martes, 13 de septiembre de 2011

PRINCIPALES LUGARES DE LA MONARQUÍA HISPÁNICA DE LOS AUSTRIAS: 1517-1700

La Monarquía Hispánica surge en 1479, cuando los Trastámaras Reyes Católicos heredan sus dos Coronas respectivas: Isabel I de Castilla, de su hermano Enrique IV, tras la guerra civil con su sobrina Juana la Beltraneja, y Fernando de Aragón, de su padre Juan. Erróneamente se ha dicho siempre que ahí nació la actual España. Ambas Coronas son independientes entre sí, salvo en los asuntos de índole religioso.
La Monarquía Hispánica, por tanto es una especie de confederación, herencia de las recientes tradiciones medievales. Idiomas, leyes, impuestos, peajes y aduanas, estilos artísticos, y un largo etcétera conviven dentro de la península Ibérica.
La Corona de Aragón estaba confederada entre sí, con cuatro territorios que son cuatro Comunidades Autónomas actuales, y con dos idiomas: el castellano y el catalán.
Por su parte, la Corona de Castilla es más heterogénea aún, a pesar de parecer lo contrario: tres idiomas (castellano, gallego y vascuence), el territorio foral vasco, cantidad importante de población morisca o hispano-musulmana, etc.
Navarra pasa a formar parte de la Monarquía Hispánica en 1512, tras la invasión del duque de Alba. Ceuta en 1540, tras la separación de Portugal ese mismo año.
La tensión entre estos territorios es patente en los dos siglos de existencia de este Estado plurinacional cuando desde el centro de la monarquía se violaba, aunque de manera mínima, o se hacían propuestas para ello, su estatus foral. De hecho, la situación cambió con la siguiente dinastía borbónica en el siglo XVIII.
Dos siglos decisivos en la historia de la España actual, en los que se forjó un imperio inmenso: en América y en Europa. Un periodo en el que, además, la cultura hispánica alcanzó su llamada Edad de Oro. Veamos algunos lugares de especial importancia esos años.
[Aunque conozco mejor o peor cada zona citada en el mapa, como madrileño, me extenderé, como es lógico en mi ciudad, espero no se ofenda nadie ni me llame centralista]
 
A) REINO DE CASTILLA
LA VILLA Y CORTE DE MADRID, LA CABEZA DEL IMPERIO
La popularmente conocida como la Villa y Corte desde 1561 en que fue elegida como sede fija de la monarquía, conoce una gran expansión en todos sus aspectos, a expensas de la paralela decadencia de la imperial Toledo. De todas formas, paseando por la ciudad histórica, el actual Distrito Centro, se advierte una cierta provisionalidad, una villa escasamente ornada para ser digan de su nombre. Un capricho del rey Felipe II.
Con Felipe IV se construye una tapia con función fiscal más que defensiva, como las ya inexistentes murallas de sus orígenes musulmanes, allá por el siglo IX. Durante su reinado, en 1656, el cartógrafo Pedro de Teixeira levanta un genial mapa que hoy nos informa de esa villa cortesana. Viendo ese mapa se ve el entramado de calles similar al actual, salvo las reformas de los siglos XIX y XX. Una ciudad poco atractiva, con un destartalado alcázar musulmán remozado por el arquitecto Juan Gómez de Mora. Desde inicios del siglo XVII se empiezan las grandes obras arquitectónicas en el estilo barroco escurialense, precisamente con las obras de ese arquitecto y sus discípulos, a su vez discípulo éste de Juan de Herrera. El Palacio del duque de Uceda (actual Capitanía General), la Plaza Mayor, con su espectacular escalinata del Arco de Cuchilleros, la Cárcel de la Corte (actual Ministerio de Asuntos Exteriores), el viejo Ayuntamiento de Madrid, la Colegiata de San Isidro, la Capilla del Obispo, San Cayetano, etc, son los mejores ejemplos arquitectónicos. Hoy existe en los folletos turísticos una mención al “barrio de los Austrias”, en torno a la Plaza Mayor. Un barroco simple, escurialense como dijimos, que va lentamente ganado en decoración y que llegará a fines del siglo XVII e inicios del XVIII a su éxtasis con la familia Churriguera y Pedro de Ribera. Se trata de una arquitectura de pobres materiales: ladrillos sobre una base de granito, mineral que adorna sus esquinas, muros con escudos y cajas de mampostería vista, todo ello cubierto con tejados en forma de chapitel escurialense en pizarra.
Numerosos organismos del poder se asientan aquí: los consejos varios de la monarquía polisinodial, cuya cúspide era el Consejo de Castilla. Una burocracia de provincias necesita de una masa de sirvientes, llegados también de otras partes de la península, de Europa y de las Indias. Una ciudad llena de vagabundos y aventureros que llegaban a “hacer la corte”, una ciudad ya con alta densidad de población entre su tapia. Si se conoce Madrid hay que imaginarse el perímetro entre el actual Palacio de Oriente, la Puerta de Toledo, Atocha, el Retiro, la Plaza de Colón, los Bulevares, la Calle de Princesa, la Plaza de España y, de nuevo, el Palacio de Oriente. Como ciudad del Antiguo Régimen había una mezcla social en sus calles, aunque ya existían calles más o menos peligrosas o no.
Una popular plazuela céntrica, la Puerta del Sol (hasta mediados del siglo XIX era una plazuela muy reducida), lugar de cotilleos desde las elevadas gradas de San Felipe, reunía, como ahora, grupos de desocupados, mirones, etc. En torno a la plaza y, buscando la proximidad del regio alcázar, se erigían las casonas, más que verdaderos palacios elegantes, de la nobleza provinciana, que deseaba la proximidad del monarca. Era una zona que se conoció antaño como barrio del Palacio, hoy en torno a la calle del Arenal o la plaza de Isabel II, más conocida como Ópera, por su nombre de estación del Metro.
Al sur ya se localizaban los barrios bajos, por su topografía, ya con problemas de miseria: las hoy calles de las zonas conocidas como Latina, El Rastro (Tenerías, donde se exponían los restos de las entrañas de animales y pellejerías) y Lavapiés (Avapiés).
Al norte se extendían los barrios también populares. Hoy son los populares y extraoficiales barrios de Malasaña (Maravillas), Chueca (barrio de chisperos o herreros) o Conde Duque. Vélez de Guevara narra las historias ocultas de la ciudad en su El diablo cojuelo, viaje por los tejados madrileños para ver las intimidades de las casas.
Recomiendo echar una ojeada a ese mapa tan estupendo: Mantua Carpetanorum. Tipographia de la Villa y Corte de Madrid. 1656.

