La Monarquía Hispánica surge en 1479, cuando los Trastámaras Reyes Católicos heredan sus dos Coronas respectivas: Isabel I de Castilla, de su hermano Enrique IV, tras la guerra civil con su sobrina Juana la Beltraneja, y Fernando de Aragón, de su padre Juan. Erróneamente se ha dicho siempre que ahí nació la actual España. Ambas Coronas son independientes entre sí, salvo en los asuntos de índole religioso.
La Monarquía Hispánica, por tanto es una especie de confederación, herencia de las recientes tradiciones medievales. Idiomas, leyes, impuestos, peajes y aduanas, estilos artísticos, y un largo etcétera conviven dentro de la península Ibérica.
La Corona de Aragón estaba confederada entre sí, con cuatro territorios que son cuatro Comunidades Autónomas actuales, y con dos idiomas: el castellano y el catalán.
Por su parte, la Corona de Castilla es más heterogénea aún, a pesar de parecer lo contrario: tres idiomas (castellano, gallego y vascuence), el territorio foral vasco, cantidad importante de población morisca o hispano-musulmana, etc.
La Corona de Aragón estaba confederada entre sí, con cuatro territorios que son cuatro Comunidades Autónomas actuales, y con dos idiomas: el castellano y el catalán.
Por su parte, la Corona de Castilla es más heterogénea aún, a pesar de parecer lo contrario: tres idiomas (castellano, gallego y vascuence), el territorio foral vasco, cantidad importante de población morisca o hispano-musulmana, etc.
Navarra pasa a formar parte de la Monarquía Hispánica en 1512, tras la invasión del duque de Alba. Ceuta en 1540, tras la separación de Portugal ese mismo año.
La tensión entre estos territorios es patente en los dos siglos de existencia de este Estado plurinacional cuando desde el centro de la monarquía se violaba, aunque de manera mínima, o se hacían propuestas para ello, su estatus foral. De hecho, la situación cambió con la siguiente dinastía borbónica en el siglo XVIII.
Dos siglos decisivos en la historia de la España actual, en los que se forjó un imperio inmenso: en América y en Europa. Un periodo en el que, además, la cultura hispánica alcanzó su llamada Edad de Oro. Veamos algunos lugares de especial importancia esos años.
Con Felipe IV se construye una tapia con función fiscal más que defensiva, como las ya inexistentes murallas de sus orígenes musulmanes, allá por el siglo IX. Durante su reinado, en 1656, el cartógrafo Pedro de Teixeira levanta un genial mapa que hoy nos informa de esa villa cortesana. Viendo ese mapa se ve el entramado de calles similar al actual, salvo las reformas de los siglos XIX y XX. Una ciudad poco atractiva, con un destartalado alcázar musulmán remozado por el arquitecto Juan Gómez de Mora. Desde inicios del siglo XVII se empiezan las grandes obras arquitectónicas en el estilo barroco escurialense, precisamente con las obras de ese arquitecto y sus discípulos, a su vez discípulo éste de Juan de Herrera. El Palacio del duque de Uceda (actual Capitanía General), la Plaza Mayor, con su espectacular escalinata del Arco de Cuchilleros, la Cárcel de la Corte (actual Ministerio de Asuntos Exteriores), el viejo Ayuntamiento de Madrid, la Colegiata de San Isidro, la Capilla del Obispo, San Cayetano, etc, son los mejores ejemplos arquitectónicos. Hoy existe en los folletos turísticos una mención al “barrio de los Austrias”, en torno a la Plaza Mayor. Un barroco simple, escurialense como dijimos, que va lentamente ganado en decoración y que llegará a fines del siglo XVII e inicios del XVIII a su éxtasis con la familia Churriguera y Pedro de Ribera. Se trata de una arquitectura de pobres materiales: ladrillos sobre una base de granito, mineral que adorna sus esquinas, muros con escudos y cajas de mampostería vista, todo ello cubierto con tejados en forma de chapitel escurialense en pizarra.
