Mostrando entradas con la etiqueta PAÍSES CERCANOS: PERÚ; ESPAÑA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PAÍSES CERCANOS: PERÚ; ESPAÑA. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de septiembre de 2011

DE MADRID AL CUZCO 1672-73: EL OBISPO MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO (4ª PARTE Y FINAL)

ACLARACIONES PREVIAS

En esta última entrada intentaremos describir el hipotético viaje del obispo Mollinedo por tierras del Perú en su camino hacia su sede episcopal de Cuzco. Está claro que tras mis meteduras de pata en la travesía imaginaria, éstas van a aumentar. En la travesía atlántica el Blogger José Luis de la Mata me indicó que no se medían las alturas por metros, sino por pies. Calculando pasé a pies la altura del Teide, el volcán canario. El Blogger peruano Arturo Gómez me corrigió con el viaje a Lima desde Panamá: algunas autoridades desembarcaban en Paita, en la costa norte peruana, hoy Piura, para evitar la fría contracorriente marina de Humboldt. Al tener que cambiar gran parte de la entrada anterior preferí dejar el trayecto por mar hasta El Callao.
He usado, además de mi experiencia personal por el Perú, mapas de carreteras, con sus ciudades y pueblos. También me ha sido de gran utilidad consultar esa gran herramienta de Internet llamada Google Earth.
No he hecho la ruta íntegra por tierra, sino por el aire, pero he viajado por los alrededores de Cuzco y desde esta ciudad a Arequipa por carretera, por lo que describiré el bello paisaje andino, ayudado además en libros de geografía comprados allá.
La ruta que imagino que siguió será la que sigue por las actuales carreteras 20, de Lima a La Oroya y la 3 de La Oroya a Cuzco, pasando por Jauja, Huancayo, Ayacucho, Abancay y Cuzco. Citaré los actuales pueblos y ciudades como si existiesen por aquél entonces. Omito, como es lógico, los nombres de lugares de personajes republicanos, los cuales no existirían o se llamarían de diferente nombre.
El propósito, más que buscar fidelidad histórico-geográfica, es el de intentar describir Perú, país que tanto me encantó por su naturaleza y sus gentes. A mis tres grandes amigos limeños va dedicada esta entrada y, cómo no, a los que se molesten en leerla, ya sean peruanos o españoles, o de donde sean. Espero disfrute el lector y se sumerja, aunque sea en su imaginación, en ese país tan atractivo.

BREVE RELACIÓN DEL LUENGO VIAJE DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR OBISPO DON MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO DE LA VILLA DE MADRID AL CUZCO, LA ANTAÑO CAPITAL DE LOS REINOS INCAICOS.
CIUDAD DEL CUZCO, VIRREYNATO DEL PERÚ. AÑO DE MDCLXXXXVIII.

LIBRO TERCERO: DEL VIAJE POR EL PERÚ HACIA EL CUZCO.

Capítulo I. De mi llegada a El Callao y Lima.
Como ya dije en el anterior libro, llegué a El Callao, pequeño caserío portuario donde atracan los barcos con destino a Lima, bien desde Panamá, bien desde la costa de Chile. Mucha fortaleza de ánimo me hice para no caer en congojas acordándome de Madrid y de las Españas mientras ponía pie en tierra firme, tras muchos y luengos días de flotar en un cascarón de madera, entregado a los caprichos de los dos océanos, a sus aguas violentas, según los caprichos de Eolo y de Saturno, y al castigo o protección del Todopoderoso enviándonos o no un ataque de satánicos y blasfemos corsarios. Sin embargo, al ir cabalgando hacia la ciudad de Lima empecé a acordarme de Madrid, más me decidí en encomendarme a la Purísima Concepción, en cuya festividad llegué a la tierra peruana hace 27 años y en la que ya hoy, muy enfermo, reposaré en la eternidad. Había recorrido unas 2.273 leguas aproximadas. Ahora estaba a dos leguas de la capital virreinal.
Desembarqué en la mañana, a eso de una hora antes del Ángelus, y recibiome una niebla muy húmeda, aunque cálida, que llaman garúa los limeños. Apenas podía divisar los altos montes que son prolegómenos de la cordillera de los Andes y que se yerguen vigilantes, como que si mirasen por encima de los tejados de la ciudad. Sin demora alguna decidí cabalgar a Lima para llegar aún con la luz del día, ya de por sí muy triste, por la ausencia del sol, a pesar de ser ya casi el varano del hemisferio del sur.

El obispo llegó a Lima el 8 de diciembre de 1672. Ese mes, al estar situado Perú por debajo del círculo ecuatorial, equivale a nuestro junio, es decir, llegaba cuando el verano austral ya estaba casi entrando. Al zarpar de Cádiz estaba entrando la primavera en el hemisferio norte. Entre junio y diciembre, en esos casi seis meses de viaje, había atravesado la franja ecuatorial, la zona de verano continuado. El verano limeño, que debiera ser muy caluroso, es muy agradable, dada la influencia de la mencionada fría corriente de Humboldt. El Callao está a unos diez o doce kilómetros del centro de Lima. Es un lugar típico pero muy peligroso por los ataques de los pirañas o choros, los delincuentes juveniles del lugar. Aquí se halla el castillo del Real Felipe, museo de historia peruana. Su nombre se debe a que fue erigido por orden de Felipe V para protegerse de ataques piratas. En 1825 fue, junto a la fortaleza de San Juan de Ulúa en Veracruz, el último bastión de la resistencia española con la rendición del español Ramón Rodil. Más adelante se encuentra una pequeña península llamada La Punta, donde la gente de Lima acude los domingos a sus cevicherías, lugares similares a nuestros chiringuitos de pescados y mariscos. El ceviche es la comida marinera de Perú por excelencia.

Ya en El Callao me dijeron que el Excelentísimo Señor Virrey don Pedro Antonio Fernández de Castro Andrade y Portugal, conde de Lemos y natural de la Villa de Madrid, había fallecido dos días antes de mi llegada. Por dicho suceso hube de asistir a sus exequias y postrera audiencia en pleno palacio. Las desgracias sólo traen más desgracias, pues también hallábase vacante la silla episcopal limeña por la muerte del obispo castellano Monseñor Pedro de Villagómez, fallecido el 12 de mayo de 1671. De esa muerte ya estaba informado. Hube de estar varios meses en la capital del grande virreinato del Perú, o del Virú, como se le conocía antiguamente, en la época del valiente soldado don Francisco de Pizarro. Peruleros es el nombre de estos habitantes.

Palacio episcopal de Lima.

Ahora esos peruleros son ya más de su pura raza. Apenas hay hombres de color negro ni mulato. Tampoco se adivinan personas zambas. Lo que más hay son gentes mezcladas de color y que ya dije que se llaman mestizos, o sea mezcla de españoles e yndios. Un número de pocos españoles, de familia noble y buena cuna, junto a personas llamadas criollas, es decir, de personas nacidas en el Nuevo Mundo pero con sangre hispana corriendo por sus venas. Esas gentes apenas conocen ya las costumbres de la lejana cuna de sus ancestros y, a veces, muy mal nos mirasen a los españoles de nacimiento. En las lecciones de historia de nuestra patria, cuando las estudiaba en mis tardes invernales alcalaínas, mucho leí de las rebeliones de aquellos primeros españoles del Nuevo Mundo y que se les llamó encomenderos: Almagro, los hermanos de Pizarro, los hijos de Hernando Cortés, Lope de Aguirre, y una más grande lista de gentes. Algunos, según he observado, sueñan con volver a esas desobediencias a nuestros reyes y señores de la patria y hacerse amos y soberanos de estas tierras lejanas.

Por deseo expreso de la reina regente del menor de edad Carlos II, Mariana de Austria, fue designado el 22 de abril su sucesor, el cordobés Juan de Almoguera. Por ello llegaba en un momento con un virrey interino: el clérigo criollo Álvaro de Ibarra (Lima, 1619-1675), oidor de la Real Audiencia de Lima entre 1672 y 1674, hasta que llegó el nuevo virrey: Baltasar de la Cueva Henríquez y Saavedra, conde de Castellar y Marqués de Malagón (Madrid, 1627-1686). Este periodo de interinidad fue de gran importancia en la historia de la América colonial hispana, pues era el primer criollo que conseguía el poder en la máquina burocrática virreinal española. Se acudía al lento cambio de tendencia: tras casi dos siglos, el XVI o de conquista, y el XVII de mestizaje, se vislumbraba ya el XVIII, siglo de protagonismo criollo, muy desconfiado con la tierra de sus antepasados, y de lento resurgir del pensamiento, a la larga, emancipador, junto a las incipientes rebeliones indígenas ante los abusos hispanos.

Capítulo II. De Lima, la Ciudad de los Reyes, capital del virreinato del Perú.
Esta grande ciudad del Nuevo Mundo es fundación del ya mentado Francisco de Pizarro, el valiente extremeño de la victoriosa villa de Truxillo. Dícese de este su nombre de Los Reyes por ser nacida la dicha ciudad en el día de la Epifanía del Señor. Creo que hacia enero de 1535 si la memoria no me hace de errar dadas mis ya menguantes salud y sesera.
Tras dos leguas al trote se llega desde el puerto de El Callao a la Plaza de Armas, lugar del palacio episcopal [donde mi persona por fin lograre descansar en un tálamo] y de la catedral, junto al palacio que construyere el valiente fundador. Tenía varios meses para aclimatarme al Nuevo Mundo y qué mejor que hacerlo en Lima.
Es de espacio casi tan grande como la Villa de Madrid. También se entra por un portón que se yergue en la muralla. Así como que llegamos del mar, distínguense tres barrios: a nuestra mano izquierda o del noroeste, o poniente, se hallare un caserío que ya no recuerdo su nombre. Hacia el centro un caserío de calles cuadradas, de ahí que sus naturales las llamasen cuadras a lo que nosotros mentamos como mançanas. Muchas y grandes casonas o palacios ornan estas sus rúas, con balconadas de madera que dicen de cedro, madera muy abundante en la selva lejana tras la sierra, aunque según me dijeren, como que también la trajesen de las selvas al sur de la Nueva España, lugar llamado Guatemala.

Se refiere el obispo a la actual Nicaragua, pues en esos bosques de la formidable madera de cedro se extraía la materia prima de los altares de madera policromada e hiperbarroca y que tanto abundan en los templos de América Latina.

Al lado de la derecha, o lo que es igual que decir al lado suroriental o del levante, se encuentran los llamados Barrios Altos, habitados por gente de no muy buena reputación y de poco temor de Dios, muy dada a la picaresca e al robo y el timo. Tras este curioso caserío hállase su río: el Rímac, que viene muy aguado desde las cumbres elevadas y nivosas de la sierra.

Todas las principales ciudades virreinales (Lima, Ciudad de México, Quito, Buenos Aires…) se erigían con igual traza urbana: una cuadrícula o damero ortogonal, en cuyo centro equidistante se situaba la Plaza de Armas, donde se erigía la catedral y el palacio virreinal. Les rodeaba una “cerca” o “tapia”, más con fines de recaudación que defensivos, como el idéntico caso de Madrid y su Tapia de Felipe IV. Concretamente en Lima quedan lienzos junto al río, tras el palacio presidencial, en el llamado Parque de la Muralla, recientemente remodelado de su ambiente marginal. Deberían impresionar a los españoles esas largas, anchas y rectilíneas vías, acostumbrados a sus ciudades tortuosas, de irregulares calles laberínticas y muy angostas. En todas ellas se distribuyen estratégicamente los templos de las principales órdenes religiosas allí establecidas: iglesias de La Compañía, de los dominicos, agustinos, franciscanos, etc.

