la “liberación” de la sangría que suponía la política hispana en Europa. España pudo dedicarse a su propio territorio nacional y a la intervención en las Indias, lo que permitió que la recuperación iniciada en la última década del reinado de Carlos II se mantuviese un siglo, hasta la crisis finisecular desde 1790.
Lo más significativo fue la centralización administrativa del nuevo Estado español y su castellanización política y cultural. Nacía el concepto nacional contemporáneo de España. Los Decretos de Nueva Planta acabaron con los privilegios ancestrales de los territorios de la Corona de Aragón definitivamente. El nuevo Estado español se seguiría construyendo durante el nuevo siglo XVIII con la aprobación de sus símbolos: la nueva bandera nacional bicolor rojigualda y el himno, sin letra, la Marcha Real, ambos en época de Carlos III, el de Borbón, no el Carlos III pretendiente austracista. Estos símbolos, salvo los dos breves regímenes republicanos de 1873 y 1931-39, son los actuales. Las medidas centralización se extendieron a la organización de los virreinatos de ultramar. Sólo escaparon a esa centralización las provincias vascas y el viejo reino de Navarra, que vieron confirmada la continuidad de sus viejos fueros, dada la fidelidad de estos territorios por la causa de Felipe V.