Numerosos organismos del poder se asientan aquí: los consejos varios de la monarquía polisinodial, cuya cúspide era el Consejo de Castilla. Una burocracia de provincias necesita de una masa de sirvientes, llegados también de otras partes de la península, de Europa y de las Indias. Una ciudad llena de vagabundos y aventureros que llegaban a “hacer la corte”, una ciudad ya con alta densidad de población entre su tapia. Si se conoce Madrid hay que imaginarse el perímetro entre el actual Palacio de Oriente, la Puerta de Toledo, Atocha, el Retiro, la Plaza de Colón, los Bulevares, la Calle de Princesa, la Plaza de España y, de nuevo, el Palacio de Oriente. Como ciudad del Antiguo Régimen había una mezcla social en sus calles, aunque ya existían calles más o menos peligrosas o no.
Una popular plazuela céntrica, la Puerta del Sol (hasta mediados del siglo XIX era una plazuela muy reducida), lugar de cotilleos desde las elevadas gradas de San Felipe, reunía, como ahora, grupos de desocupados, mirones, etc. En torno a la plaza y, buscando la proximidad del regio alcázar, se erigían las casonas, más que verdaderos palacios elegantes, de la nobleza provinciana, que deseaba la proximidad del monarca. Era una zona que se conoció antaño como barrio del Palacio, hoy en torno a la calle del Arenal o la plaza de Isabel II, más conocida como Ópera, por su nombre de estación del Metro.
Al sur ya se localizaban los barrios bajos, por su topografía, ya con problemas de miseria: las hoy calles de las zonas conocidas como Latina, El Rastro (Tenerías, donde se exponían los restos de las entrañas de animales y pellejerías) y Lavapiés (Avapiés).
Al norte se extendían los barrios también populares. Hoy son los populares y extraoficiales barrios de Malasaña (Maravillas), Chueca (barrio de chisperos o herreros) o Conde Duque. Vélez de Guevara narra las historias ocultas de la ciudad en su El diablo cojuelo, viaje por los tejados madrileños para ver las intimidades de las casas.
Recomiendo echar una ojeada a ese mapa tan estupendo: Mantua Carpetanorum. Tipographia de la Villa y Corte de Madrid. 1656.
Torre de Belem en Lisboa
[Aunque conozco mejor o peor cada zona citada en el mapa, como madrileño, me extenderé, como es lógico en mi ciudad, espero no se ofenda nadie ni me llame centralista]
A) REINO DE CASTILLA
LA VILLA Y CORTE DE MADRID, LA CABEZA DEL IMPERIO
La popularmente conocida como la Villa y Corte desde 1561 en que fue elegida como sede fija de la monarquía, conoce una gran expansión en todos sus aspectos, a expensas de la paralela decadencia de la imperial Toledo. De todas formas, paseando por la ciudad histórica, el actual Distrito Centro, se advierte una cierta provisionalidad, una villa escasamente ornada para ser digan de su nombre. Un capricho del rey Felipe II.Con Felipe IV se construye una tapia con función fiscal más que defensiva, como las ya inexistentes murallas de sus orígenes musulmanes, allá por el siglo IX. Durante su reinado, en 1656, el cartógrafo Pedro de Teixeira levanta un genial mapa que hoy nos informa de esa villa cortesana. Viendo ese mapa se ve el entramado de calles similar al actual, salvo las reformas de los siglos XIX y XX. Una ciudad poco atractiva, con un destartalado alcázar musulmán remozado por el arquitecto Juan Gómez de Mora. Desde inicios del siglo XVII se empiezan las grandes obras arquitectónicas en el estilo barroco escurialense, precisamente con las obras de ese arquitecto y sus discípulos, a su vez discípulo éste de Juan de Herrera. El Palacio del duque de Uceda (actual Capitanía General), la Plaza Mayor, con su espectacular escalinata del Arco de Cuchilleros, la Cárcel de la Corte (actual Ministerio de Asuntos Exteriores), el viejo Ayuntamiento de Madrid, la Colegiata de San Isidro, la Capilla del Obispo, San Cayetano, etc, son los mejores ejemplos arquitectónicos. Hoy existe en los folletos turísticos una mención al “barrio de los Austrias”, en torno a la Plaza Mayor. Un barroco simple, escurialense como dijimos, que va lentamente ganado en decoración y que llegará a fines del siglo XVII e inicios del XVIII a su éxtasis con la familia Churriguera y Pedro de Ribera. Se trata de una arquitectura de pobres materiales: ladrillos sobre una base de granito, mineral que adorna sus esquinas, muros con escudos y cajas de mampostería vista, todo ello cubierto con tejados en forma de chapitel escurialense en pizarra.