Planos de Lima en los siglos XVII y XVIII.
Hoy, todo el cuadrado ya es la metrópoli limeña.


 Capítulo III. De los alrededores de Lima.
Esta ciudad tiene unos buenos alrededores, a pesar de que se hallare en un desierto: no llueve nada, apenas unas gotas y nada más, por lo que es polvorienta. Sin embargo la humedad hace que el temple de sus inviernos sea más bien desagradable. Es un misterio cómo siempre hubiese cielos de color gris y sin caer las aguas. Eso lo llaman los indios la garúa, una neblina que se abate sobre la ciudad a eso del mediodía.
Desde mi ventana palaciega mucho mataba el tiempo viendo esa imponente sierra en los días claros y soleados que llaman los Andes. Como si de vanguardia suya se tratare, se erguían unos montes de buena altura. Sobre todo contemplaba uno que nombran los lugareños como de San Cristóbal, alzado tras los ambos dos palacios, el del virrey y el arzobispal, tras el río Rímac.

Cerro de San Cristóbal.

El monte de San Cristóbal tiene una muy buena panorámica de la ciudad, aunque en sus laderas se divisan chabolas marginales. La larguísima franja costera peruana es un desierto, continuación del chileno de Antofagasta o Arica, aquél que tanto costó a Diego de Almagro en su fracasada marcha sobre Chile. La sequedad es extrema aunque en el caso de Lima se da el fenómeno de la garúa, originado por el mar. Aunque no deja lluvias, es la causa de la templanza del clima limeño, tanto en verano como en invierno. Los ríos andinos descienden hacia la costa del Pacífico formando valles muy largos y muy aprovechadas sus terrazas y fondos de valle a modo de oasis. Destaca el valle del Rímac. Al sur se encuentra el santuario (anterior y contemporáneo de la época incaica) de Pachacamac, aunque desconozco si en la época virreinal se habían descubierto sus restos arqueológicos.
La “chala” es el nombre del paisaje natural costero cubierto por la garúa, y sus antiguos pobladores se llamaron chalacos o cholos, aunque cholo hoy significa indio. La palabra “chala” hace mención al maíz sembrado o, también, a las nubes costeras.

Muchos días cabalgaba con mi caballo y lo espoleaba al sur, hacia las aldeas cercanas: las dos Magdalenas, una que dicen la Vieja, y otra llamada del Mar, Miraflores, Surco y, así como con mucho deleite, cabalgaba a las costeras de Barranco y Chorrillos, donde la costa es abrupta, con terraplenes muy hondos que caen a la mar océana o la mar del Sur, también el mentado como Pacífico por el bravo soldado que ya dijere: su descubridor don Vasco Núñez de Balboa. A veces cabalgaba tierra adentro por el valle del ya dicho río Rímac, lugar de humedad y con paisajes muy plácidos a la tranquilidad del alma, lejos del mundanal ruido, al decir de mi admirado poeta y catedrático de Salamanca fray Luis de León, con sus fértiles huertas de frutos muy desconocidos por los españoles de al otro lado de la mar.

La actual zona metropolitana de la gran ciudad de Lima conserva el nombre de estos distritos o barrios. Miraflores es el barrio de la clase media alta, con buenas mansiones y avenidas comerciales seguras y de gran animación turística en torno a la playa de Larco Mar y de la Plaza de Kenendy. Es el barrio de la gente bien, de los "pitucos", que viene a ser el equivalente a nuestros "pijos". Por la costa más al sur destaca Barranco, barrio de la bohemia y de la noche para las clases altas, con playas bajo sus “barrancos”. A lo lejos de divisa la Cruz de Chorrillos, antigua aldea de pescadores.

Dada la mucha falta de autoridad, tanto terrenal como espiritual, y cómo que tuviere tiempo antes de irme al Cuzco, hube de atender la vida pastoral de Lima, junto al oidor de la Excelentísima Real Audiencia, el padre Álvaro de Ibarra, limeño o criollo. Allí tuve la ocasión de consagrar el gran templo de San Francisco el día 23 de enero de 1673.

Iglesia de San Francisco en Lima.

San Francisco es uno de los templos emblemáticos de Lima, de fachada de color amarillo, con dos torres y campanarios a su entrada. Es conocido como las catacumbas de Lima, pues en su subsuelo se enterraban los notables limeños durante la época colonial. Se sitúa muy cerca de la Plaza de Armas, hacia el este.

Capítulo IV. De mi viaje al Cuzco (I). De Lima a Jauja.
Ya casi acabado el verano limeño y entrado en el otoño, se puede viajar por la sierra, libre de lluvias y aguas malas. El clima se templa lentamente y, aunque el frío es grande y de mucho hielo, los días secos pueden permitir los viajes sin caminos con lodo y barro. Me informaron los soldados que me iban a acompañar y guiar que el viaje es muy largo, como de unos dos meses al contar de tiempo de holganza necesaria de tanto cabalgar. Mucho me esperaba un sinfín de leguas, de peregrinaje y de fatigas sin cuento.

Viendo el mapa de carreteras he ido trazando una ruta de unos 40 kilómetros diarios, con algunos descansos, propios del aclimatamiento al “soroche” o mal de altura. La ruta es por completo andina y a una media de 2000 a 3000 metros de altura. Esta ruta fue la que se seguía históricamente por las caravanas y convoyes que iban de Lima al lago de Titicaca, a la ciudad de Puno, para continuar por el entonces Alto Perú, hoy Bolivia, hasta la ciudad de Potosí, corazón del imperio español por sus riquezas fabulosas de plata, junto al Potosí mexicano. La ruta seguía al sur y se bifurcaba por Jujuy al Río de la Plata o a Chile. Imagino que esta ruta sería de origen prehispánico y por ella correrían los llamados chasquis, corredores indígenas que portaban los correos a través de todo el imperio inca.

Acordé ir avanzando una semana seguida y tomar el descanso al día siguiente. El día 12 de octubre de 1673 fue mi segunda conmemoración de la gesta del Almirante don Cristóbal Colón y, además, era mi segunda fecha que celebraba en el Nuevo Mundo. Al día siguiente partiría al Cuzco.
De los días 13 al 19, o lo que es decir siete días de trote, llegamos a Jauja. Pasé por el valle del Rímac, por lugares como Chosica, Matucana, Casapalca, Hunchac-Huán, La Oroya, Chacapalca y Jauja. Los paisajes fueron de gran belleza, muy propia de la que el Creador sólo es capaz de imaginar para recreo de la vista y de su grandeza y misericordia. Fueron días difíciles, pues apenas podía bajar del caballo por mis fuertes dolores de cabeza y de falta de respiración, creyéndome en la asfixia cercana. Me dijeron que era el soroche, llamado también el mal de las alturas. Tres días la lluvia puso mucho lodo en el camino. Las temperaturas empezaban a ser frías, aunque muy soportables para mi persona, pues estaba y, aún hoy ya viejo, muy acostumbrado a los fríos de mi tierra burgalesa y de la Villa de Madrid, y de sus vientos y soplos gélidos desde la nevada Guadarrama. El día 20 de octubre dime a descansar de penalidades.

El paisaje que vería tras internarse en el valle del río Rímac es el de la yunga, que viene a decir: valle cálido. Es de clima cálido y soleado. Sus valles son muy escarpados y estrechos, con quebradas. Sus riberas son fértiles para los cultivos hortícolas y frívolas: guayabas, chirimoyas, limas, duraznos, etc. Las escarpadas paredes se aprovechaban también agrícolamente desde la época prehispánica en andenes, equivalentes a los bancales españoles.

Capítulo V. De mi viaje al Cuzco (II). De Jauja a Abancay.
Ya todos los paisajes serán de montañas andinas. El soroche sigue afectándome y mucho es mi sufrir por ello. Mis dolores de cabeza me hacen creer que ésta me va a reventar. Algunos días me creo próximo a la asfixia y a que mi corazón deje de latir. Hasta un mes me resta para acostumbrarme del total a este mal. Unos yndios me han dado a masticar unas hierbas que dicen que lo calma: la que llaman coca. La masticaba y notaba algo de mejoría. Cuatro días de húmeda y fría y desapacible lluvia hicieron sus fechorías y molestias. Del día 21 al 27 pasamos por Concepción, Huancayo, Pazos, Pampas, Huando y llegamos a Andabamba. En estas estancias nocturnas comía carne de ganados de la sierra. Eran ganados de llamas, guanacos y vicuñas, animales no llevados del Nuevo al Viejo Mundo y que usan los yndios para transportar sus mercancías. Dicen que son animales de la familia de los camellos y dromedarios de los sarracenos, a pesar de que tienen unas lanas como piel, muy similares a las ovejas castellanas. En clases de biología en Alcalá de Henares escuché la noticia de estos animales.

El paisaje ahora es quechua (como el idioma prehispánico andino predominante, junto al aymara), entre los 2.300 a 3.500 metros. Aquí se cultiva la patata, la el maíz y la quinua. Es un paisaje andino pleno, con valles internos, y un clima muy agradable de inviernos secos, con calor al sol y templado a la sombra, aunque en las noches las temperaturas bajan a los 0º. Los indios también construían aquí andenes en las pendientes.

Andenes en el Valle Sagrado de los Incas, cerca de Cuzco.

El día 28 de octubre tuve los consabidos descanso y holganza. Ya el día 29 de octubre nos dispusimos a partir una nueva semana. Entre el 29 y el día 4 de noviembre, con solo dos días de lluvia, atravesamos las aldeas de Acolbamba, Marcas, Huanta, Huamanga [la más tarde célebre Ayacucho, donde se dio la batalla final contra los españoles en 1824], Chiara, y el río Pampas.
Mis órdenes se impusieron sobre los soldados de la escolta, y dispuse seguir el día 5 hasta el día 12, con el intermedio de descanso el día 9 de noviembre, para aprovechar y celebrar el día de mi santa patrona, mi muy venerada Virgen de La Almudena, la virgen madrileña, tan lejana esos días. Mucho me preguntaba en mis adentros, no sin cierta congoja, por la Villa de Madrid, tan recordada durante todos los días de mi vida, más que mi burgalesa villa de Bortedo natal. Ese día estuvimos en una aldea que llaman de Talavera, como su homónima y hermana en el reino de Toledo, allá por el centro de las Españas. Esta semana fue de acampar en pleno campo, por no estar cerca de aldea alguna. A pesar de ello atravesamos por Chincheros, y la citada Talavera, que no de La Reina. Decidí que seguiría la comitiva para alcanzar Abancay el día 13 de noviembre.

En esta ruta pasó el obispo por el país de los huancas, que eran un numeroso grupo étnico de las actuales provincias de Jauja, La concepción y Huancayo. La mayoría habitaba en el valle del Huancamayu (Valle del Mantaro desde 1782), donde cultivaban maíz y patatas, demás de pastorear sus ganados de camélidos en las altas punas de los Andes. La capital del reino huanca era Siquillapucara, hoy Tunanmarca. Siquillapucara fue tomada por los incas en 1460.

Capítulo VI. De mi viaje al Cuzco (III). De Abancay al Cuzco.
Abancay es la capital del departamento de Apurímac. En ella se asentaron los chancas, indios que se opusieron a los incas a mediados del siglo XV. Tras victorias iniciales, fueron derrotados por los cuzqueños.

