Ningún imperialismo tiene justificación, menos aún cuando se hace de forma tan escandalosa como la hizo el español en Marruecos en la primera mitad del siglo XX
Reparto de Marruecos tras la Conferencia de Algeciras en 1906
Reparto de Marruecos tras la Conferencia de Algeciras en 1906
Hace noventa años, en julio de 1921, una división española era aniquilada en unas dos semanas. Se trataba de un desastre sin paliativos, de una matanza dantesca: en la posición de Annual caía con sus soldados el imprudente general Silvestre. El primer día, en los desfiladeros de Izzumar, caían en apenas una hora unos tres mil soldados de reemplazo, los cuales huían despavoridos ante las balas de los enfervorizados rifeños. Poco después, muchos de los que habían logrado huir -tras una carga suicida de caballería del regimiento Alcántara, en la que murieron todos, incluido su jefe, el hermano del futuro dictador Miguel Primo de Rivera- se refugiaban en el fuerte de Monte Arruit al mando de general Navarro. Pocas semanas después, tras una rendición eran asesinados (desarmados y sedientos) otros tres mil soldados a las puertas del fuerte. Las fotos posteriores son contundentes: sus cuerpos descompuestos eran descubiertos por los soldados que reconquistaron lo perdido. El resto fue abatido en la retirada-cacería humana, asesinados con fuertes torturas en la vecina Nador, a las puertas de una Melilla con cincuenta mil civiles, personas indefensas, aterradas, sabiendo qué pasaría si las harkas enfurecidas de los rifeños entraban en la bella y modernista plaza.
En el verano de 2005 visité ese escenario y, viendo esos campos descarnados y esos desfiladeros, tras leer libros y la novela de Ramón J. Sénder: Imán, me quedé tieso al imaginar esos pobres hijos de obreros y campesinos que cayeron allí defendiendo unos intereses de la rancia nobleza y alta burguesía española. Los hijos de los ricos “compraban” la excedencia del servicio militar.
En el verano de 2005 visité ese escenario y, viendo esos campos descarnados y esos desfiladeros, tras leer libros y la novela de Ramón J. Sénder: Imán, me quedé tieso al imaginar esos pobres hijos de obreros y campesinos que cayeron allí defendiendo unos intereses de la rancia nobleza y alta burguesía española. Los hijos de los ricos “compraban” la excedencia del servicio militar.
¿Cuál fue el origen de esta sangría?
Ya desde la época medieval, desde el viejo Al Ándalus, los musulmanes de uno y otro lado del estrecho no se llevaban bien. Motivos religiosos y políticos (sunnitas cordobeses del califato Omeya contra chiítas del reino marroquí de los Idrisíes) ya ocasionaban tensión, incluso expulsiones de la península a la otra orilla.
Los fanáticos bereberes de las montañas del Atlas fundaron dos imperios militaristas y expansionistas en el Magreb (almorávides, almohades y benimerines), que llegaron a Al Ándalus por el norte y el Sahel por el sur. Tras el final del reino nazarita de Granada en 1492, la tensión se agudiza, pues ya no son enfrentamientos entre musulmanes, sino contra los infieles cristianos.
Entre el siglo XVI y el XVIII los berberiscos y, sobre todo, los moriscos españoles expulsados en 1609 por el duque de Lerma, formaron repúblicas de piratas en torno a Rabat y Salé, que asolaban las costas andaluzas y algún barco que llegase de las Américas tras haber sorteado los ataques de los piratas del Caribe. En esos siglos los portugueses y castellanos buscaban sus rutas a Oriente. En 1415 los portugueses se hacían con Ceuta. En 1497 los castellanos, con Pedro de Estopiñán, al servicio del duque de Medina Sidonia, desembarcaban en septiembre de ese año en Melilla. En otras plazas hubo luchas: Arcila, Larache, Tánger, Orán, Túnez, Argel, etc.
Es curioso que, a causa de Marruecos, Portugal pasó a ser parte de la monarquía hispánica en 1580. El casi niño infante don Sebastián, heredero del trono portugués de la dinastía de Avís, caía muerto y su ejército luso aniquilado ante los bereberes en la batalla de Alcázarquivir. El vacante trono lusitano pasaba a ser ocupado por “El Prudente” Felipe II. Recordemos que los ceutíes son los últimos ciudadanos españoles actuales en serlo: en 1640, cuando Portugal expulsa a los Austrias de su país y de su imperio, Ceuta elige permanecer en la Corona de Castilla.
Ya en el siglo XVIII con el Muley Ismail, fundador de la actual dinastía Alahuí, hubo ataques a las dos plazas españolas en la costa mediterránea marroquí. Ataques repetidos a finales del siglo con Carlos III.
Ya desde la época medieval, desde el viejo Al Ándalus, los musulmanes de uno y otro lado del estrecho no se llevaban bien. Motivos religiosos y políticos (sunnitas cordobeses del califato Omeya contra chiítas del reino marroquí de los Idrisíes) ya ocasionaban tensión, incluso expulsiones de la península a la otra orilla.