Numerosos organismos del poder se asientan aquí: los consejos varios de la monarquía polisinodial, cuya cúspide era el Consejo de Castilla. Una burocracia de provincias necesita de una masa de sirvientes, llegados también de otras partes de la península, de Europa y de las Indias. Una ciudad llena de vagabundos y aventureros que llegaban a “hacer la corte”, una ciudad ya con alta densidad de población entre su tapia. Si se conoce Madrid hay que imaginarse el perímetro entre el actual Palacio de Oriente, la Puerta de Toledo, Atocha, el Retiro, la Plaza de Colón, los Bulevares, la Calle de Princesa, la Plaza de España y, de nuevo, el Palacio de Oriente. Como ciudad del Antiguo Régimen había una mezcla social en sus calles, aunque ya existían calles más o menos peligrosas o no.
Una popular plazuela céntrica, la Puerta del Sol (hasta mediados del siglo XIX era una plazuela muy reducida), lugar de cotilleos desde las elevadas gradas de San Felipe, reunía, como ahora, grupos de desocupados, mirones, etc. En torno a la plaza y, buscando la proximidad del regio alcázar, se erigían las casonas, más que verdaderos palacios elegantes, de la nobleza provinciana, que deseaba la proximidad del monarca. Era una zona que se conoció antaño como barrio del Palacio, hoy en torno a la calle del Arenal o la plaza de Isabel II, más conocida como Ópera, por su nombre de estación del Metro.
Al sur ya se localizaban los barrios bajos, por su topografía, ya con problemas de miseria: las hoy calles de las zonas conocidas como Latina, El Rastro (Tenerías, donde se exponían los restos de las entrañas de animales y pellejerías) y Lavapiés (Avapiés).
Al norte se extendían los barrios también populares. Hoy son los populares y extraoficiales barrios de Malasaña (Maravillas), Chueca (barrio de chisperos o herreros) o Conde Duque. Vélez de Guevara narra las historias ocultas de la ciudad en su El diablo cojuelo, viaje por los tejados madrileños para ver las intimidades de las casas.
Recomiendo echar una ojeada a ese mapa tan estupendo: Mantua Carpetanorum. Tipographia de la Villa y Corte de Madrid. 1656.
Mapa de Teixeira de Madrid en 1656
Toledo, la Ciudad Imperial
A 70 kilómetros de la Villa y Corte se encontraba la capital histórica de España. La Tulaytolá musulmana, la vieja capital de la monarquía hispánica, era sede frecuente de presencias reales. La monarquía castellana medieval era itinerante, es decir, no era fija, tan pronto estaba en Valladolid como en Madrid, Segovia o Toledo. La ciudad de Toledo tenía más tradición de corte. Poco antes del establecimiento de la dinastía de los Habsburgo, los Reyes Católicos le dieron gran importancia. Seguía siendo (lo es hasta hoy) la capital religiosa de España, la catedral primada desde la época visigótica. Se construyó el fabuloso monasterio de San Juan de los Reyes, especialmente importante es el claustro. Es el llamado gótico isabelino. El emperador Carlos le dio su renombre. No obstante hubo de reconciliarse previamente con su población, la cual había sido plenamente comunera en la guerra civil de 1517 a 1521, siendo su representante Juan de Padilla, ejecutado en Villalar con Maldonado el salmantino, y Juan Bravo el atencino instalado en Segovia. Eran años de remodelación del viejo alcázar musulmán, de la construcción de la Puerta de Bisagra y de palacios y cigarrales (fincas lujosas a las afueras de la ciudad, especialmente al otro lado del Tajo), del Hospital de Afuera o Tavera, etc.