Mapa de Teixeira de Madrid en 1656

Toledo, la Ciudad Imperial
A 70 kilómetros de la Villa y Corte se encontraba la capital histórica de España. La Tulaytolá musulmana, la vieja capital de la monarquía hispánica, era sede frecuente de presencias reales. La monarquía castellana medieval era itinerante, es decir, no era fija, tan pronto estaba en Valladolid como en Madrid, Segovia o Toledo. La ciudad de Toledo tenía más tradición de corte. Poco antes del establecimiento de la dinastía de los Habsburgo, los Reyes Católicos le dieron gran importancia. Seguía siendo (lo es hasta hoy) la capital religiosa de España, la catedral primada desde la época visigótica. Se construyó el fabuloso monasterio de San Juan de los Reyes, especialmente importante es el claustro. Es el llamado gótico isabelino. El emperador Carlos le dio su renombre. No obstante hubo de reconciliarse previamente con su población, la cual había sido plenamente comunera en la guerra civil de 1517 a 1521, siendo su representante Juan de Padilla, ejecutado en Villalar con Maldonado el salmantino, y Juan Bravo el atencino instalado en Segovia. Eran años de remodelación del viejo alcázar musulmán, de la construcción de la Puerta de Bisagra y de palacios y cigarrales (fincas lujosas a las afueras de la ciudad, especialmente al otro lado del Tajo), del Hospital de Afuera o Tavera, etc.
Sin embargo, las relaciones del concejo con el heredero Felipe II no fueron buenas y, de pronto, decidió elegir Madrid como Corte fija y estable. La vida de Toledo entró en rápida decadencia, paralela al auge de la hoy capital española. En esa decadencia y en ese espíritu de hidalguía toledana vivió el artista cretense Doménico Teotocópuli: El Greco, tras la poca simpatía del rey Felipe II hacia el, cuando intentó entrar como pintor en la construcción del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Apenas creció la ciudad, aquella gran roca rodeada o peña rodeada por el río Tajo. La ciudad de aquella época era grandiosa de todas formas: tenía, salvo el románico, todos los estilos artísticos españoles, desde el árabe, al mudéjar, gótico y los nuevos edificios renacentistas y barrocos: a los citados Hospital de Afuera o Tavera, Alcázar o Puerta Nueva de Bisagra, hay que añadir el hoy Museo de Santa Cruz o el templo jesuítico de San Ildefonso, barroco y visitables sus torres, llevándonos una imagen panorámica de la ciudad. El conjunto histórico artístico de Toledo sufrió graves destrucciones en el verano de 1936. Hay fotos desoladoras del Alcázar (hoy recientemente inaugurado Museo del Ejército) en ruinas o la cercana Plaza de Zocodover, centro social de sus vecinos, con sus soportales arrasados, hoy reconstruidos por completo.

Alcázar de Toledo desde el campanario de San Ildefonso

Valladolid, la capital frustrada
La capital actual de la Comunidad de Castilla León, la vieja y romana Pucela, es un ejemplo de abandono tras la designación de Madrid como capital de la Monarquía Hispánica. Lamentablemente, la acción del hombre ha destrozado lo que el tiempo o inexistentes guerras no consiguieron. Valladolid es hoy una ciudad que no logra ser turística, al menos al nivel de las demás ciudades castellano-leonesas.
Tenía la misma tradición que Madrid en cuanto a ser sede provisional de la maquinaria burocrática y administrativa de la Corte. De hecho en ella nació, en 1527, el heredero del emperador Carlos V: su hijo Felipe II. La ciudad era de tipo medio en aquellos años, favorecida por esas estancias regias. El arquitecto regio Juan de Herrera empezó a construir una ambiciosa catedral. Destacaba también la hermosa fachada del convento de San Pablo y el patio del colegio de San Gregorio. Todo hacía pensar en una época de auge, sobre todo al ser la cuna del nuevo rey Felipe en 1556.
La elección de Madrid y, sobre todo, la construcción del monasterio de El Escorial, hizo que se marchasen los artistas atraídos por esas obras. La catedral que se ve hoy es una mole destartalada que sobresale entre sus laberínticas calles. Conserva algunos conventos de ese estilo sobrio y geométrico herreriano. Además, seguiría siendo sede universitaria. Un atisbo de esperanza tuvo con el rey Felipe III, cuando a inicios del siglo XVII volvió a establecer la capitalidad en Valladolid, pero duró poco, regresando a Madrid de nuevo. Miguel Delibes el desaparecido escritor vallisoletano, escribió El hereje, en el que plasma la ciudad en esos años.
Esta circunstancia, más la increíble destrucción de su patrimonio en la segunda mitad del siglo XX, hicieron la ciudad actual, carente de interés artístico, salvo algunos monumentos aislados entre edificios feísimos y modernos que rompen brutalmente el conjunto. La iglesia de la Antigua, está entre rascacielos modernos. Un guía turístico de la ciudad me dijo que en los años 60 y 70, desde la cátedra de la Universidad se demolieron palacios renacentistas y se “cargaron” lo que quedaba. La industrialización que trajo consigo la FASA Renault y capitalidad autonómica desde los años 80, le ha quitado ese ambiente provinciano.
¡Lo que hay que ver en este país!.