Los fanáticos bereberes de las montañas del Atlas fundaron dos imperios militaristas y expansionistas en el Magreb (almorávides, almohades y benimerines), que llegaron a Al Ándalus por el norte y el Sahel por el sur. Tras el final del reino nazarita de Granada en 1492, la tensión se agudiza, pues ya no son enfrentamientos entre musulmanes, sino contra los infieles cristianos.
Entre el siglo XVI y el XVIII los berberiscos y, sobre todo, los moriscos españoles expulsados en 1609 por el duque de Lerma, formaron repúblicas de piratas en torno a Rabat y Salé, que asolaban las costas andaluzas y algún barco que llegase de las Américas tras haber sorteado los ataques de los piratas del Caribe. En esos siglos los portugueses y castellanos buscaban sus rutas a Oriente. En 1415 los portugueses se hacían con Ceuta. En 1497 los castellanos, con Pedro de Estopiñán, al servicio del duque de Medina Sidonia, desembarcaban en septiembre de ese año en Melilla. En otras plazas hubo luchas: Arcila, Larache, Tánger, Orán, Túnez, Argel, etc.
Es curioso que, a causa de Marruecos, Portugal pasó a ser parte de la monarquía hispánica en 1580. El casi niño infante don Sebastián, heredero del trono portugués de la dinastía de Avís, caía muerto y su ejército luso aniquilado ante los bereberes en la batalla de Alcázarquivir. El vacante trono lusitano pasaba a ser ocupado por “El Prudente” Felipe II. Recordemos que los ceutíes son los últimos ciudadanos españoles actuales en serlo: en 1640, cuando Portugal expulsa a los Austrias de su país y de su imperio, Ceuta elige permanecer en la Corona de Castilla.
Ya en el siglo XVIII con el Muley Ismail, fundador de la actual dinastía Alahuí, hubo ataques a las dos plazas españolas en la costa mediterránea marroquí. Ataques repetidos a finales del siglo con Carlos III.
El siglo XIX hasta la Conferencia de Algeciras de 1905-1906
En el siglo XIX los enfrentamientos van a anticipar lo que sucedería en el siglo XX. En 1859, en plena época del expansionismo agresivo exterior de los gobiernos de O´Donnell (recordemos los ataques en América Latina y en Annam), se da la guerra de África. Los incidentes en la frontera de Ceuta dieron ocasión a la monarquía isabelina a atacar. La ofensiva española del invierno de 1860 hizo que Tetuán fuese ocupada por peninsulares por segunda vez en la historia. La primera vez fue a inicios del siglo XV por Enrique III, para castigar a los piratas que merodeaban por el estrecho. Tetuán y Xauen, bellas poblaciones, hoy patrimonio de la Humanidad, fueron levantadas por españoles musulmanes expulsados por la intolerancia religiosa española.
En esa guerra surgía la primera generación de militares africanistas, militares que habían luchado en América también. El general Prim se lució en las míticas batallas de Castillejos, en la frontera de Ceuta, o en la de Wad Ras. Como consecuencia del tratado de paz, los marroquíes daban una amplia zona alrededor de ambas plazas españolas, que ya necesitaban romper las estrecheces de sus perímetros defensivos tras las viejas murallas.
En los años noventa, poco antes de la guerra de Cuba y Filipinas, hubo otro incidente fronterizo en Melilla. El general Margallo moría con sus soldados en la refriega. Apenas hubo interés en esta mini guerra porque la atención la requerían el Caribe y el Pacífico, amenazados por el Tío Sam. La consabida humillación norteamericana del Tratado de París de 1899 y la ola de pesimismo nacional consiguiente, hizo que algunos militares y parte de la opinión pública volviese sus miradas al otro lado del estrecho. Era la época del nacionalismo medievalista, del neogótico, del neomudéjar... La Reconquista volvía a estar de moda. Una cuestión geoestratégica, ajena a España, hará que el ejército humillado en América se intente resarcir en África.
En esa guerra surgía la primera generación de militares africanistas, militares que habían luchado en América también. El general Prim se lució en las míticas batallas de Castillejos, en la frontera de Ceuta, o en la de Wad Ras. Como consecuencia del tratado de paz, los marroquíes daban una amplia zona alrededor de ambas plazas españolas, que ya necesitaban romper las estrecheces de sus perímetros defensivos tras las viejas murallas.
En los años noventa, poco antes de la guerra de Cuba y Filipinas, hubo otro incidente fronterizo en Melilla. El general Margallo moría con sus soldados en la refriega. Apenas hubo interés en esta mini guerra porque la atención la requerían el Caribe y el Pacífico, amenazados por el Tío Sam. La consabida humillación norteamericana del Tratado de París de 1899 y la ola de pesimismo nacional consiguiente, hizo que algunos militares y parte de la opinión pública volviese sus miradas al otro lado del estrecho. Era la época del nacionalismo medievalista, del neogótico, del neomudéjar... La Reconquista volvía a estar de moda. Una cuestión geoestratégica, ajena a España, hará que el ejército humillado en América se intente resarcir en África.
El estrecho de Gibraltar: África (al fondo) a 15 kilómetros de la costa de Tarifa. El Monte Musa frente a Tarifa