Ya estaba de solaz en Abancay varios días, para recuperarme del esfuerzo anterior. En siete días se puede llegar al Cuzco, por lo que decidí entrar en la noche del día 23 de noviembre. Por ello, saldría el día 17. Desde Abancay al Cuzco ya el camino no es tan solitario. Atravesamos Sahuite, Curahuasi, Mollepata, Limatambo, Zurite, Anta y Cuzco. El 23 de noviembre de 1673 pude entrar ya de noche en el ansiado destino, en el que estaría el resto de mis días.
Ahora escribo estas letras, a mis 58 años y con mi inteligencia con errores de en la mente. Mi vida en el Cuzco ha sido una época de grande trabajo y de felicidad en mi trabajo de pastor del Señor. Sus gentes me han enseñado mucho, les he predicado nuestra fe santa católica apostólica y romana. Mi afición al arte me ha sido muy importante, pues tuve unos discípulos muy aplicados. Nunca olvidaré al gran artista pintor don Diego Quispe Tito, un yndio inca, de pura raza a su parecer. Este artista y sus discípulos, pudieron dar unas obras de arte muy fecundas y apreciadas, en especial esas imágenes de vírgenes llamadas pachamamas. La verdad es que tuve problemas y que mirar con tolerancia, lejos del rigor del Santo Oficio, pues estos yndios son muy fieles, pero fingen, pues muchas veces piensan en Viracocha, su dios pagano. De hecho esas vírgenes que tan bien plasman con sus pinceles, son vestidas con un manto muy abultado a lo debajo de su cintura y que me dijo el discípulo Tito que era la Madre Tierra, la diosa de la fecundidad. En el barrio que llaman de San Blas, por detrás de la catedral, se alzan muchas y empinadas cuestas. En sus calles se encuentra el que es mi palacio episcopal, cuyo muro que mira a la calle que dicen los yndios de Hatunrumilloc, tiene unas enormes piedras, maravilla del ingenio de los arquitectos incas.

Palacio Episcopal de Cuzco.

En mi estancia en Cuzco, en el verano de 2009, el guía de la catedral ya se confesaba indirectamente como creyente en el dios pagano, aunque reconociendo los cultos católicos. Ya en época colonial se dio el movimiento del “Taki Onqoy”, una herejía que hubo de ser extirpada durante los años de la colonia. En muchos lugares se representa la liturgia católica con representaciones andinas o de selvas. En la catedral cuzqueña hay una Última Cena en la que, en vez de aparecer el cordero, aparece un cuy, especie de hamspter o ratilla de gran valor nutritivo y exquisito paladar, a pesar de que a algunos les repugne comer ese roedor.

Granja criadora de cuyes a las afueras de Arequipa.

Estos cuzqueños orgullosos de su pasado anterior a nuestra providencial civilización cristiana, pues dícense auténticos descendientes de los incas, son de piel de color del cobre o del bronce, algo oscura al contacto con el sol tan luminoso de estas llanuras. Tienen unos ojos algo estirados, los que pareciere que los tienen entreabiertos. Sus tabiques nasales son afilados por el centro, asemejando el pico de un águila cuando se les mira por su perfil. Tienen pómulos salientes y cabellos muy lacios y lisos, tan negros como las brasas quemadas de un hoguera. Parecieren muy similares y del tipo de los mongoles o asiáticos que informó el comerciante Marco Polo. Visten unas capas de color rosado en general, con rayas de grandes coloridos y muy buenas para el abrigo de estos hielos nocturnos. Sus cabezas las cubren con gorros de lana excelente, de esos rebaños de llamas y que se llaman chullus, con partes para tapar las orexas.
Numerosas cabalgadas me daba en mis tardes soleadas del Cuzco. En ellas me dí a fundar templos que espero sirvan a la religiosidad de las gentes de la posteridad. A veces lograba subir a esas llanuras tan altas entre las montañas, donde la agricultura ya no es posible, y donde los jóvenes yndios de pura raza incaica cuidan de sus ganados de llamas, vicuñas, alpacas y guanacos. Apenas hay andenes escalonados, como aquellos que recordaba en las laderas de mis montañas burgalesas.

 Pastores de camélidos andinos en las alrededores de Cuzco.

Más allá del Cuzco empiezan las grandes quebradas hacia el oriente, hacia la selva. Los hombres civilizados apenas llegan allá, y los que lo hacen hablan de la maldad de su clima asfixiante y húmedo, con mosquitos y fiebres que causan gran mortandad y fiebres más horribles que las pestes del Viejo Mundo. Nuestros soldados no osan en ocupar esas tierras que descienden los ríos con fuertes saltos de agua, y donde la sierra se derrumba. Allá dicen de la existencia de yndios feroces, semidesnudos con apenas taparrabos y que escupieren dardos envenenados y cuyo clave es mortal pleno. Satánicas criaturas que comen la carne de sus enemigos cautivos. Salvajes que no fueron conquistados por los incas y donde se dice que se refugiaron éstos huyendo de nuestras tropas, y donde se cree que se escondió el tesoro aúreo de sus emperadores.
Apenas me acuerdo ya de mi patria castellana, de la cual se me disipan mis recuerdos juveniles, solo sabiendo de ella, y de nuestra católica majestad Carolvs II, el Hispaniarum et Indiarum Rex, por los reales correos que llegan a El Callao.

En sus más que posibles excursiones, llegaría a los paisajes llamados suni o jalca, lugares de más de 3.500 metros de altura. Suni significa soroche. Aquí vería a los shucuyes: los criadores del cuy. Sus paisajes se ven interrumpidos por cañones y gargantas. El clima es extremadamente seco y extremo: desde los 20º en el medio día hasta los -10º o más en las heladoras madrugadas.

 Rebaño de vicuñas en las altas punas.

Otro paisaje típico es la puna, situada entre los 4000 y 4800 metros de altura. Puna significa “altas cumbres”. Son mesetas llanas o altiplanos con gran cantidad de lagunas. El clima es también muy extremo y muy lluvioso en verano. En las plantas gramíneas pastan los citados camélidos. Aquí crece la maca, la planta energética, llamada por algunos el ginseng de los Andes. Más alta ya se encuentra la janca o zona de nevadas cumbres andinas, desde los 4800 en adelante.
Tras los Andes, al extremo oriental del país, se sitúan las enormes selvas ecuatoriales divididas en dos subgrupos: las zonas de selva alta, descendente desde los Andes, como es el caso de Machu Pichu, o ceja de la selva (rupa rupa), y la selva baja (omagua), ya de tipo amazónico. No es probable que el obispo fuese allá, pues era la frontera del poder español. En la selva ya era imposible penetrar con aquellas armas.

La selva alta en Machu Pichu.

Y aquí acabo estas entradas sobre este obispo del que supe en mis viajes peruanos y que me interesó mucho su persona. De ese siglo XVII, en sus años finales, apenas hay libros escritos en general de América Latina. Un período que marca el ecuador del dominio español, punto de partida del lento proceso de gestación de las emancipaciones que ahora celebramos en su bicentenario. Muchos de esos manuales inciden en la conquista y la organización colonial en general. De ahí saltan a las reformas de los Borbones del siglo XVIII y a la emancipación.

viernes, 19 de agosto de 2011

DE MADRID AL CUZCO EN 1672-73: EL OBISPO MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO (3ª PARTE)

En esta tercera entrada sobre el viaje del obispo, describo la travesía hasta el Pacífico y Lima. Me ha sido ya más difícil su redacción: soy de tierra adentro, mesetario, y aunque he montado en barcos, no domino las artes marineras. Tampoco he cruzado el Atlántico flotando, sino volando, por lo que mis suposiciones son cada vez más imprecisas. De todos modos, trato de reflejar ese viaje de forma general, para dar una idea al lector. Hago cuentas de días y posibles duraciones, que a veces pueden ser erróneas. Espero que guste, aunque, repito, no domino esta travesía tan paso a paso como la ruta de Madrid a Cádiz. Obviamente no conozco toda la ruta, ni Panamá ni las pequeñas Antillas.


BREVE RELACIÓN DEL LUENGO VIAJE DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR OBISPO DON MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO DE LA VILLA DE MADRID AL CUZCO, LA ANTAÑO CAPITAL DE LOS REINOS INCAICOS. CIUDAD DEL CUZCO, VIRREYNATO DEL PERÚ.
AÑO DE MDCLXXXXVIII.


LIBRO SEGUNDO: DEL VIAJE POR LOS MARES A LAS YNDIAS.


 Capítulo I. Jornadas de junio: de la ciudad de Cádiz.
Como ya dije en el anterior libro, llegué a Cádiz al día noveno de trotar en mi caballería tras salir de la Villa y Corte de Madrid, de mi parroquia de la Santa María. Era el día primero de junio de 1672. Llegué muy fatigado y entré a descansar al Palacio Episcopal tras haber cumplimentado al prelado. De todas formas, mi sentir al saber ya la prontitud de abandonar mi reino de Castilla para siempre, causóme grande turbación y, a pesar de mis oraciones, tuve algo de rato de desvelo sin dormir a pesar del cansancio del viandar por las mesetas y llanos de La Mancha y la Andalucía.
El día 2 de junio me levanté muy animoso, no obstante, al saber que vería el mar con mucho tiempo disponible y ante las mis fuerzas con renovados bríos tras la menguada del ánimo del día anterior. Mi pensar es de avidez por conocer, por la cultura extensa, por saber de las gentes, no sólo de sus obligaciones con el Señor, sino por sus usos y costumbres; así como por las grandes y monumentales obras y casas y templos, así como las pinturas o estatuas que las ornasen en sus adentros.
El día era algo gris, aunque no amenazaba lluvia. El mes de junio ya mengua mucho la caída de aguas, salvo alguna tormenta. El verano está presto a entrar en los reinos de las Españas. Había resuelto estar conociendo esta bella ciudad, de gentes poco nobles y muy plebeyas, pues mucho se dedican a oficios viles, tanto manuales como de usura de comercios. Hay muchos de estos que prestan dineros avaramente y que dan en llamar banqueros. Éstos son sobre todo italianos y flamencos, pues ingleses e holandeses estaban y están en guerra contra nuestra Patria.
Estos súbditos, de naciones ladronas e impías, poco temerosas de Dios y seguidoras de Lutero y Calvino, han atacado la ciudad varias veces, aunque la más dolorosa acometida y afrenta fue la que inspiró al maestro Cervantes. El gran creador de Don Quijote, muy leído por mí en tiempos de holganza, escribió una de sus novelas cortas, llamadas ejemplares, con el título de La española inglesa. En ella nombra el cruento ataque inglés de julio de 1596, en la que arrasaron con fuego esta hermosa Cádiz.


El obispo critica a la ascendente clase burguesa -en ese tiempo muy débil y mal vista- según las ideas nobiliarias y eclesiásticas de aquellos años del Barroco y del Antiguo Régimen, ideas que se vanagloriaban de llevar vida ociosa caballeresca de tipo medieval.