Sin embargo, las relaciones del concejo con el heredero Felipe II no fueron buenas y, de pronto, decidió elegir Madrid como Corte fija y estable. La vida de Toledo entró en rápida decadencia, paralela al auge de la hoy capital española. En esa decadencia y en ese espíritu de hidalguía toledana vivió el artista cretense Doménico Teotocópuli: El Greco, tras la poca simpatía del rey Felipe II hacia el, cuando intentó entrar como pintor en la construcción del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Apenas creció la ciudad, aquella gran roca rodeada o peña rodeada por el río Tajo. La ciudad de aquella época era grandiosa de todas formas: tenía, salvo el románico, todos los estilos artísticos españoles, desde el árabe, al mudéjar, gótico y los nuevos edificios renacentistas y barrocos: a los citados Hospital de Afuera o Tavera, Alcázar o Puerta Nueva de Bisagra, hay que añadir el hoy Museo de Santa Cruz o el templo jesuítico de San Ildefonso, barroco y visitables sus torres, llevándonos una imagen panorámica de la ciudad. El conjunto histórico artístico de Toledo sufrió graves destrucciones en el verano de 1936. Hay fotos desoladoras del Alcázar (hoy recientemente inaugurado Museo del Ejército) en ruinas o la cercana Plaza de Zocodover, centro social de sus vecinos, con sus soportales arrasados, hoy reconstruidos por completo.
Valladolid, la capital frustrada
La capital actual de la Comunidad de Castilla León, la vieja y romana Pucela, es un ejemplo de abandono tras la designación de Madrid como capital de la Monarquía Hispánica. Lamentablemente, la acción del hombre ha destrozado lo que el tiempo o inexistentes guerras no consiguieron. Valladolid es hoy una ciudad que no logra ser turística, al menos al nivel de las demás ciudades castellano-leonesas.
Tenía la misma tradición que Madrid en cuanto a ser sede provisional de la maquinaria burocrática y administrativa de la Corte. De hecho en ella nació, en 1527, el heredero del emperador Carlos V: su hijo Felipe II. La ciudad era de tipo medio en aquellos años, favorecida por esas estancias regias. El arquitecto regio Juan de Herrera empezó a construir una ambiciosa catedral. Destacaba también la hermosa fachada del convento de San Pablo y el patio del colegio de San Gregorio. Todo hacía pensar en una época de auge, sobre todo al ser la cuna del nuevo rey Felipe en 1556.
La elección de Madrid y, sobre todo, la construcción del monasterio de El Escorial, hizo que se marchasen los artistas atraídos por esas obras. La catedral que se ve hoy es una mole destartalada que sobresale entre sus laberínticas calles. Conserva algunos conventos de ese estilo sobrio y geométrico herreriano. Además, seguiría siendo sede universitaria. Un atisbo de esperanza tuvo con el rey Felipe III, cuando a inicios del siglo XVII volvió a establecer la capitalidad en Valladolid, pero duró poco, regresando a Madrid de nuevo. Miguel Delibes el desaparecido escritor vallisoletano, escribió El hereje, en el que plasma la ciudad en esos años.
Esta circunstancia, más la increíble destrucción de su patrimonio en la segunda mitad del siglo XX, hicieron la ciudad actual, carente de interés artístico, salvo algunos monumentos aislados entre edificios feísimos y modernos que rompen brutalmente el conjunto. La iglesia de la Antigua, está entre rascacielos modernos. Un guía turístico de la ciudad me dijo que en los años 60 y 70, desde la cátedra de la Universidad se demolieron palacios renacentistas y se “cargaron” lo que quedaba. La industrialización que trajo consigo la FASA Renault y capitalidad autonómica desde los años 80, le ha quitado ese ambiente provinciano.
¡Lo que hay que ver en este país!.