Valladolid, San Pablo

Salamanca, la cuna del saber castellano
La vieja Helmántica romana tuvo su auge desde su repoblación en el siglo XI. A inicios del siglo XIII le llegó su gloria: se convertía en la Universidad más antigua de España hasta hoy. Era por un traslado de los Estudios de Palencia. Desde entonces fue la gran capital del saber español hasta el siglo XIX. Con los Reyes Católicos se inicia su auge. Su patrimonio artístico es impresionante: románico (catedral vieja), gótico flamígero (catedral nueva), isabelino (Casa de las Conchas) plateresco (estilo icono de la ciudad con la fachada de la Universidad, el convento dominico de San Esteban), barroco (Plaza Mayor, la Clerecía), neoclásico (colegio de San Bartolomé o de Anaya)… Toda una ciudad Patrimonio de la Humanidad. Cervantes, Fray Luis de León y un largo listado de nombres pasaron por la ciudad, lugar importante en el mapa de la Edad de Oro. Hernán Cortés, el conquistador del imperio azteca, estudió en sus aulas.

Patio de las Escuelas en Salamanca


Alcalá de Henares, la cervantina y estudiantil
La romana Complutum es el segundo pilar universitario y cultural de la época de los Austrias. El viejo cardenal Cisneros dedicó sus energías para fundar una Universidad que rivalizase con la de Salamanca. También es ciudad Patrimonio de la Humanidad. Por sus calles, cuna de Cervantes, los estudiantes como Francisco de Quevedo hacían sus fechorías, como las narradas en su novela picaresca El Buscón, llamado don Pablos, verdadera fuente para saber de aquél ambiente.
La fachada del Colegio Mayor de San Ildefonso (confundido con la mal llamada Universidad) es su monumento mundialmente conocido y portada de libros de lengua y literatura hispánicas en muchas editoriales. La fachada supone la evolución estilística del arte renacentista español: del plateresco con exagerada decoración a la progresiva reducción de la misma. Es el estilo purista de mediados del siglo XVI. El rey Carlos II le otorgó el título de ciudad, único título que hay en la actual Comunidad de Madrid, pues la capital de España es villa, no ciudad, al menos oficialmente.
También nos encontramos con una ciudad que sufrió los avatares de la historia, no del tiempo. Tras el traslado de su Universidad a Madrid, con el nombre de Universidad central, y con Franco, Complutense; así como con las desamortizaciones del siglo XIX, entró en decadencia la ciudad. Su patrimonio fue escandalosamente deteriorado. La guerra civil trajo desperfectos y la especulación de los años 60 casi imita a Valladolid. En los años 70 se recuperó su actividad universitaria y pudo lograr en 1998 ser ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Colegio de San Ildefonso en Alcalá de Henares


San Lorenzo de El Escorial, geometría y grandiosidad en el Guadarrama
La batalla de San Quintín y el deseo de grandeza de Felipe II originó un monumento grandioso en pleno entorno natural de pinares y cumbres serranas. En esas obras hubo todo tipo de incidentes, además de trabajar reconocidos artistas españoles e italianos y flamencos convocados por Felipe II: Juan de Herrera, Luca Cambiaso, el Bergamasco, el Greco (como ya dijimos con mal trato con el rey por su cuadro La Legión Tebana o El Martirio de San Mauricio)…Aunque el imponente conjunto se acabó antes de morir Felipe II, las obras continuaron en el siglo XVII con la construcción del famoso Panteón Real y le incendio terrible en época del reinado de Carlos II. De época de este último monarca de la casa de Habsburgo es la pintura de la escalera principal, obra de Luca Giordano, el Lucas Jordán españolizado. Con Carlos III y su hijo Carlos IV se revitalizó el Real Sitio, hoy lugar de veraneo de los madrileños. Su entorno natural de la Sierra de Guadarrama ha sido lugar de caza para los reyes tanto Austrias como Borbones.
El estilo impuesto por Juan de Herrera está cuestionado sobre si es renacentista en su época manierista o, si por el contrario, es la primera fase ya del barroco conectando con el sentido contrarreformista de la época. Grandiosidad y simplicidad decorativa destacan varios kilómetros de distancia desde la ventanilla del coche. Los planos de Juan Bautista de Toledo fueron muy modificados por Herrera. De estos muros salieron muchas decisiones del rey y que tanta trascendencia tuvieron en la historia de España y de Europa.

Fachada sur del monasterio de San Lorenzo de El Escorial


Lerma, la ciudad ducal de palacios y conventos
A unos 200 kilómetros de Madrid y a unos 40 de Burgos se encuentra esta encantadora ciudad ducal. Se trata de un conjunto mandado levantar por el valido del rey Felipe III, el Duque de Lerma, Francisco de Rojas y Sandoval, personaje político corrupto como pocos. Lope de Vega se quedó impresionado de su belleza y escribió La Burgalesa de Lerma en 1613. El duque reunió en Lerma a artistas como Francisco de Mora y fray Alberto de la Madre de Dios, los cuales marcaron el estilo neoherreriano de la colegiata de San Pedro con su chapitel de pizarra característico y ya visto en Madrid. Lo más espectacular es su Plaza Mayor y su Palacio Ducal, hoy hotel de lujo. También el convento de Santa Clara. Es un aperitivo monumental en el camino hacia Burgos desde Madrid.