Iba a estar en esta pequeña isla [Cádiz es una isla] durante tres semanas al menos, lo cual me hacía bien de ánimo, pues podría visitar la ciudad y sus zonas de alrededor a modo de despedida de las Españas. En las aduanas me dijeron que en Sevilla, los mandatarios de la Casa de Contratación iban a dar el 24 de junio, con los Sanjuanes, la partida de la flota de Sanlúcar de Barrameda, a instancias del Consejo de Yndias en Madrid. Yo iríame a Sanlúcar unos dos días antes a tomar el galeón que me correspondía por mi rango de prelado.
Por esta dicha causa, además de visitar las calles de la alegre ciudad, asistía al muelle que llaman de Cargadores de Yndias, en el que estaban almacenándose alimentos y otras mercancías a llevar a bordo. La gente de Cádiz es muy alegre como las demás gentes de la Andalucía como ya dijere anteriormente. La diferencia es que acá se ven menos chismosos y más sinceros. No se advierte mucho bandidaje, ni las malas gentes pendencieras vistas en Sevilla, que tienen eso que se da en llamar el “malaje”. El gracejo y las coplas siempre están alegrando sus calles. Su habla y deje son tan cerrados que a duras penas se les entiende cuando hablan con priesa.
Sin embargo, hay unas calles de miserables gentes con vida disoluta al poniente de la ciudad y que forman la barriada que se conoce como La Viña, de tabernas de gente pendenciera y abusadora del aguardiente y los odres y pellejos de vino.
El calor empezaba ya a sentirse, aunque algo menguado por el frescor del mar. Paseaba los atardeceres por los muelles y playas a ver ese mar tan inmenso: la mar océana del Atlántico. Por el suroeste hay una playa conocida por la Caleta, muy cercana a La Viña. Allí me imaginaba la otra orilla del mar, el destino que me aguardaba. Por el sur, la catedral, enfrente el templo de la Compañía y, al lado, el barrio del Pópulo, el más vetusto, según dizen, de gentes fenicias y luego sarracenas hasta el mediado del trece siglo y la feliz reconquista del augusto rey San Fernando, el tercero de Castilla. Seguí por la muralla que hay según se llega de Jerez por tierra como dijéramos anteriormente: por la Puerta de Tierra.
Catedral de Cádiz
Callejuela del Cádiz nocturno


Bahía de Cádiz, al fondo el Puerto de Santa María

Crepúsculo gaditano desde el castillo de santa Catalina:
al fondo, el Atlántico y al otro lado del horizonte...América

Al lado de septentrión viérese la bahía: Rota en lo lejos, el Puerto de Santa María y el Puerto Real. Tras la costa se atisba, a la vuelta del cabo, aunque no se viere, la cercana Sanlúcar de Barrameda.
A esa villa marinera me embarqué el día 22 para esperar la flota proveniente de Sevilla y embarcar. Antes, como el que se despidiere de su familia para siempre, me dediqué a cabalgar por Chiclana, Medina Sidonia y Barbate: eran los últimos paisajes de España que vería, los cuales eran de dehesas de encinas y alcornoques con buenas reses bravas para la lidia.

Cádiz empezaba a despuntar en la historia de España en esos años. A finales del siglo XVII estaba tomando lentamente el relevo de Sevilla. En 1717, tras el fin de la Guerra de Sucesión, uno de los primeros decretos de Felipe V fue dar la puntilla final a Sevilla. Desde entonces los comerciantes y gentes de todo tipo y país llegaron a esta isla. Poco podía imaginar el obispo que aquí, en Cádiz, apenas un siglo después de su muerte, nacería la sociedad liberal que acabaría con los privilegios de su estamento y con el Antiguo Régimen en general. La ciudad entró en crisis a finales del siglo XIX. Hoy tiene una belleza singular, con sus callejuelas y encantadoras plazuelas, así como sus tabernas y gracejo de las gentes, especialmente en Carnaval, con el mar siempre como protagonista.


Capítulo II. De mi partida a las Américas.
La villa de Sanlúcar no es grata: se observa mucha marinería, mucha mugre, mucha pillería. En definitiva, mucha laboriosidad e inquietud del vulgo, tanto de los que se quedan mirando partir, como de los que zarparán en día cercano. A eso del mediodía del 22 llegué a esos muelles, casi al tiempo en que amarraba la flota de Sevilla que arribaba desde el Guadalquivir.


Cómo es sabido esa bahía y la primera mar cercana, es protagonista de la marina española y no española: Trafalgar y su triste recuerdo desde 1805, y la base estadounidense de Rota, tan presente en la zona.


La madrugada de la Noche de San Juan embarqué en la flota y esa misma mañana vime rodeado de azul marino por todos los costados. La costa de España se alejaba muy rauda y para siempre. Impresionante ajetreo el que observé: montones de salvas, montones de marineros subiendo ágiles por las cuerdas a las velas, capitanes dando órdenes... Un grupo de barcos, una flota, se hacía a la mar, una visión harto curiosa para un hombre de tierra adentro de Castilla como este siervo del Señor.
Mi buque, al ser un prelado, era de favor: embarcáronme en un galeón sin gente ruin, con marinos de gran elegancia y de saber su trabajo, con los que departía a ratos, además de mis oraciones, mis pensamientos acodado en la borda y mis ávidas lecturas. Esta primera semana se me hizo muy dura: apenas podía salir de mi temor al estar rodeado entre esa inmensidad de agua, el pensar en ataques piratas de corsos, filibusteros y bucaneros, ora en estos días, ora en las Yndias. Tampoco podía dejar de temer esas tempestades que a veces llevaban el luto a muchas familias de marinos tragados por el mar y que el señor tenga en su seno.


Entre Andalucía y Canarias, además de piratas europeos que asaltaban buques ya agotados de su vuelta del Caribe, podían asomar los piratas berberiscos (de la Berbería o Marruecos). Estos se vieron reforzados desde 1609 por los moriscos españoles expulsados ese año por Felipe III. Tenían sus bases en Sale y Casablanca, de ahí las conquistas de Larache, Arcila, Ceuta, peñones mediterráneos o Melilla para defender mejor las costas andaluzas y levantinas, a las que llegaban esos asaltos. También podía darse el dantesco espectáculo de arribar un barco fantasma, es decir, una nave a la deriva, con toda su marinería muerta de inanición, dada la ausencia de vientos o una epidemia virulenta desde sus bodegas.
Los bucaneros, corsos y filibusteros eran ya peligrosos pasadas las Canarias, cuanto más cercana la costa caribeña, así como las tempestades.


Los movimientos del galeón, en su choque con las olas, me desesperaban al no dejarme leer. Pero, en cambio, una cosa no me aconteció como a otros viajeros: no tuve ninguna gana de vomitar por borda, como decían que era normal en las gentes no dadas con frecuencia a la navegación.
Las noches, tras las oraciones de rigor, departía con el capitán, que me instruía en esas artes de surcar los mares: el sol, las estrellas, los paralelos y meridianos del mapa de Mercator, el astrolabio, etc.


En esos años el mapa de Mercator era el fundamental, tanto que fue la proyección cartográfica básica hasta finales del siglo XX, rival ya con la proyección de Peters o la informatización o fotografía aérea y satelital.
En La Coruña, sin llegar al mar abierto hace unos años, en una pequeña nave recreo alquilada, sin temporal, pero con la mar muy picada, casi se me rompen los nervios al ver cómo volaba la nave y caía entre las olas la proa, y cómo me tuve que coger bien a las cuerdas para no caer al mar. Me imaginaba esas tempestades leídas en libros y el espanto que habría al pensar en caer al agua…en alta mar. Y posiblemente con el añadido de los tiburones.


Capítulo III. De la llegada al puerto de Santa Cruz y a San Cristóbal de La Laguna, allá en las Canarias.
La llegada a las Canarias nos llevó doze días de navegación. Allí estaríamos una semana aprovisionando y reparando las naves, y haciendo aguadas. Me impresionó ver la cima del Teide asomar entre las nubes. Dícese que, en esta grande montaña, se cuentan por más de diez mil sus pies de medida en lo más alto. A pesar de ser julio aún tiene una pequeña mancha blanquecina de nieve, cosa que me extrañó, aunque me dijeron los naturales que hay estíos en los que no se disuelve nunca.
Atracamos en Santa Cruz, en la isla de Tenerife. A medida que me acercase a la costa, rememoraba la lección en Alcalá sobre la gloriosa conquista y cristianización de sus nativos, llamados guanches, por el adelantado Alonso de Lugo, allá por los finales del siglo XV, reinando nuestra reina Isabel de Castilla. Al poco de desembarcar nos fuimos a la población más abrigada de peligros: San Cristóbal de La Laguna, ciudad cercana y muy bella con sus templos y palacios.


La actual población de La Laguna es hoy Patrimonio de la Humanidad. Es una bella ciudad con ambiente juvenil y universitario. Casonas, palacios y templos en un plano ortogonal la hacen merecedora de esa denominación.


En esa semana de asueto decidí cabalgar algo por algunas zonas de la isla, especialmente por la espalda del volcán, que es la más florida y nemorosa. Me plació mucho el valle denominado de La Orotava. Dijéronme los marineros que me preparase para tan largo viaje y aprovechase mis paseos por tierra firme, pues sería posible que no volviese a pisarla más en el peor de los augurios, en la aparición del Satán, o que tardase un mes de flotadura como poco, en la mejor de las venturas. No se iban esas palabras de mis pensamientos y mucha inquietud me turbaba.
Por fin, al igual que en Sanlúcar, se repetía el espectáculo tan interesante, con toda su tramoya, de zarpar una flota de barcos, como ya dijere en palabras anteriores. Vocerío vigoroso, órdenes, trajines, movimientos…


Capítulo IV. De la travesía a La Trinidad.
La travesía podía durar desde Canarias, en el mejor de los casos (viento favorable y mar tranquila y sin tempestades, ni ataques de piratas o anglo-holandeses) de un mes a cuarenta días. Generalmente, las primeras semanas en esos meses de verano, el mar está tranquilo, sin lluvias y con vientos de levante, que empujan a poniente, es decir, a América. Es la corriente del Golfo, esa que ya advirtió Colón en la planificación de su aventura. Sin embargo, ya cerca del Caribe, en el verano tropical del hemisferio norte, es la época de los huracanes y la estación lluviosa. Esas tormentas gigantescas se intercambian con días de calma chicha, es decir de ausencia de vientos, los cuales paralizaban, desesperadamente, las flotas durante días y semanas. En este imaginar, vamos a establecer cuarenta días en llegar a Trinidad.
La actual Trinidad y su capital, Port of Spain, fue española hasta la conquista británica a finales del siglo XVIII. Hasta mediados del siglo XVII las flotas llegaban a las pequeñas Antillas, la Martinica o Guadalupe, aunque se perdieron a manos de los franceses y de los bucaneros y filibusteros. Por ello es de imaginar que, a fines del XVII las flotas llegasen a Trinidad. Desde aquí unas iban a La Española, Cuba y Veracruz; otras a Cartagena de Indias (Colombia) y Portobelo (Panamá). La de destino a Veracruz, desembarcaba y cruzaba el centro de la Nueva España, pasando por la Ciudad de México hasta el Pacífico en Acapulco. De ahí otro larguísimo viaje a Manila. El Galeón de Manila funcionó hasta inicios del siglo XIX y era el único cordón umbilical con la metrópoli. El guipuzcoano Andrés de Urdaneta descubrió la Contracorriente del Kurosivo para el tornaviaje a California y bajar de nuevo a Acapulco.
Caso aparte era la ruta del obispo. Desde Portobelo se cruzaba por tierra el istmo de Panamá para llegar al Pacífico. Desde la Ciudad de Panamá se volvían a embarcar viajeros y mercancías con destino a El Callao, el Perú y, en algunos casos, a Chile, a Arica.
Estas rutas, de vuelta, llevaban las platas potosina, taxqueña y zacateca, ambas mexicanas a La Habana. Allí, esperaban la otra plata potosina, la del alto Perú para, juntas, partir con la Contracorriente del Golfo hacia España.