Salamanca, la cuna del saber castellano
La vieja Helmántica romana tuvo su auge desde su repoblación en el siglo XI. A inicios del siglo XIII le llegó su gloria: se convertía en la Universidad más antigua de España hasta hoy. Era por un traslado de los Estudios de Palencia. Desde entonces fue la gran capital del saber español hasta el siglo XIX. Con los Reyes Católicos se inicia su auge. Su patrimonio artístico es impresionante: románico (catedral vieja), gótico flamígero (catedral nueva), isabelino (Casa de las Conchas) plateresco (estilo icono de la ciudad con la fachada de la Universidad, el convento dominico de San Esteban), barroco (Plaza Mayor, la Clerecía), neoclásico (colegio de San Bartolomé o de Anaya)… Toda una ciudad Patrimonio de la Humanidad. Cervantes, Fray Luis de León y un largo listado de nombres pasaron por la ciudad, lugar importante en el mapa de la Edad de Oro. Hernán Cortés, el conquistador del imperio azteca, estudió en sus aulas.
Alcalá de Henares, la cervantina y estudiantil
La romana Complutum es el segundo pilar universitario y cultural de la época de los Austrias. El viejo cardenal Cisneros dedicó sus energías para fundar una Universidad que rivalizase con la de Salamanca. También es ciudad Patrimonio de la Humanidad. Por sus calles, cuna de Cervantes, los estudiantes como Francisco de Quevedo hacían sus fechorías, como las narradas en su novela picaresca El Buscón, llamado don Pablos, verdadera fuente para saber de aquél ambiente.
La fachada del Colegio Mayor de San Ildefonso (confundido con la mal llamada Universidad) es su monumento mundialmente conocido y portada de libros de lengua y literatura hispánicas en muchas editoriales. La fachada supone la evolución estilística del arte renacentista español: del plateresco con exagerada decoración a la progresiva reducción de la misma. Es el estilo purista de mediados del siglo XVI. El rey Carlos II le otorgó el título de ciudad, único título que hay en la actual Comunidad de Madrid, pues la capital de España es villa, no ciudad, al menos oficialmente.
También nos encontramos con una ciudad que sufrió los avatares de la historia, no del tiempo. Tras el traslado de su Universidad a Madrid, con el nombre de Universidad central, y con Franco, Complutense; así como con las desamortizaciones del siglo XIX, entró en decadencia la ciudad. Su patrimonio fue escandalosamente deteriorado. La guerra civil trajo desperfectos y la especulación de los años 60 casi imita a Valladolid. En los años 70 se recuperó su actividad universitaria y pudo lograr en 1998 ser ciudad Patrimonio de la Humanidad.
San Lorenzo de El Escorial, geometría y grandiosidad en el Guadarrama
La batalla de San Quintín y el deseo de grandeza de Felipe II originó un monumento grandioso en pleno entorno natural de pinares y cumbres serranas. En esas obras hubo todo tipo de incidentes, además de trabajar reconocidos artistas españoles e italianos y flamencos convocados por Felipe II: Juan de Herrera, Luca Cambiaso, el Bergamasco, el Greco (como ya dijimos con mal trato con el rey por su cuadro La Legión Tebana o El Martirio de San Mauricio)…Aunque el imponente conjunto se acabó antes de morir Felipe II, las obras continuaron en el siglo XVII con la construcción del famoso Panteón Real y le incendio terrible en época del reinado de Carlos II. De época de este último monarca de la casa de Habsburgo es la pintura de la escalera principal, obra de Luca Giordano, el Lucas Jordán españolizado. Con Carlos III y su hijo Carlos IV se revitalizó el Real Sitio, hoy lugar de veraneo de los madrileños. Su entorno natural de la Sierra de Guadarrama ha sido lugar de caza para los reyes tanto Austrias como Borbones.
El estilo impuesto por Juan de Herrera está cuestionado sobre si es renacentista en su época manierista o, si por el contrario, es la primera fase ya del barroco conectando con el sentido contrarreformista de la época. Grandiosidad y simplicidad decorativa destacan varios kilómetros de distancia desde la ventanilla del coche. Los planos de Juan Bautista de Toledo fueron muy modificados por Herrera. De estos muros salieron muchas decisiones del rey y que tanta trascendencia tuvieron en la historia de España y de Europa.