Santiago de Compostela, la ciudad de la Cristiandad
Aunque el ambiente de peregrinaje medieval ya había pasado, aún Santiago tendría importancia en la formación cultural de las élites gallegas. Era y es el tercer centro de la Cristiandad, tras Roma y Jerusalén. Su origen medieval y su significado religioso y nacional español lo conserva en esta época, con sus templos y palacios de la época. De todas formas su icono fundamental, la fachada catedralicia del imponente Obradoiro, será del posterior, del siglo XVIII. Pero los naturales de esa época disfrutaban del maravilloso pórtico de la Gloria, impresionante grupo escultórico del maestro Mateo. También de la puerta de las Platerías y de gran parte del actual casco viejo de la ciudad.

Las Platerías en Santiago de Compostela


Sevilla y Cádiz, los centros comerciales
Las dos ciudades andaluzas eran la base económica del Imperio. La capital hispalense tuvo en la Edad Media su primer momento álgido: con los Taifas y con los almohades, que erigieron su célebre Giralda como minarete de su mezquita y la Torre del Oro. La navegabilidad del río Guadalquivir hizo que fuese un puerto fluvial y protegido de incursiones de piratas y de ingleses. Los reyes católicos establecieron la llamada Casa de Contratación. Hoy es un imponente edificio, sede del actual Archivo de Indias.
En aquellos siglos era la gran ciudad de España, con un entramado de callejuelas estrechas y llenas de conventos y palacetes. Por sus calles paseaban todo tipo de extranjeros, desde flamencos, italianos, alemanes, indios, esclavos negros, etc, además de un gran número de vagabundos de toda España buscando el permiso para embarcarse a las Américas. Una ciudad cosmopolita plena hasta que en la segunda mitad del siglo XVII empezó su declive lento en favor de Cádiz. Cervantes era un gran conocedor de esta ciudad y la refleja notablemente en Rinconete y Cortadillo, en las vidas de delincuentes y pícaros.
Cádiz, a unos cien kilómetros de Sevilla, es una isla alargada abierta al Atlántico. Desde 1717 sucedió a Sevilla en el tráfico de Indias. Cosmopolitismo, actividad y mercancías de todo tipo circulan por las calles. No fue extraño que se erigiese en residencia de burgueses y que en 1812 fuese la cuna del liberalismo español. Al estar más abierta al mar, debió de vivir muy alarmada ante posibles ataques navales. El más espectacular ocurrió en el reinado de Felipe II.

Canarias, la puerta de las Indias
Las flotas de galeones siempre hacían escala en estas islas, verdadera puerta de América o, también, último peldaño del Viejo Mundo. Fueron sometidas por completo en tiempos de los Reyes Católicos. En estos dos siglos se fue asentando el mestizaje y la colonización.

Ceuta, los portugueses que quisieron ser españoles
Ceuta, arrebatada a Marruecos en 1415 por los portugueses, ciudad llave del estrecho de Gibraltar, pasó a ser parte de la Monarquía Hispánica en 1580 como todo Portugal. Tras la guerra de Restauración de Portugal, decidió seguir formando parte de la monarquía de Felipe IV y así se puede decir que son los penúltimos ciudadanos que se incorporaron a España, pues los últimos también serán antiguos portugueses: los hoy pacenses de Olivenza. En los años de Felipe IV y de Carlos II sufrió, y resistió (como Melilla) ataques y asedios marroquíes, cuando estos estaban recuperando todas las plazas españolas como Larache o Arcila.

La Mancha, la comarca inmortalizada por Cervantes desde el siglo XVII
Si una tierra de España es mundialmente conocida hoy, y en aquellos años, esa es La Mancha. El inmortal Miguel de Cervantes refleja la sociedad española en esa tierra árida y llana (Almanchara para los musulmanes). Pueblos como Esquivias, Puerto Lápice o El Toboso, son retratados en las andanzas del loco hidalgo, así como sus paisajes con sus molinos. Recientemente, ha habido investigaciones en las que se afirma que ese lugar de La Mancha, deliberadamente omitido por Cervantes, es casi seguro que sea Villanueva de los Infantes, bello pueblo del sur de la provincia de Ciudad Real.

Molinos de viento en el Campo de Criptana


Provincias vascas y Guernica: el foralismo original
Original era la situación foral de las provincias vascas. Estos valles de hidalgos orgullosos de sus orígenes, de su idioma, de su catolicismo, cuna del fundador de la “Compañía” en Loyola, San Ignacio, tenían unas formas sociales autónomas por sus fueros y privilegios que entraron en crisis en el siglo XIX. Aún hay caseríos (explotaciones agrarias) dispersos de los siglos XVI y XVII, como edificios de ayuntamientos e iglesias. En esos años muchos vascos buscaban su futuro allende sus Montes Vascos, en la meseta, en Castilla, en el servicio doméstico en Madrid y en Andalucía para enrolarse hacia las Américas: Sebastián Elcano, de Guetaria, Lope de Aguirre, de Araotz, Andrés de Urdaneta y su pariente López de Legazpi, todos guipuzcoanos, entre otros. En aquellas épocas no existía ningún movimiento vasquista antiespañol, más allá de asonadas por crisis de subsistencias.
Había un régimen especial y aduana en Miranda de Ebro. En Guernica, bajo la cobertura de su legendario roble se aceptaba al nuevo soberano castellano o español hasta el siglo XIX. La actual casa de Juntas es de fines del siglo XVIII e inicios del XIX.