El 12 de julio zarpamos de Santa Cruz rumbo a poniente. Ahora, tras ver cómo el Teide desaparecía del horizonte, dábame cuenta de que, ahora sí era de veras, me alejaba sin remedio de Europa. Es verano y el cielo está azul claro a mis ojos elevados, en contraste con el azul de la mar a mis pies desde la borda. El calor se sobrellevaba por la brisa marina. Me acordaba de que esos días serían infernales por el fuerte calor en mi ya nostálgica Villa de Madrid, sin los soplos refrescantes de los montes Carpetanos o del Guadarrama.
Rutina y aburrimiento dábanme algo de inquietud a mi espíritu, entregado a los designios del Todopoderoso. Sin embargo, mi travesía no fue peligrosa en ningún momento, al decir de los nautas. El viento de poniente a nuestras espaldas, soplaba con fuerza, cuán Eolo enfurecido, dándonos un fuerte impulso con viento en popa. Era espectacular ver todo el velamen desplegado y airearse por esas brisas del mar. Mis labios estaban salados ante mi sorpresa. Un marino reía y me decía que era el salitre del mar.
Absorto en mis pensamientos, apoyado en la borda, revivía los viajes colombinos de doscientos años antes y que tanta imaginación y juegos me inspiraron en las travesuras infantiles en mi Bortedo natal. Por las tardes, leía en mi camarote mis libros de las Yndias, a pesar de mis esforzados ojos ante los movimientos del oleaje, para ir tomando contacto con esas tierras que me iban a ver vivir. Los domingos oficiaba el sacrificio de la misa. Las mañana al medio día rezábamos el Ángelus. Tras el rancho de la cena, y tras el rezo del Rosario, departía con los marinos a la luz de la luna en esas tranquilas noches del estío en alta mar. A veces veía pescar, lo que nos daba pescado fresco sin salazón.
Ora llegaba la calma chicha, ora llegaban las aguas arrojadas por los cielos grises. Era increíble ver la rapidez de los nautas a la hora de arriar velas y ver desnudos con celeridad los palos de la nave. Quiso el Señor que la travesía fuese donosa y agradable, y los días, tanto de tormenta con sus rayos, truenos y relámpagos, y gotas de agua como torrentes caídos del cielo y que yo apenas hubiese visto en las fuertes tormentas del estío castellano, así como los de desesperante calma, con su calor que nos dejase más abobados que el más corto de inteligencia de los bufones, fuesen los menos y apenas no retrasasen el tiempo de travesía. En ningún momento tuvimos inquietud fuerte, salvo a la llegada al Caribe por el aumento de posibilidades de ataques piratas. Las oraciones a mi devota señora: la Virgen de la Almudena, nos defendieron de su aparición, ni de su satánica guía.
El 25 de agosto, tras 44 días de surcar las aguas del heleno Poseidón, llegamos a la isla de La Trinidad. Llevaba algunos días más de los tres meses desde que salí de Madrid.


Capítulo V. De la impresión de estar en las Yndias.
Es de suponer la impresión que se llevarían los españoles al llegar al continente americano: clima tropical asfixiante, mosquitos agresivos, selvas muy frondosas, alimentos nuevos…Pero lo más impactante, la impresión humana: razas mestizadas ya en esos años de finales del XVII, mestizos, mulatos, criollos, indios, negros, formas de lenguaje y giros lingüísticos especiales, relajación de costumbres, etc. Monseñor Mollinedo, que era “castellano viejo”, burgalés, y por ello de costumbres muy clericales y acento duro, se quedaría asombrado de esas liberalidades, la relajación de funcionarios españoles hartos de su destino y con ganas de volver a casa. En Portobelo, la próxima escala, vería aún más estas nuevas situaciones, aumentadas al cruzar el istmo panameño.


Ese día de arribada me fue muy curioso, me veía en un mundo nuevo. Mucho me extrañaba de oír el castellano en tierras tan lejanas. En Sevilla y Cádiz, tan cercanos a otras naciones de la Europa oía francés, flamenco, portugués e italiano. Inclusive, al poco de salir de mi aldea se entra en tierra de bascones [vascos], con su bascuence tan difícil de aprender. Sin embargo a tantas leguas de viaje y seguía oyendo el idioma de Cervantes. Un habla con acento especial, diferente al de la Vieja Castilla. De todos modos ya me había acostumbrado a esa habla de la Andalucía y de las Canarias.
¡Cuán frondosidad de bosques o silvas! Sin embargo, tan detestables por sus mosquitos y alimañas desconocidas por mí. El calor es más sofocante aún, con una humedad de la que es difícil ser fugitivo, pues apenas sirve abanicarse con láminas. Ya me dijeron los navegantes que me acostumbrase y esperase hasta llegar al país de los peruleros [Perú o Virú], mucho más templado de clima. Las lluvias son casi a diario y de forma torrencial a veces. Me dizen que el verano es eterno, por ser tropicales y muy cercanos al ecuador de la tierra, y que estos meses son de grandes huracanes. Pensaba en la suerte habida de no haber sufrido estas embestidas en alta mar, siendo uno de los muchos desgraciados que ya no vuelven a tierra. Ni las galernas del fiero Cantábrico, tan cercano a mi tierra, aquellas que me hablaban los carreteros que iban con sus bueyes a Laredo y Castro Urdiales.
Aunque mucho hubiere leído de los tipos de humanos existentes, nunca había visto razas diferentes a la de los europeos. Ahora veías esas personas llamadas mulatas y negras. Me dijeron que ya no vivían los indios que leía en los mamotretos de las crónicas de Yndias, pues la mala fe de algunos desalmados hizo que todos pereciesen, ya sea por su indolencia, como por sus guerras contra nuestros valerosos soldados. Pero lo más notable para mi ya cansado cuerpo era poder pisar tierra firme, sin haber tenido peligros grandes, gracias a los designios del Santísimo y de mis plegarias a mi Señora de la Almudena.


Nótese la forma de pensar sobre la inferioridad e ingenuidad que muchos españoles tenían de los amerindios, los cuales no eran tenidos ni siquiera por culpables de herejías ante la temible Inquisición.


Tras una semana de ociosidad y de acostumbrarme al Nuevo Mundo, vime inmerso en el nuevo zarpar, aunque esta vez, con menos buques, pues otros galeones viraban a las islas llamadas Antillas, a Veracruz, y al virreinato de la Nueva España, para llegar a la mar del Sur, como yo, pero camino de las islas de las Especias y de las Filipinas, en Asia, aquél lugar al que quisiere llegar en sus sueños hace muchos años el insigne almirante don Cristóbal Colón, gloria de España. Mi flota iría por Tierra Firme, Cumaná y Cartagena de Yndias, para luego ir a Portobelo. Mi galeón iría, no obstante, directo a tierra panameña.


La mar del Sur era el nombre por el que se conocía al océano Pacífico por los españoles durante la época colonial.

El 1 de septiembre partimos de nuevo a la mar, llamada del Caribe. Dicen que estas tierras e islas estuvieron habitadas por feroces indios salvajes que comían la carne humana de los desgraciados prisioneros que caían en sus manos, tras horrendas torturas. Aquí murió el grande marino Juan de la Cosa, santanderino, natural de Santoña y casi paisano mío.
Poco más de tres semanas nos llevó la travesía a Portobelo, por lo que arribamos el día 23 de septiembre. En esta fortificadísima ciudad atracan las naves de las Españas. Acá sí que pude observar a los indios y a los que llaman mestizos. Como es normal en las Yndias, las razas son de negros, mulatos (apareados con la raza blanca), de españoles blancos, y de indios y mestizos (apareados con blancos). Curiosamente se mezclan esos indios con los negros y llámanse zambos. En los capítulos peruleros hablaré más de esta raza nativa y que da nombre a las Yndias.
Al desembarcar los habitantes de Portobelo nos recibieron con gran jolgorio y festividad. Se organiza una feria de intercambios de enseres españoles con enseres de los naturales del lugar. Dizen que es una ciudad de perdición, con afluencia de nativas rameras para pecar carnalmente con los marinos recién llegados y demandantes de sus más lujuriosos favores. El señor quiere castigar estos excesos de lujuria y varias veces ha lanzado sus castigos en forma de ataques satánicos de piratas y corsos, sin que les valiesen sus murallas con sus troneras.
El malvado inglés Drake, a las órdenes de Satanás, atacó la ciudad el pasado siglo y murió acá de fiebres. La ciudad de Nombre de Dios hubo de abandonarse por estos ataques tan diabólicos que acababan en muerte y robos grandes. El año pasado de 1671, el satánico Morgan acababa de saquear la ciudad, más no satisfechas sus avaricias llegó hasta la ciudad de Panamá, la cual arrasase con crueldad.
Pero como también hubiere de contar hechos notables como el de Núñez de Balboa, fiero y valiente extremeño que pudo cruzar estas selvas y llegar a la otra mar océana, la mar del Sur, por lo que se daba una gran lección a los cosmógrafos, que así saberían de un nuevo continente, quedando en entredicho el gran Almirante don Cristóbal. El malvado Pedrarias Dávila lo degolló vilmente, exponiendo su cabeza a guisa de trofeo.


El siglo XVII fue especialmente duro con las posesiones de España en América. La culpa fue de los ataques repetidos de piratas establecidos en el Caribe y gran parte de las pequeñas Antillas, apoyados por los reyes de Francia e Inglaterra. Los ataques eran muy rápidos, de saqueo cruel, los habitantes huían a la selva, donde los piratas no se atrevían a entrar por temor a las emboscadas. Sin embargo Morgan, desde Jamaica desembarcó en diciembre de 1670 en Portobelo y no se contentó con el saqueo. Siguió por el istmo panameño y arrasó también Panamá. A su marcha se llevó un suculentísimo botín, además de un reguero de muerte y desolación. También saqueó Maracaibo y dispuso su base en la recién arrebatada a España, isla de Jamaica.


Capítulo VI. De la llegada a la ciudad de Panamá y a la mar del Sur.
Iba a seguir mi viaje de atravesar el continente por su parte más menguada, camino de la mar del Sur. De Portobelo partimos a tres días de nuestra llegada. Ese día 7 de octubre subimos a grandes barcazas remadas por fornidos esclavos de raza negra. Íbamos por el río que llaman Chagres, de grande corriente de agua y abundante selva que hacía imposible desembarcar en sus orillas. Dicen que es la selva muy peligrosa por los animales feroces que la moran, las serpientes venenosas y, a veces, de tribus de salvajes indios que lanzan dardos envenenados con el llamado curare.
Al final del día llegamos a Las Cruces, en plena selva, llenos de picaduras de violentos y grandes mosquitos, mucho mayores que los de España, y muy fuerte calor. Mis pobres carnes ya estaban algo agotadas del viaje. Apenas pude dormir por el duro calor asfixiante y la humedad, mayor aún que en barco y sin la brisa del mar.
Al siguiente día, el 8, salimos muy de temprano para seguir el camino que llaman de las Cruces, levantado por el malvado Pedrarias Dávila. El susodicho camino ha visto un traer y llevar riquezas grandes desde el Perú, sus tesoros de plata potosina alto peruana y por allí íbamos todos los que a ese virreinato nos llegásemos. Era un camino de grandes y pesadas baldosas, muy al modo de las calzadas de los romanos en España. Dos días en la selva, siguiendo la ruta de Balboa, nos ocuparon en llegar a Panamá, tras atravesar las pequeñas cumbres selváticas. Entrábamos el día 9 de octubre.