Lerma, la ciudad ducal de palacios y conventos
A unos 200 kilómetros de Madrid y a unos 40 de Burgos se encuentra esta encantadora ciudad ducal. Se trata de un conjunto mandado levantar por el valido del rey Felipe III, el Duque de Lerma, Francisco de Rojas y Sandoval, personaje político corrupto como pocos. Lope de Vega se quedó impresionado de su belleza y escribió La Burgalesa de Lerma en 1613. El duque reunió en Lerma a artistas como Francisco de Mora y fray Alberto de la Madre de Dios, los cuales marcaron el estilo neoherreriano de la colegiata de San Pedro con su chapitel de pizarra característico y ya visto en Madrid. Lo más espectacular es su Plaza Mayor y su Palacio Ducal, hoy hotel de lujo. También el convento de Santa Clara. Es un aperitivo monumental en el camino hacia Burgos desde Madrid.
Santiago de Compostela, la ciudad de la Cristiandad
Aunque el ambiente de peregrinaje medieval ya había pasado, aún Santiago tendría importancia en la formación cultural de las élites gallegas. Era y es el tercer centro de la Cristiandad, tras Roma y Jerusalén. Su origen medieval y su significado religioso y nacional español lo conserva en esta época, con sus templos y palacios de la época. De todas formas su icono fundamental, la fachada catedralicia del imponente Obradoiro, será del posterior, del siglo XVIII. Pero los naturales de esa época disfrutaban del maravilloso pórtico de la Gloria, impresionante grupo escultórico del maestro Mateo. También de la puerta de las Platerías y de gran parte del actual casco viejo de la ciudad.
Sevilla y Cádiz, los centros comerciales
Las dos ciudades andaluzas eran la base económica del Imperio. La capital hispalense tuvo en la Edad Media su primer momento álgido: con los Taifas y con los almohades, que erigieron su célebre Giralda como minarete de su mezquita y la Torre del Oro. La navegabilidad del río Guadalquivir hizo que fuese un puerto fluvial y protegido de incursiones de piratas y de ingleses. Los reyes católicos establecieron la llamada Casa de Contratación. Hoy es un imponente edificio, sede del actual Archivo de Indias.
En aquellos siglos era la gran ciudad de España, con un entramado de callejuelas estrechas y llenas de conventos y palacetes. Por sus calles paseaban todo tipo de extranjeros, desde flamencos, italianos, alemanes, indios, esclavos negros, etc, además de un gran número de vagabundos de toda España buscando el permiso para embarcarse a las Américas. Una ciudad cosmopolita plena hasta que en la segunda mitad del siglo XVII empezó su declive lento en favor de Cádiz. Cervantes era un gran conocedor de esta ciudad y la refleja notablemente en Rinconete y Cortadillo, en las vidas de delincuentes y pícaros.
Cádiz, a unos cien kilómetros de Sevilla, es una isla alargada abierta al Atlántico. Desde 1717 sucedió a Sevilla en el tráfico de Indias. Cosmopolitismo, actividad y mercancías de todo tipo circulan por las calles. No fue extraño que se erigiese en residencia de burgueses y que en 1812 fuese la cuna del liberalismo español. Al estar más abierta al mar, debió de vivir muy alarmada ante posibles ataques navales. El más espectacular ocurrió en el reinado de Felipe II.
Canarias, la puerta de las Indias
Las flotas de galeones siempre hacían escala en estas islas, verdadera puerta de América o, también, último peldaño del Viejo Mundo. Fueron sometidas por completo en tiempos de los Reyes Católicos. En estos dos siglos se fue asentando el mestizaje y la colonización.
Ceuta, los portugueses que quisieron ser españoles
Ceuta, arrebatada a Marruecos en 1415 por los portugueses, ciudad llave del estrecho de Gibraltar, pasó a ser parte de la Monarquía Hispánica en 1580 como todo Portugal. Tras la guerra de Restauración de Portugal, decidió seguir formando parte de la monarquía de Felipe IV y así se puede decir que son los penúltimos ciudadanos que se incorporaron a España, pues los últimos también serán antiguos portugueses: los hoy pacenses de Olivenza. En los años de Felipe IV y de Carlos II sufrió, y resistió (como Melilla) ataques y asedios marroquíes, cuando estos estaban recuperando todas las plazas españolas como Larache o Arcila.