B) CORONA DE ARAGÓN
Zaragoza, el refugio del secretario Antonio Pérez
En Zaragoza se dio una crisis motivada por el intento de no respetar sus leyes. Tras la huída de Madrid del secretario del rey Felipe II, Antonio Pérez, el monarca no podía prenderle por estar en otro territorio diferente al de Castilla. El Justicia, un personaje defensor de vecinos, Juan de Lanuza lo protegió. La Inquisición fue la encargada de su detención, al ser acusado de herejía. Lógicamente, el pueblo de Zaragoza no lo creyó así y se amotinó. Los incidentes acabaron con una invasión castellana, la ejecución de Lanuza y la nueva huída de Pérez a Francia, donde murió.
La ciudad, vieja capital de la Corona, muy monumental en esa época con un conjunto de iglesias mudéjares en ladrillo, tan típicas de Aragón, y ornamentación policromada, quedó arrasada en 1809 tras el asedio francés.

Barcelona, la conflictiva inseción en la monarquía
La pujanza de Barcelona en la Baja Edad Media se vio truncada por una fuerte crisis, sobre todo en el campo. La ciudad histórica ocupaba el actual “casc antic”. La mención del bandolerismo de Roque Guinard y los ahorcados en El Quijote es indicativa del malestar en el campo catalán, cuyos caminos eran en extremo peligrosos. Cervantes quedó impresionado no obstante por la ciudad de Barcelona, con su catedral gótica y su puerto. El barrio gótico, con sus templos y sus callejuelas que llevan a la Plaza de Sant Jaume, son el paseo obligado. Cataluña no tuvo especial importancia en época de los Austrias. Su despegue llegó con el siglo XVIII y los Borbones.
En 1640, sin embargo, estalló la rebelión de Els Segadors, en el llamado Corpus de Sangre, en el que en medio de una crisis de subsistencias, los campesinos asaltaron el palacio virreinal. Se proclamó la sumisión a la Francia de Luis XIII. El antecedente de esta grave crisis estaba en la negativa al proyecto de la Unión de Armas, propuesto por el Conde Duque de Olivares en los años veinte del siglo. La “mano izquierda” del competente valido y hermanastro del rey Carlos II, don Juan José de Austria, así como la rapiña de los franceses, lograron la pacificación del principado.

Valencia: las Germanías y los moriscos
La dinámica Valencia de la Baja Edad Media, la de la Bolsa de Mercaderes, acompasada con movimiento cultural humanista, sufrió sucesos dramáticos en este periodo histórico. Nada más iniciarse el reinado de Carlos I se dio la rebelión de las primeras Germanías, mezcla de intereses nobiliarios y campesinos, que hubo de reprimirse violentamente. Tras ello, a inicios del siglo XVII, con Felipe III se dio la tristemente célebre expulsión de los moriscos. Como se sabe, el laborioso campo valenciano, se vio despoblado y privado de valiosa mano de obra. Más adelante, se llegó a mayor conflictividad con las llamadas segundas Germanías, dadas por el creciente malestar de crisis de subsistencias, peste, bandolerismo, etc. Todo ello agravado por las indeseadas visitas de los piratas berberiscos del cercano Magreb.

Baleares, la tranquilidad histórica
Poco se suele decir de este archipiélago hasta el siglo XX, tanto por la guerra como por su espectacular boom del turismo. La Almudaina era la fortaleza que estaría atenta a las posibles incursiones de los piratas berberiscos.

C) REINO DE NAVARRA
Pamplona, la ciudadela que se oponía a los franceses
En el tranquilo reino de Navarra, apenas debió de haber sucesos importantes, salvo en los ataques periódicos de los franceses y que se encontraban con la ciudadela de su capital pamplonesa. La cuesta de Santo Domingo, lugar de inicio de cada encierro de San Fermín, es el mejor inicio del paseo que lleva a la Plaza del Castillo y que permite conocer la ciudad vieja.

D) CORONA DE PORTUGAL
Lisboa, la rival de Sevilla en el comercio americano
Acabamos esta entrada a 600 kilómetros de Madrid, en la otra gran metrópoli peninsular y capital de Estado, tras Barcelona. La capital Lisboeta era una pieza fundamental del Imperio junto a Sevilla. Desde ambas ciudades se acudió a una verdadera rivalidad colonial que se inició desde el mismo regreso de Colón de América en 1493, en su escala en las Azores, con arresto momentáneo incluido. Tras el Tratado de Tordesillas de 1494, por el que los portugueses podían ocupar el actual Brasil, se acentuó el carácter portuario y activo de la vieja Lisboa. La ciudad es un encanto de destino, una ciudad tranquila, como es propio del carácter portugués reflejado en sus melancólicos fados. La vieja Mourairia (morería), que ocupa el célebre y típico barrio de La Alfama, dominaba ese estuario del Tajo crecido desde su curso español. La vieja catedral puede verse en su “esqueleto”, con el testigo de sus arcos fajones sin bóveda de cañón. El terremoto del siglo XVIII se llevó aquella ciudad antaño de los Austrias.
Las angostas callejuelas en cuesta que descienden desde La Alfama desembocan en la zona conocida como la Baixa. Es una zona de calles rectilíneas, en las que domina el comercio turístico y es una gozada ver cruzar los tranvías, esos vehículos tan urbanos y que se echan de menos en muchas ciudades de España. Por el otro lado vuelve a elevarse la topografía caprichosa de la ciudad y nos eleva al barrio de El Chiado por ese ascensor de hierro tan característico de Lisboa.
De todas formas, lo que realmente representa al Portugal de aquella época, testigo de la dinastía lusa de los Avis, está situado al oeste, en Belem, con la Torre de su nombre, icono de la ciudad, monumento Patrimonio de la Humanidad, y el espectacular monasterio de Os Jerónimos, verdadera joya del gótico llamado manuelino, algo así como el nuestro, el isabelino.
Como es sabido, en 1640, aprovechando el levantamiento catalán, se dio el movimiento de los Restauradores, dirigidos por el duque de Braganza y que acabó con el sueño de la unidad ibérica peninsular. Un año sin duda dramático en la época de la España de los Austrias. Atrás quedaban esos años desde la proclamación de Felipe II como rey luso en las Cortes de Tomar, respetando sus instituciones políticas.