Ruinas en Panamá vieja, restos de la catedral


Panamá es toda desolación, aunque en trance de renacer. Al ser asolada, nada me retenía en ese clima asqueante de aire muy húmedo y mucho calor. Un navío esperaba allá con todo mi equipaje, que viajaba en ruta paralela pero con otro ritmo que el mío, sería el encargado de embarcarme en la nueva mar océana. Pero había de reposar por designio del médico, y la ruta salida se demoró, pues el navío debía zarpar. Por ello hube de esperar hasta 15 días viendo los trabajos de reconstrucción, saliendo el día 23 de octubre. En esos días tuve el honor de evocar el día 12 del corriente, la gesta colombina en su 180 aniversario.


Capítulo VII. De la navegación por la mar océana del sur y llegada a Lima.
De nuevo a bordo, ya estaba cercano el final del trayecto, aunque aún me quedaba más de un mes de singladura. Navegaba ahora por otras aguas. Llevaba muy cercana la costa de la Nueva Granada, viendo selvas muy densas y ahora me podía refrescar el tremendo calor con la brisa del mar. Mis pensamientos apenas giraban ya en la melancolía de España, ya quería llegar al mi destino lo más prontamente que pudiere. Ahora no temía ataques de piratas ni temporales fuertes. Ya estaba familiarizado con la navegación y era normal para mí el traqueteo de las olas marinas. Desta parte del viaje las cosas son mucho mas livianas. Ya había pisado las Yndias y ya no tenía sensación de ser impresionado por el Nuevo Mundo.

A estas alturas del viaje ya la tensión bajaba de tono en los viajeros, solo el cansancio podía mellar algo la mente. En esos momentos ya tenía el viajero español contacto con el cambio de hemisferio y de climas, de razas y hasta de mentalidades, además de haber probado otros alimentos. En suma ya había tomado contacto con el exotismo.


El 6 de noviembre atracábamos en el puerto de Guayaquil, al norte del Perú. Me sentía ahora siguiendo la ruta del gran Francisco Pizarro, con Diego de Almagro y el padre Luque.
El clima guayaquileño es también muy cálido. Además, estando ya en la raya ecuatorial, la estación era de la primavera austral. Me era chocante pensar que en esos días se nacía el otoño en España, con sus bosques ocres esperando desprenderse de sus hojas. La ciudad es de mercaderes y de mucho ajetreo como es menester en esos lugares de gente de comercios. Ahora sigo viendo las mismas razas y sus mescolanzas, aunque más tipos de indios. En esa ciudad oré mucho el día 9 de diciembre, día de mi señora Virgen de La Almudena, a la que dí mis devotas gracias por haberme guiado lejos de los peligros de tan luengo viaje que ya estaba llegando a su final.


Barrio de las Peñas en Guayaquil.


Tras diez días de estancia en este puerto iniciábamos la última singladura. Las corrientes del mar vienen ahora desde el sur [se refiere a la corriente fría de Humbold, que arrecia desde el sur], nos vienen de cara y la navegación es algo más lenta. Vamos muy cerca de la costa. Se avistan unas montañas muy lejanas y muy altas: eran los Andes, tantas veces citadas en los tratados de la geografía del virreinato del Perú.
El día 8 de diciembre, tras tres semanas de navegación tranquila, atracamos en El Callao, el gran puerto de Lima. Aún no había llegado a mi diócesis, pero ya estaba en el corazón de las Indias. España ya me parecía de otro planeta y ya no quería oír hablar de vuelta.

CONTINUARÁ
 

sábado, 13 de agosto de 2011

DE MADRID AL CUZCO EN 1672-73: EL OBISPO MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO (2ª PARTE)

INTRODUCCIÓN EXPLICATIVA
Como dije en la entrada anterior voy a intentar reconstruir un hipotético viaje a América del Sur en el siglo XVII. Intento unir las impresiones de las dos orillas del océano a través de mis viajes y dando por supuestas muchas cosas que son fruto de mi invención. Cálculos y estampas son imaginadas. La mente del obispo, por ejemplo, la supongo muy culta y conocedora de lecturas de la época, como El Quijote o La Araucana, etc, así como conocedor de la historia española. 

En sus etapas españolas calculo unos cien kilómetros al día a cabalgadura rápida. La ruta actual la conozco bien, en coche, claro está, así como algunas ciudades en las que paro al ir a Andalucía.
En el caso de la navegación, lógicamente es de mayores suposiciones, con cálculos de rutas de las flotas de Indias del momento. El viaje de Lima a Cuzco lo hice en avión, pero hice rutas por aquellos altiplanos y lecturas sobre el territorio, como Arequipa o el cañón del Colca. Sigo la ruta histórica transandina que me dijeron mis amigos historiadores peruanos.
Más difícil me ha resultado simular el castellano aquél. Es el campo de mayores invenciones mías. Mezclo arcaísmos de todo tipo, aunque soy consciente de medievalismos ya inexistentes y de voces de oídas en películas. No obstante se trata de imaginar esos escritos. He intentado no abusar mucho de ello.
Pues bien, solo me queda intentar que el lector se entretenga y se imagine los parajes recorridos en ambos lados del océano, tanto a los lectores americanos, que los tengo, como de los españoles.

BREVE RELACIÓN DEL LUENGO VIAJE DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR OBISPO DON MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO DE LA VILLA DE MADRID AL CUZCO, LA ANTAÑO CAPITAL DE LOS REINOS INCAICOS.
CIUDAD DEL CUZCO, VIRREYNATO DEL PERÚ.
AÑO DE MDCLXXXXVIII.

LIBRO PRIMERO: DEL VIAJE A LA ANDALUCÍA

Primera jornada: a guisa de prólogo e de mi salida de la Villa de Madrid.
Yo, Manuel de Mollinedo y Angulo, burgalés de Bortedo, obispo del Cuzco, a mis cincuenta y ocho años, de menguada salud y ya presintiendo mi muerte y juicio posterior ante el Altísimo, he tenido a bien escribir, a modo de recuerdos, mi luengo viaje hasta esta tierra que tanto me ha donado en esta mi ya declinante vida.
Recuerdo la gran congoja que me producía el día siguiente de los fastos patronales de San Isidro, el 16 de mayo, al pasear por última vez por aquella augusta Villa de Madrid que sigo recordando como si agora la viere en este triple declinar: el del siglo, el del enfermo rey Carlos y el del que esto escribe.
No soy persona de mucho añorar y sí de muy ávida actitud de asumir lo que viere allá donde fuere. Por esta cosa, con todos mis amplios bártulos y hatillo preparado, resolví que mi paseo de despedida no debía de ser grande: limitóme a salir de mi amada parroquia de Santa María y mis pies me llevaron por la Plaçuela de la Villa, y la Platería al solar de la antaño Puerta de Guadalajara. Seguí por la calle Maior, viendo, a mi mano derecha las cotillerías de los soplones, las dueñas y los entrometidos (según nos narraba el maestro don Francisco de Quevedo) de las altas gradas de San Felipe, para llegar a la Puerta del Sol, verdadero corazón de la villa. Ya pasada la sobremesa quiso mi voluntad asomarse a la vista de las montañas del Guadarrama: por la calle de San Ana, atravesé la Puerta de la Vegva. Las cumbres de la sierra a la lejanía, ya sin apenas la blanca nieve invernal, me hacían recordar el cuadro del maestro Velázquez, el del desgraciado príncipe don Baltasar Carlos a caballo que veía en mis visitas al regio Alcázar. La hermosa vegva del humilde Mançanares estaba postrada ante mis ojos, así como la Puente Segoviana. Esa noche resolví retirarme pronto a mis aposentos ante las jornadas que me esperaban. Mis pensamientos estaban ocupados en mis recuerdos de mocedad, cuando jugaba en los campos de mi aldea burgalesa, en mi Bortedo natal, con sus prados, sus vacunos y sus montes cercanos, tras los cuales se hallaban las tierras verdes vizcaínas.
A 17 de mayo de 1672, aún de noche, salí de mi parroquia, montando mi caballo con mis sirvientes de compañía, pues aún era joven y así, cabalgando sin carreta, iría más rápido hacia la Andalucía. Tomando de nuevo la Platería llegué a la Plaça Maior, la cual atravesada en sentido mediodía, me hizo enfilar la calle de Toledo, camino del Mançanares y desviar mi caballería hacia el camino de Villaverde.

Los nombres y las calles las tomo del magnífico mapa de Texeira de 1656. La iglesia de Santa María y no existe, ni la calle de Santa Ana. Las hoy llamadas Vistillas eran ya muy del paseo aquél siglo XVII por las agradables panorámicas de la sierra, hoy ya muy cambiadas con edificios altos de los confines del actual Madrid y sus ciudades dormitorio. Los topónimos antiguos también los copio del mapa.

Mapa de Texeira. Madrid, 1656.

Tras pasar esta población y divisar el Cerro de los Ángeles, verdadera atalaya vigilante sobre Xetafe, volví mi cuello para ver por postrera vez aquella Villa y Corte de mi juventud no sin algo de melancolía como es menester reconocer. A mi izquierda el sol nacía por el levante, iluminando un paisaje primaveral con una temperatura de mucha bonanza. El paisaje de la primavera era risueño, con sus florestas naciendo y los carreteros con bueyes y mulas avanzando a Madrid a comerciar sus mercancías y viandas.
Al no ser invierno, sin los lodos de lluvias y de nieves, salvo las tormentas de rigor, mis espuelas me permitieron cabalgar y poder cubrir un camino de entre 15 a 20 leguas al día. Ello fue posible por mi gran poder e influencia ante las autoridades y dineros para dar de pastar a las caballerías y cambiar dellas a cada jornada.

Al suponer unos 6 kms por legua, voy a tomar los 100 o 120 kms al día, es decir las 15 o 20 según trayecto. El tiempo primaveral, la ausencia de montañas altas, salvo el desfiladero de Despeñaperros, y los días de más duración, junto a la juventud del personaje y su séquito al trote ligero harían posible esta duración. Además el equipaje de cuadros y demás ajuar del obispo, se llevaría, una parte días antes, y en días posteriores, otra.

A media mañana ya sobrepasamos las villas de Pinto y Valdemoro. Cuán deliciosa visión del valle del río Tajo, al bajar la calzada para poder almorzar en el sitio del Real de Aranjuez. Recordaba los refranes que leía en mis tardes complutenses de mis años estudiantiles los refranes del maestro Gonzalo de Correas para describir este paisaje tan risueño: Tras marzo ventoso y abril lluvioso, queda mayo florido y hermoso.

Palacio de Aranjuez, siglo XVIII.

 Aranjuez en el siglo XVII, aunque ya lugar de residencia de reyes, aún no era el Real Sitio del siglo posterior. No obstante, su vega y excelencia del cauce del río Tajo, debían de contrastar con los páramos y secarrales de sus alrededores.

Ya tras sobremesa subimos en la cabalgada la cuesta del lado al mediodía del dicho valle para llegar a la ya villa toledana de Ocaña, lugar donde está enterrado el alma del gran cronista Ercilla, aquel madrileño que escribió La Araucana, cuyas páginas leía con avidez para ir imaginándome cómo serían las Yndias. Leía las desventuras de don Diego de Almagro de don Pedro de Valdivia, vilmente caído ante los feroces araucanos, cuya conquista aún no está del todo acabada, siguiendo sin ser llevados al camino de la religión de Nuestro Señor. Tembleque se nos pareció con las primeras sombras de la entrante noche, tras atravesar los lugares de Dos Barrios y La Guardia. Es una villa de gran encanto que sería nuestro aposento del día que agonizaba.