La Mancha, la comarca inmortalizada por Cervantes desde el siglo XVII
Si una tierra de España es mundialmente conocida hoy, y en aquellos años, esa es La Mancha. El inmortal Miguel de Cervantes refleja la sociedad española en esa tierra árida y llana (Almanchara para los musulmanes). Pueblos como Esquivias, Puerto Lápice o El Toboso, son retratados en las andanzas del loco hidalgo, así como sus paisajes con sus molinos. Recientemente, ha habido investigaciones en las que se afirma que ese lugar de La Mancha, deliberadamente omitido por Cervantes, es casi seguro que sea Villanueva de los Infantes, bello pueblo del sur de la provincia de Ciudad Real.
Provincias vascas y Guernica: el foralismo original
Original era la situación foral de las provincias vascas. Estos valles de hidalgos orgullosos de sus orígenes, de su idioma, de su catolicismo, cuna del fundador de la “Compañía” en Loyola, San Ignacio, tenían unas formas sociales autónomas por sus fueros y privilegios que entraron en crisis en el siglo XIX. Aún hay caseríos (explotaciones agrarias) dispersos de los siglos XVI y XVII, como edificios de ayuntamientos e iglesias. En esos años muchos vascos buscaban su futuro allende sus Montes Vascos, en la meseta, en Castilla, en el servicio doméstico en Madrid y en Andalucía para enrolarse hacia las Américas: Sebastián Elcano, de Guetaria, Lope de Aguirre, de Araotz, Andrés de Urdaneta y su pariente López de Legazpi, todos guipuzcoanos, entre otros. En aquellas épocas no existía ningún movimiento vasquista antiespañol, más allá de asonadas por crisis de subsistencias.
Había un régimen especial y aduana en Miranda de Ebro. En Guernica, bajo la cobertura de su legendario roble se aceptaba al nuevo soberano castellano o español hasta el siglo XIX. La actual casa de Juntas es de fines del siglo XVIII e inicios del XIX.
B) CORONA DE ARAGÓN
Zaragoza, el refugio del secretario Antonio Pérez
En Zaragoza se dio una crisis motivada por el intento de no respetar sus leyes. Tras la huída de Madrid del secretario del rey Felipe II, Antonio Pérez, el monarca no podía prenderle por estar en otro territorio diferente al de Castilla. El Justicia, un personaje defensor de vecinos, Juan de Lanuza lo protegió. La Inquisición fue la encargada de su detención, al ser acusado de herejía. Lógicamente, el pueblo de Zaragoza no lo creyó así y se amotinó. Los incidentes acabaron con una invasión castellana, la ejecución de Lanuza y la nueva huída de Pérez a Francia, donde murió.
La ciudad, vieja capital de la Corona, muy monumental en esa época con un conjunto de iglesias mudéjares en ladrillo, tan típicas de Aragón, y ornamentación policromada, quedó arrasada en 1809 tras el asedio francés.
Barcelona, la conflictiva inseción en la monarquía
La pujanza de Barcelona en la Baja Edad Media se vio truncada por una fuerte crisis, sobre todo en el campo. La ciudad histórica ocupaba el actual “casc antic”. La mención del bandolerismo de Roque Guinard y los ahorcados en El Quijote es indicativa del malestar en el campo catalán, cuyos caminos eran en extremo peligrosos. Cervantes quedó impresionado no obstante por la ciudad de Barcelona, con su catedral gótica y su puerto. El barrio gótico, con sus templos y sus callejuelas que llevan a la Plaza de Sant Jaume, son el paseo obligado. Cataluña no tuvo especial importancia en época de los Austrias. Su despegue llegó con el siglo XVIII y los Borbones.
En 1640, sin embargo, estalló la rebelión de Els Segadors, en el llamado Corpus de Sangre, en el que en medio de una crisis de subsistencias, los campesinos asaltaron el palacio virreinal. Se proclamó la sumisión a la Francia de Luis XIII. El antecedente de esta grave crisis estaba en la negativa al proyecto de la Unión de Armas, propuesto por el Conde Duque de Olivares en los años veinte del siglo. La “mano izquierda” del competente valido y hermanastro del rey Carlos II, don Juan José de Austria, así como la rapiña de los franceses, lograron la pacificación del principado.