Torre de Belem en Lisboa

martes, 6 de septiembre de 2011

DE MADRID AL CUZCO 1672-73: EL OBISPO MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO (4ª PARTE Y FINAL)

ACLARACIONES PREVIAS

En esta última entrada intentaremos describir el hipotético viaje del obispo Mollinedo por tierras del Perú en su camino hacia su sede episcopal de Cuzco. Está claro que tras mis meteduras de pata en la travesía imaginaria, éstas van a aumentar. En la travesía atlántica el Blogger José Luis de la Mata me indicó que no se medían las alturas por metros, sino por pies. Calculando pasé a pies la altura del Teide, el volcán canario. El Blogger peruano Arturo Gómez me corrigió con el viaje a Lima desde Panamá: algunas autoridades desembarcaban en Paita, en la costa norte peruana, hoy Piura, para evitar la fría contracorriente marina de Humboldt. Al tener que cambiar gran parte de la entrada anterior preferí dejar el trayecto por mar hasta El Callao.
He usado, además de mi experiencia personal por el Perú, mapas de carreteras, con sus ciudades y pueblos. También me ha sido de gran utilidad consultar esa gran herramienta de Internet llamada Google Earth.
No he hecho la ruta íntegra por tierra, sino por el aire, pero he viajado por los alrededores de Cuzco y desde esta ciudad a Arequipa por carretera, por lo que describiré el bello paisaje andino, ayudado además en libros de geografía comprados allá.
La ruta que imagino que siguió será la que sigue por las actuales carreteras 20, de Lima a La Oroya y la 3 de La Oroya a Cuzco, pasando por Jauja, Huancayo, Ayacucho, Abancay y Cuzco. Citaré los actuales pueblos y ciudades como si existiesen por aquél entonces. Omito, como es lógico, los nombres de lugares de personajes republicanos, los cuales no existirían o se llamarían de diferente nombre.
El propósito, más que buscar fidelidad histórico-geográfica, es el de intentar describir Perú, país que tanto me encantó por su naturaleza y sus gentes. A mis tres grandes amigos limeños va dedicada esta entrada y, cómo no, a los que se molesten en leerla, ya sean peruanos o españoles, o de donde sean. Espero disfrute el lector y se sumerja, aunque sea en su imaginación, en ese país tan atractivo.

BREVE RELACIÓN DEL LUENGO VIAJE DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR OBISPO DON MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO DE LA VILLA DE MADRID AL CUZCO, LA ANTAÑO CAPITAL DE LOS REINOS INCAICOS.
CIUDAD DEL CUZCO, VIRREYNATO DEL PERÚ. AÑO DE MDCLXXXXVIII.

LIBRO TERCERO: DEL VIAJE POR EL PERÚ HACIA EL CUZCO.

Capítulo I. De mi llegada a El Callao y Lima.
Como ya dije en el anterior libro, llegué a El Callao, pequeño caserío portuario donde atracan los barcos con destino a Lima, bien desde Panamá, bien desde la costa de Chile. Mucha fortaleza de ánimo me hice para no caer en congojas acordándome de Madrid y de las Españas mientras ponía pie en tierra firme, tras muchos y luengos días de flotar en un cascarón de madera, entregado a los caprichos de los dos océanos, a sus aguas violentas, según los caprichos de Eolo y de Saturno, y al castigo o protección del Todopoderoso enviándonos o no un ataque de satánicos y blasfemos corsarios. Sin embargo, al ir cabalgando hacia la ciudad de Lima empecé a acordarme de Madrid, más me decidí en encomendarme a la Purísima Concepción, en cuya festividad llegué a la tierra peruana hace 27 años y en la que ya hoy, muy enfermo, reposaré en la eternidad. Había recorrido unas 2.273 leguas aproximadas. Ahora estaba a dos leguas de la capital virreinal.
Desembarqué en la mañana, a eso de una hora antes del Ángelus, y recibiome una niebla muy húmeda, aunque cálida, que llaman garúa los limeños. Apenas podía divisar los altos montes que son prolegómenos de la cordillera de los Andes y que se yerguen vigilantes, como que si mirasen por encima de los tejados de la ciudad. Sin demora alguna decidí cabalgar a Lima para llegar aún con la luz del día, ya de por sí muy triste, por la ausencia del sol, a pesar de ser ya casi el varano del hemisferio del sur.