Puerta de entrada de la Plaza Mayor de Tembleque,
ejemplo de arquitectura popular manchega.

Segunda jornada: de mi transitar por La Mancha, la tierra de Cervantes y don Quijote.
Como es menester en estos viajes a la Andalucía, hay que levantarse muy de mañana, para poder llegar a la ciudad mercantil de Cádiz en una semana. Hoy empezamos mi séquito y yo la cabalgada por la Almanchara sarracena, nombre que leí en mis lecciones alcalaínas de la arábiga lengua, y de informarme de los papeles agarenos del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, esos que estudió y ordenó doctamente el gran Benito Arias Montano para Su Magestad Católica don Felipe II, bisabuelo del actual monarca Carlos II. Almanchara viene a decir tierra árida y llana para los infieles en su lengua.
El paisaje es de una luenga llanura. Algunos cerros y altozanos como el anterior y xetafense Cerro de los Ángeles, rompen su aburrida monotonía. Divisé esos molinos en los que, tras acordarme de las faltas de razón del gran fijodalgo e caballero andante, que tanta risa e mofa causóme su lectura, esos humildes molineros en esperando que soplase el viento cuán Eolo airado, hacen su honrada labor del pan nuestro de cada día. Campos por los que tuve el buen hado de atravesar en época en la que el calor aprieta poco, con sus espigas de trigo en verde, esperando a los segadores con sus hoces y guadañas del estío, para luego esperar las hogueras que preparen la siembra el Adviento otoñal. Dios les de buena cosecha para evitar hambres y pestes. También las viñas hermosas que maduran para regalarnos ese vino que además de contentar el espíritu al excedernos en su bebida como para la consagración del sacrificio misal.
Zagales jóvenes y hermosos cuidan sus rebaños de merinos pastando y abonando las tierras abarbechadas este año. Están esperando a los mayorales del Honrado Concejo de La Mesta, que les llevaren a mi tierra, al norte de España, a pastar y huir de los calores del estío, ese trasiego que se da en llamar la trashumancia. Esas tijeras que trasquilarán su muy apreciada lana merina, placer de los nobles en las invernadas, y de los reinos del Flandes católico, tras su navegación desde los embarcaderos del Cantábrico mar.
El sol aún no hace torturas con su calor infernal en meses venideros. Los pueblos y ventas de descanso que vamos atravesando son, con sus caseríos muy ajuntados, con sus tapiales de abobe y barro, símbolos de de su humildad. Puerto Lápice, Villarta, Mançanares, y Valdepeñas, villa ésta última en la que nos aposentamos para refugiarnos de la oscura noche ya echada sobre nosotros. Calcula mi mente que hemos cabalgado las quinze a veinte leguas.


Sigo el itinerario de la actual A-4 o autovía de Andalucía. Imagino que la mayoría de los pueblos ya existían. En Andalucía sí habrá que omitir algunos que no existían, pues son del siglo XVIII, de aquellas repoblaciones proyectadas, precisamente, por el limeño y criollo Pablo de Olavide: La Carlota, La Carolina o la Luisiana.

Puerto Lápice.


Tercera jornada: De cómo se llega por el llamado desfiladero de Despeñaperros a la Andalucía.
Al poco de abandonar la venta de Valdepeñas, más bien sea dicha de ventorro corrompido y maloliente, pues el tal ventero era de gran grosería, y falta de gallardía, con malas gentes aposentadas, jaraneras y ruidosas, además de haber mujeres de dudosa honra, el día nuevo día risueño y primaveral nos permite ver unas alzadas montañas al mediodía, amenazadoras como todas ellas. Estábamos en la Sierra Morena o Moruna, aquella que también me hizo mucha risa al leer las aventuras del pobre manchego hijodalgo. Dizen de peligrosos bandoleros, ladrones e demás vil canalla de mal vivir que roban a desgraciados viajeros y peregrinos por estas tierras altas. Castigamos con nuestras espuelas a las caballerías para atravesar esos desfiladeros de enriscadas afiladas y descarnadas crestas lo más veloz posible bajo el merodeo de buitres, aguiluchos y otros pajarracos. Decidimos muy prestos pasar de largo de Santa Cruz de Mudela, Almuradiel y la Venta de Cárdenas, para entrar y almorzar en la Andalucía, puerto de Despeñaperros ya atravesado, y gente soez y bandidos evitados y burlados.

Desfiladero de Despeñaperros, la puerta de Andalucía.

Con fuerte resonar de tripas por la hambre acechadora, divisamos el valle inmenso que nos recibe y que recorreremos hasta la mar océana, hasta el llamado Atlántico, que no Mediterráneo. Bien vale pasar algo de tortura a nuestras entrañas para poder llegar a la villa de Bailén a aposentarnos. Llegamos a Santa Elena y recuerdo ya ver la cercanía de Las Navas de Tolosa, lo que me trujo de nuevo mis recuerdos de la historia aprendida en las aulas alcalaínas. En estos parajes la Cristiandad, por designio divino, con los valientes navarros, castellanos, leoneses y aragoneses, todos súbditos de reyes fieles de la Santa Cruz, hundió su espada en las entrañas de los ejércitos sarracenos, a los mil doscientos doce años de nuestra era, dándoles mucha mortandad a los agarenos infieles, siendo el gran rey Alfonso el VIII de Castilla y de León. Esta gran batalla ganó la Andalucía para la cruz y la libró de la media luna gracias a la ayuda de un zagal pastorcillo que guió las huestes a la victoria por intrincados cortados entre los picachos y crestas de esa Sierra Moruna.
Ya no nos quedaba ninguna sierra ni cuesta de importancia hasta los barcos de las Yndias. Tras almorzar en Santa Elena, la galopada nos hizo pasar por esas Navas, por la aldehuela de Carboneros, Guarromán y el dicho pueblo de Bailén, lugar de nuestra nueva parada y fonda en un ventorro.

Poco podía imaginarse el bueno del obispo que esa población de Bailén entraría en la Historia de España con mayúsculas, por la batalla de julio de 1808 y que supuso la primera derrota en campo abierto de las tropas napoleónicas. También la prolongación de la calle de este nombre fue la causante, a fines del siglo XIX, de la demolición de su parroquia, cuyos restos se encuentran hoy a la vista frente a la actual capitanía de Madrid, antiguo palacio del duque de Uceda.

Cuarta y quinta jornada: de mi llegada a la ciudad de los califas.
Como que el cansancio empezase a mostrarse, me refugiaba en mi placer interior de recordar las lecciones aprendidas y escuchadas de mis doctos maestros de la latinista Complutum.
Se advierte algo más de calor y el final de la primavera. Es veinte de mayo y ya han menguado dos meses desde marzo, quedando muy lejana la Semana Santa. Intenté no usar el carruaje para ahorrar tiempo de viaje y disfrutar algo de la región del mediodía del reino. Andújar es la primera población grande que atravesamos. Los viñedos y trigales meridionales de Castilla se han trocado en olivares interminables sin alcanzar la vista su fin. Las olivas o aceitunas, esas joyas que daban ese aceite de insuperable calidad y que por estas tierras del Perú tanto se añora.
Marmolejo, Villa del Río, Montoro, lugar este de almuerzo, Pedro Abad, El Carpio, Villafranca de Córdoba, Alcolea, pueblos algo monótonos ya a mis cansados ojos. La noche empieza a caer. Ahora vamos con el sol hacia nuestras caras por cabalgar a rumbo de poniente. Como una enorme naranja, el sol se va poniendo o escondiendo por la infinitud del horizonte. Según mis cálculos de cosmografía, al ser las ocho horas de la tarde ya casi noche cerrada, oscura y lóbrega, en Yndias deben de ser las 12 del medio día, la hora de rezar el Ángelus.
No he podido divisar desde la lejanía Córdoba por ser ya noche de poca visión ya. De todas formas, haciendo uso de mi autoridad religiosa, me decidí dejar descansar y darme a la ociosidad en esta ciudad que tanto me intrigaba conocer y ahora la vería por primera y última vez. Como obispo descansarían mis huesos en buen aposento: el palacio episcopal.
Amaneciendo el 25 de mayo, con el cielo de color gris y alguna menguada lluvia, muy agradecida por cuanto el calor del astro rey empezaba ya a calentar más de la cuenta, resolví visitar la histórica ciudad de los antaño moros cordobeses. Me dejó grandemente maravillado su original catedral. De una mezquita, templo sarraceno, nació por orden del emperador Carlos I, una catedral de nuestra verdadera y única religión. Como aficionado y humilde estudiante del arte, debo decir que, en el fondo, me causó turbación disimulada ante el obispo cordobés que me hacía el honor de acompañarme. Me turbó cómo una construcción de calidad y hermosura sin par, infiel, pero arte a deleitar, no merecía una profanación de tal grandeza. No es agradable contemplar una destrucción y una falta de conducta con el esplendor aún siendo de infieles agarenos.

En tiempos de Carlos I se levantó una catedral en el centro del bosque de columnas que sostienen las bellas arcadas polilobuladas o no, con sus dovelas rojiblancas de herradura califal de los siglos VIII a X. Un coro y un altar rompen, sin ningún tipo de gusto, entre esa maravilla del arte hispanomusulmán del califato cordobés, la armonía estilística. El viejo minarete asoma vigilante por los tejados de las callejuelas y sombreados y frescos patios de la vieja Córdoba.

Calles cordobesas vigiladas por el minarete de la mezquita.

Las gentes cordobesas y el vulgo con quienes me cruzaba en mi interesado pasear, eran de gran alegría, siempre dadas al cante de coplillas y el improvisado baile con gracejo mezcla de maestría y de picaresca, muy dado en las famas de estos andaluces de ayer, de hoy y de siglos venideros.
Recordaba mis lecturas de crónicas de Yndias y recordaba al gran Inca Garcilaso, el que fuere primer mestizo (mezcla de español con hembra india) del Nuevo Mundo. Por estas calles paseó, escribió y murió el hombre a cuya tierra que lo vio nacer iba yo a trabajar humildemente como en la viña del Señor. ¿Qué me depararía aquella tierra desde la que ahora escribo?. Esa era la pregunta que me atormentaba a ratos, en los que los malos pensamientos turban la mente del más bondadoso de los hombres. Yo iba a hacer el tan luengo viaje sin retorno fácil, por no decirlo abiertamente. Ya descansado de la rutina de trotar en la caballería durante varios días enteros, tuve a bien de irme a descansar a mis aposentos palaciegos. Esa noche oré mucho al Señor para que me diese las fuerzas necesitadas, pues mi conciencia de mortal me impelía a volver a mi amada parroquia matritense, para seguir adorando a mi Señora la Virgen de la Almudena. Pero esta tentación de villanesca mente, la combatía con el recuerdo de la historia de aquellos moros califales, aquellos reyes agarenos llamados mayormente Abderramanes, y que tantas plumas de narradores del pasado han inspirado.