Valencia: las Germanías y los moriscos
La dinámica Valencia de la Baja Edad Media, la de la Bolsa de Mercaderes, acompasada con movimiento cultural humanista, sufrió sucesos dramáticos en este periodo histórico. Nada más iniciarse el reinado de Carlos I se dio la rebelión de las primeras Germanías, mezcla de intereses nobiliarios y campesinos, que hubo de reprimirse violentamente. Tras ello, a inicios del siglo XVII, con Felipe III se dio la tristemente célebre expulsión de los moriscos. Como se sabe, el laborioso campo valenciano, se vio despoblado y privado de valiosa mano de obra. Más adelante, se llegó a mayor conflictividad con las llamadas segundas Germanías, dadas por el creciente malestar de crisis de subsistencias, peste, bandolerismo, etc. Todo ello agravado por las indeseadas visitas de los piratas berberiscos del cercano Magreb.
Baleares, la tranquilidad histórica
Poco se suele decir de este archipiélago hasta el siglo XX, tanto por la guerra como por su espectacular boom del turismo. La Almudaina era la fortaleza que estaría atenta a las posibles incursiones de los piratas berberiscos.
C) REINO DE NAVARRA
Pamplona, la ciudadela que se oponía a los franceses
En el tranquilo reino de Navarra, apenas debió de haber sucesos importantes, salvo en los ataques periódicos de los franceses y que se encontraban con la ciudadela de su capital pamplonesa. La cuesta de Santo Domingo, lugar de inicio de cada encierro de San Fermín, es el mejor inicio del paseo que lleva a la Plaza del Castillo y que permite conocer la ciudad vieja.
D) CORONA DE PORTUGAL
Lisboa, la rival de Sevilla en el comercio americano
Acabamos esta entrada a 600 kilómetros de Madrid, en la otra gran metrópoli peninsular y capital de Estado, tras Barcelona. La capital Lisboeta era una pieza fundamental del Imperio junto a Sevilla. Desde ambas ciudades se acudió a una verdadera rivalidad colonial que se inició desde el mismo regreso de Colón de América en 1493, en su escala en las Azores, con arresto momentáneo incluido. Tras el Tratado de Tordesillas de 1494, por el que los portugueses podían ocupar el actual Brasil, se acentuó el carácter portuario y activo de la vieja Lisboa. La ciudad es un encanto de destino, una ciudad tranquila, como es propio del carácter portugués reflejado en sus melancólicos fados. La vieja Mourairia (morería), que ocupa el célebre y típico barrio de La Alfama, dominaba ese estuario del Tajo crecido desde su curso español. La vieja catedral puede verse en su “esqueleto”, con el testigo de sus arcos fajones sin bóveda de cañón. El terremoto del siglo XVIII se llevó aquella ciudad antaño de los Austrias.
Las angostas callejuelas en cuesta que descienden desde La Alfama desembocan en la zona conocida como la Baixa. Es una zona de calles rectilíneas, en las que domina el comercio turístico y es una gozada ver cruzar los tranvías, esos vehículos tan urbanos y que se echan de menos en muchas ciudades de España. Por el otro lado vuelve a elevarse la topografía caprichosa de la ciudad y nos eleva al barrio de El Chiado por ese ascensor de hierro tan característico de Lisboa.
De todas formas, lo que realmente representa al Portugal de aquella época, testigo de la dinastía lusa de los Avis, está situado al oeste, en Belem, con la Torre de su nombre, icono de la ciudad, monumento Patrimonio de la Humanidad, y el espectacular monasterio de Os Jerónimos, verdadera joya del gótico llamado manuelino, algo así como el nuestro, el isabelino.
Como es sabido, en 1640, aprovechando el levantamiento catalán, se dio el movimiento de los Restauradores, dirigidos por el duque de Braganza y que acabó con el sueño de la unidad ibérica peninsular. Un año sin duda dramático en la época de la España de los Austrias. Atrás quedaban esos años desde la proclamación de Felipe II como rey luso en las Cortes de Tomar, respetando sus instituciones políticas.
Torre de Belem en Lisboa