El obispo llegó a Lima el 8 de diciembre de 1672. Ese mes, al estar situado Perú por debajo del círculo ecuatorial, equivale a nuestro junio, es decir, llegaba cuando el verano austral ya estaba casi entrando. Al zarpar de Cádiz estaba entrando la primavera en el hemisferio norte. Entre junio y diciembre, en esos casi seis meses de viaje, había atravesado la franja ecuatorial, la zona de verano continuado. El verano limeño, que debiera ser muy caluroso, es muy agradable, dada la influencia de la mencionada fría corriente de Humboldt. El Callao está a unos diez o doce kilómetros del centro de Lima. Es un lugar típico pero muy peligroso por los ataques de los pirañas o choros, los delincuentes juveniles del lugar. Aquí se halla el castillo del Real Felipe, museo de historia peruana. Su nombre se debe a que fue erigido por orden de Felipe V para protegerse de ataques piratas. En 1825 fue, junto a la fortaleza de San Juan de Ulúa en Veracruz, el último bastión de la resistencia española con la rendición del español Ramón Rodil. Más adelante se encuentra una pequeña península llamada La Punta, donde la gente de Lima acude los domingos a sus cevicherías, lugares similares a nuestros chiringuitos de pescados y mariscos. El ceviche es la comida marinera de Perú por excelencia.

Ya en El Callao me dijeron que el Excelentísimo Señor Virrey don Pedro Antonio Fernández de Castro Andrade y Portugal, conde de Lemos y natural de la Villa de Madrid, había fallecido dos días antes de mi llegada. Por dicho suceso hube de asistir a sus exequias y postrera audiencia en pleno palacio. Las desgracias sólo traen más desgracias, pues también hallábase vacante la silla episcopal limeña por la muerte del obispo castellano Monseñor Pedro de Villagómez, fallecido el 12 de mayo de 1671. De esa muerte ya estaba informado. Hube de estar varios meses en la capital del grande virreinato del Perú, o del Virú, como se le conocía antiguamente, en la época del valiente soldado don Francisco de Pizarro. Peruleros es el nombre de estos habitantes.

Palacio episcopal de Lima.

Ahora esos peruleros son ya más de su pura raza. Apenas hay hombres de color negro ni mulato. Tampoco se adivinan personas zambas. Lo que más hay son gentes mezcladas de color y que ya dije que se llaman mestizos, o sea mezcla de españoles e yndios. Un número de pocos españoles, de familia noble y buena cuna, junto a personas llamadas criollas, es decir, de personas nacidas en el Nuevo Mundo pero con sangre hispana corriendo por sus venas. Esas gentes apenas conocen ya las costumbres de la lejana cuna de sus ancestros y, a veces, muy mal nos mirasen a los españoles de nacimiento. En las lecciones de historia de nuestra patria, cuando las estudiaba en mis tardes invernales alcalaínas, mucho leí de las rebeliones de aquellos primeros españoles del Nuevo Mundo y que se les llamó encomenderos: Almagro, los hermanos de Pizarro, los hijos de Hernando Cortés, Lope de Aguirre, y una más grande lista de gentes. Algunos, según he observado, sueñan con volver a esas desobediencias a nuestros reyes y señores de la patria y hacerse amos y soberanos de estas tierras lejanas.

Por deseo expreso de la reina regente del menor de edad Carlos II, Mariana de Austria, fue designado el 22 de abril su sucesor, el cordobés Juan de Almoguera. Por ello llegaba en un momento con un virrey interino: el clérigo criollo Álvaro de Ibarra (Lima, 1619-1675), oidor de la Real Audiencia de Lima entre 1672 y 1674, hasta que llegó el nuevo virrey: Baltasar de la Cueva Henríquez y Saavedra, conde de Castellar y Marqués de Malagón (Madrid, 1627-1686). Este periodo de interinidad fue de gran importancia en la historia de la América colonial hispana, pues era el primer criollo que conseguía el poder en la máquina burocrática virreinal española. Se acudía al lento cambio de tendencia: tras casi dos siglos, el XVI o de conquista, y el XVII de mestizaje, se vislumbraba ya el XVIII, siglo de protagonismo criollo, muy desconfiado con la tierra de sus antepasados, y de lento resurgir del pensamiento, a la larga, emancipador, junto a las incipientes rebeliones indígenas ante los abusos hispanos.

Capítulo II. De Lima, la Ciudad de los Reyes, capital del virreinato del Perú.
Esta grande ciudad del Nuevo Mundo es fundación del ya mentado Francisco de Pizarro, el valiente extremeño de la victoriosa villa de Truxillo. Dícese de este su nombre de Los Reyes por ser nacida la dicha ciudad en el día de la Epifanía del Señor. Creo que hacia enero de 1535 si la memoria no me hace de errar dadas mis ya menguantes salud y sesera.
Tras dos leguas al trote se llega desde el puerto de El Callao a la Plaza de Armas, lugar del palacio episcopal [donde mi persona por fin lograre descansar en un tálamo] y de la catedral, junto al palacio que construyere el valiente fundador. Tenía varios meses para aclimatarme al Nuevo Mundo y qué mejor que hacerlo en Lima.
Es de espacio casi tan grande como la Villa de Madrid. También se entra por un portón que se yergue en la muralla. Así como que llegamos del mar, distínguense tres barrios: a nuestra mano izquierda o del noroeste, o poniente, se hallare un caserío que ya no recuerdo su nombre. Hacia el centro un caserío de calles cuadradas, de ahí que sus naturales las llamasen cuadras a lo que nosotros mentamos como mançanas. Muchas y grandes casonas o palacios ornan estas sus rúas, con balconadas de madera que dicen de cedro, madera muy abundante en la selva lejana tras la sierra, aunque según me dijeren, como que también la trajesen de las selvas al sur de la Nueva España, lugar llamado Guatemala.

Se refiere el obispo a la actual Nicaragua, pues en esos bosques de la formidable madera de cedro se extraía la materia prima de los altares de madera policromada e hiperbarroca y que tanto abundan en los templos de América Latina.