Sexta jornada: de cómo me adentré en la grandiosa y romana Hispalis.
Esta jornada iba a ser larga, de ahí que tuviese a bien el descansar un día anterior en Córdoba, la sultana. Me esperaba la campiña del Guadalquivir, río aún menguado, no merecedor ni capaz de tener la visita de los galones de Yndias, sino hasta su salida de la hispalense ciudad, junto a Madrid, verdadera metrópoli de los reynos de las Españas.
Muy cerca, en relativos términos entiéndase, hállase la raya de Sevilla, atravesada la villa de Quintana. Se divisa en la lejanía Écija, ciudad muy pía a ser por las altas torres conventuales. Poco a poco se van haciendo grandes así como nos acercásemos. Decidimos a consejo seguir de largo para no demorarnos en nuestro peregrinar hacia la hispalense Sevilla. En Villanueva del Rey calmamos nuestras tripas abandonadas al hambre no saciado.
Amodorrados y somnolientos debíamos volver a montar en nuestras bestias para encaminarnos a Carmona, ya muy próxima a nuestra ciudad de destino.
A la moruna Isbila llegamos ya con la noche entrada y escoltados por guardianes del orden, dada la grande cantidad de ladrones, pícaros y maleantes, tanto por sus alrededores como por sus angostas callejuelas y plazuelas.

Séptima jornada: de la otrora grandiosa y hoy menguante ciudad de Sevilla.

La Sevilla de la segunda mitad del siglo XVII era ya una sobra de aquella que vio nacer la Casa de Contratación (monopolio único de viajar a las Américas) a inicios del siglo XVI. Ya en la Edad Media Isbila despuntaba siendo la capitalidad almohade, de cuya época data la construcción de sus emblemáticas y mundialmente conocidas Giralda y Torre del Oro. La primera fue torre de la vieja mezquita, ahora convertida en catedral gótica. Por no decir de la primera época de auge cuando era la Hispalis romana. Ambas, la Hispalis romana como la Sevilla de los Austrias, coincidían en ser las receptoras de tesoros con destino a las dos metrópolis imperiales: Roma y Madrid. Por ella circulaba el oro hispano de El Bierzo y la plata americana. La diferencia entre las dos épocas era que con Roma era Hispania una provincia, mientras que ahora España era un Imperio.
El río Guadalquivir ya no podía soportar el trajín de unas naves (galeones), cada vez más pesadas y que encallaban con mucha frecuencia. Cádiz se imponía cada vez más, a pesar de ser más vulnerable a los ataques piratas y anglo-holandeses.
No obstante, las calles aún tenían trajín de gentes de todo el mundo y razas, y la Casa de Contratación seguiría funcionando en ella hasta su traslado a Cádiz en el siglo XVIII. Sufrió a mediados del siglo XVII duras epidemias de peste que acabaron con su esplendor. La mortandad fue enorme y la ciudad ya no se recuperó. Los pícaros y delincuentes se veían atraídos por esos grandes tesoros que acogía. Este siglo XVII seguía siendo, con Madrid y Lisboa, la gran ciudad de la península. En este inicio del siglo XXI es, indiscutiblemente la cuarta ciudad española tras Madrid, Barcelona y Valencia.

La ciudad de Sevilla es tan grande y laboriosa como la villa de Madrid. ¡Cuán trajín de gentes de todo pelaje se cruza el forastero por sus calles! Vocerío, ruidos, idas y venidas constantes de caballerías, mercadeo por doquier. Como desde hace unos veinte años, una grande peste, seguida de muy poca comida, llevóse la vida de muchas de sus almas, dejando la ciudad en tal grado de postración y penuria que aún no ha de levantar cabeza como antaño.
Es esta grande urbe ya casi el confín de España. La cercanía de la mar océana, a tan solo 30 leguas hacía ya excitar el ánimo del viajero que marchaba a Yndias. Ya me daba la desazón de verme embarcado próximamente, envuelto en peligros acechadores, tanto de la madre naturaleza como de los corsos o corsarios. Decidí no turbar mi ánimo y dejar mis energías para mayores penas.
El gran río es la arteria de la vieja Baetica romana. Río Betis romano, wadi el Kebir, el río de los moros que viene a decir río grande: wadi o río, y Kebir grande. Con el tiempo el vulgo dio en decir Guad al quivir, nombre con el que en estos tiempos es conocido.
Las murallas de los moros del África marroquí, los llamados almohades, no pudieron resistir la treta de aquél santo y augusto rey paisano mío de Burgos: el gran San Fernando, el tercero, ni el de otro de mis ilustres paisanos el gran almirante don Ramón de Bonifaz, allá por los mediados del décimo tercer siglo de nuestra era. Desde entonces ya es ciudad de la cruz, la vieja cuna del sabio santo godo: San Isidoro y su hermano, el también santo y obispo hispalense, Leandro.
La gente de mal vivir paséase por sus calles y mucho se dejan de notar, sobre a las gentes poco avisadas, víctimas frecuentes de sus timos y robos. Ya estaba yo avisado por mis lecturas, cómo no, del gran maestro, príncipe de nuestras letras y héroe de Lepanto, don Miguel de Cervantes. Muy reídas por fueron las páginas de su novela, por el llamada ejemplar: Rinconete y Cortadillo. Nárranse en esas páginas las aventuras divertidas de dos mozuelos de mal vivir adiestrados por el truhán y jefe de golfos, Monipodio, De esa lectura poco supe de los crueles escritos de la dura lucha por la vida que narran esas novelas llamadas de pícaros: el Guzmán de Alfarache o el Buscón, del maestro Quevedo, que tanto me hizo revivir sus andanzas en la Alcalá de mis años estudiantiles.
Cajas y mercancías de todo tipo circulan como hemos narrado. Ya se preparaban los almacenes de la Casa de Contratación, lugar del que no es posible escapar si se quiere cruzar la mar océana. El edificio es enorme caserón, todo repleto de almacenes para todo tipo de mercancías: las eu estaban esperando ser embarcadas, como las de la Yndias llegadas.
Como iba a estar meses en el agua flotando, decidí seguir camino a Cádiz y esperar allá al galeón que me llevaría al destino. A inicios de junio el calor ya es fuerte en Sevilla, aunque no tanto como antaño, al decir de los más viejos, pues según dicen, estos años son de frío grande e muy rigurosos inviernos e templados veranos. Es cierto ello, pues estos rigores están dando malas cosechas y hambres entre los más desgraciados del vulgo.

En el siglo XVII hubo unos años de enfriamiento excepcionales, tanto que se habla de una pequeña “edad del hielo”. Las malas cosechas dieron fuertes hambrunas o crisis de subsistencias, acompañadas a veces con duras epidemias de peste que disparaban la mortalidad.

La inconfundible Giralda de Sevilla,
viejo minarete almohade y hoy torre de la catedral.
Mis visitas a sus edificios más insignes en mis paseos son de lo más instructivo. La elegante y alta giralda empequeñece a la torre de Córdoba antes vista. La catedral es enorme y desprende riqueza a sus cuatro puntos cardinales. Cuentan que el obispo que inició sus obras quiso hacer una tan gran obra que los hombres futuros diésemos en decir que estaba loco. Esa Giralda, tan querida por el vulgo hispalense, se divisa desde muy luenga distancia. La Torre del Oro dícese que es de los años de los moros de la Berbería, llamados almohades. Me plació mucho oler en los patios el olor de múltiples florestas, en plena estación de Venus. Muy moruno es el Alcázar de esos mismos agarenos llamados de Taifas, como uno de sus reyezuelos: el nombrado como Almutamid, allá por unos seiscientos años atrás poco más o menos si no me fallan mis lecciones de historia aprendidas allá en la Alcalá de mis años mozos, cuando me sentaba a leer las páginas del gran padre Mariana y su Historia de España.

Octava jornada de cabalgadura: por las campiñas sevillanas.
A 31 de mayo, pasada ya una semana y un día de mi llegada a esta Babilonia de la Andalucía, tenía que retomar de nuevo las fatigas del viaje, aún en sus comienzos si pensásemos en lo que me quedaba para llegar a este Cuzco desde el que escribo. Como ya dije decidí ir a Cádiz por tierra y esperar allá la escala de la flota. Mucho me estaba ya acostumbrando a esa alegría de estas gentes andaluzas, tan dadas al cante, baile y jarana, con su gracejo inconfundible y ese acento y que, según dizen, es muy propio de las tierras a las que voy.
Muy de mañana, con la fresca de la mañana y su rocío, salimos con nuestras caballerías hacia el mediodía. La interminable llanada dicha desde el paso de Despeñaperros, continúa hasta hundirse en las aguas del mar. A mediodía el sol de casi junio ya es abrasador y se impone el uso de amplio sombrero de las anchas y la liviandad de vestimentas, pues, para mayor escarnio, la humedad ya se nota, cosa que en mi tierra natal y en Madrid, apenas se deja de notar.
Atravesamos unos campos verdes por las lluvias fuertes de abril, donde me dijeron los mozos del campo que en abril son las aguas mil, refrán que ya recuerdo haber leído en el libro del mencionado Gonzalo de Correas: Vocabulario de refranes.
En esas campiñas florecidas y primaverales revividas por el sol, pastan rebaños de toros muy bravos, esos que hacen las delicias de las fiestas o corridas por toda España desde el sur de Madrid. Hermosos animales negros con enormes cornamentas nos mirasen desde los muretes de piedra que nos separan de ellos. Yo, aunque formado en Alcalá y Madrid, naci en tierras del norte de Castilla, por lo que esa fiesta tan hispana no me place en exceso, al contrario que a mis compatriotas. Acá en el Perú, se han contagiado de esta fiesta taurina y muchas reses bravas se toreasen en la Plaza Mayor de Lima.
 Hasta finales del siglo XVIII, con el virrey Amat se inauguró la actual plaza del Acho, a la otra orilla del río de Lima, el río Rímac.
 Así como avanzábamos a rumbo de mediodía como antes dije, íbamos atravesando los lugares de Dos Hermanas, Los Palacios, Las Cabezas de San Juan –donde dimos placer a las sufridas tripas- y El Cuervo. Me alegraba ir siguiendo la ruta de la santa Cruzada de Reconquista contra la media luna, aquella que siguió el ya mencionado rey muy pío San Fernando con sus huestes y mesnadas.
Ya por estos días las luces del sol son más luengas de duración, y llegamos aún con visión sin candil a Jerez de la Frontera. Las campiñas se han trocado en viñas y cepas de ese vino andaluz de muy grande fama y sabor.
En buena venta nos alojamos, aunque muy al contraste de las comodidades del palacio episcopal de Sevilla.

He puesto la parada y fonda del obispo en Las Cabezas de San Juan por ser el lugar donde creo que se bifurcaba el camino a la costa: desde aquí, por Lebrija y Trebujena se llegaba a Sanlúcar de Barrameda, el otro puerto desde el que zarpaban los galeones. También aquí, siglo y medio después se coció parte de la historia americana y de España: el 1 de enero el pronunciamiento de Riego y la negativa a embarcarse a la guerra contra los libertadores, se selló la definida emancipación de América continental hispana y el primer pronunciamiento exitoso de los liberales españoles.



Novena jornada: de cómo me maravilló ver el mar.
El día 1 de junio de 1672 siempre se me dará en mi sesera de recuerdos al ver ese mar que tanto había oído hablar. Mi aldea de Burgos no está muy lejos del que se llama Cantábrico, pero las montañas que dicen Bascas, impiden a mis paisanos y vecinos cabalgar hacia él. Hoy el día será corto en la cabalgadura: apenas unas ocho leguas de camino. Tras abandonar Jerez, atravesamos el Puerto de Santa María, para llegar al Puerto Real. Allá se produjo mi visión de la mar, aunque algo menguada, al ser una bahía. Podríamos haber seguido rodeándola hacia San Fernando y seguir por una fina manga de tierra hasta Cádiz, pero tuvimos a bien tomar una barcaza y entrar antes en Cádiz.

CONTINUARÁ