Al lado de la derecha, o lo que es igual que decir al lado suroriental o del levante, se encuentran los llamados Barrios Altos, habitados por gente de no muy buena reputación y de poco temor de Dios, muy dada a la picaresca e al robo y el timo. Tras este curioso caserío hállase su río: el Rímac, que viene muy aguado desde las cumbres elevadas y nivosas de la sierra.

Todas las principales ciudades virreinales (Lima, Ciudad de México, Quito, Buenos Aires…) se erigían con igual traza urbana: una cuadrícula o damero ortogonal, en cuyo centro equidistante se situaba la Plaza de Armas, donde se erigía la catedral y el palacio virreinal. Les rodeaba una “cerca” o “tapia”, más con fines de recaudación que defensivos, como el idéntico caso de Madrid y su Tapia de Felipe IV. Concretamente en Lima quedan lienzos junto al río, tras el palacio presidencial, en el llamado Parque de la Muralla, recientemente remodelado de su ambiente marginal. Deberían impresionar a los españoles esas largas, anchas y rectilíneas vías, acostumbrados a sus ciudades tortuosas, de irregulares calles laberínticas y muy angostas. En todas ellas se distribuyen estratégicamente los templos de las principales órdenes religiosas allí establecidas: iglesias de La Compañía, de los dominicos, agustinos, franciscanos, etc.

Planos de Lima en los siglos XVII y XVIII.
Hoy, todo el cuadrado ya es la metrópoli limeña.


 Capítulo III. De los alrededores de Lima.
Esta ciudad tiene unos buenos alrededores, a pesar de que se hallare en un desierto: no llueve nada, apenas unas gotas y nada más, por lo que es polvorienta. Sin embargo la humedad hace que el temple de sus inviernos sea más bien desagradable. Es un misterio cómo siempre hubiese cielos de color gris y sin caer las aguas. Eso lo llaman los indios la garúa, una neblina que se abate sobre la ciudad a eso del mediodía.
Desde mi ventana palaciega mucho mataba el tiempo viendo esa imponente sierra en los días claros y soleados que llaman los Andes. Como si de vanguardia suya se tratare, se erguían unos montes de buena altura. Sobre todo contemplaba uno que nombran los lugareños como de San Cristóbal, alzado tras los ambos dos palacios, el del virrey y el arzobispal, tras el río Rímac.

Cerro de San Cristóbal.

El monte de San Cristóbal tiene una muy buena panorámica de la ciudad, aunque en sus laderas se divisan chabolas marginales. La larguísima franja costera peruana es un desierto, continuación del chileno de Antofagasta o Arica, aquél que tanto costó a Diego de Almagro en su fracasada marcha sobre Chile. La sequedad es extrema aunque en el caso de Lima se da el fenómeno de la garúa, originado por el mar. Aunque no deja lluvias, es la causa de la templanza del clima limeño, tanto en verano como en invierno. Los ríos andinos descienden hacia la costa del Pacífico formando valles muy largos y muy aprovechadas sus terrazas y fondos de valle a modo de oasis. Destaca el valle del Rímac. Al sur se encuentra el santuario (anterior y contemporáneo de la época incaica) de Pachacamac, aunque desconozco si en la época virreinal se habían descubierto sus restos arqueológicos.
La “chala” es el nombre del paisaje natural costero cubierto por la garúa, y sus antiguos pobladores se llamaron chalacos o cholos, aunque cholo hoy significa indio. La palabra “chala” hace mención al maíz sembrado o, también, a las nubes costeras.

Muchos días cabalgaba con mi caballo y lo espoleaba al sur, hacia las aldeas cercanas: las dos Magdalenas, una que dicen la Vieja, y otra llamada del Mar, Miraflores, Surco y, así como con mucho deleite, cabalgaba a las costeras de Barranco y Chorrillos, donde la costa es abrupta, con terraplenes muy hondos que caen a la mar océana o la mar del Sur, también el mentado como Pacífico por el bravo soldado que ya dijere: su descubridor don Vasco Núñez de Balboa. A veces cabalgaba tierra adentro por el valle del ya dicho río Rímac, lugar de humedad y con paisajes muy plácidos a la tranquilidad del alma, lejos del mundanal ruido, al decir de mi admirado poeta y catedrático de Salamanca fray Luis de León, con sus fértiles huertas de frutos muy desconocidos por los españoles de al otro lado de la mar.

La actual zona metropolitana de la gran ciudad de Lima conserva el nombre de estos distritos o barrios. Miraflores es el barrio de la clase media alta, con buenas mansiones y avenidas comerciales seguras y de gran animación turística en torno a la playa de Larco Mar y de la Plaza de Kenendy. Es el barrio de la gente bien, de los "pitucos", que viene a ser el equivalente a nuestros "pijos". Por la costa más al sur destaca Barranco, barrio de la bohemia y de la noche para las clases altas, con playas bajo sus “barrancos”. A lo lejos de divisa la Cruz de Chorrillos, antigua aldea de pescadores.

Dada la mucha falta de autoridad, tanto terrenal como espiritual, y cómo que tuviere tiempo antes de irme al Cuzco, hube de atender la vida pastoral de Lima, junto al oidor de la Excelentísima Real Audiencia, el padre Álvaro de Ibarra, limeño o criollo. Allí tuve la ocasión de consagrar el gran templo de San Francisco el día 23 de enero de 1673.

Iglesia de San Francisco en Lima.

San Francisco es uno de los templos emblemáticos de Lima, de fachada de color amarillo, con dos torres y campanarios a su entrada. Es conocido como las catacumbas de Lima, pues en su subsuelo se enterraban los notables limeños durante la época colonial. Se sitúa muy cerca de la Plaza de Armas, hacia el este.

Capítulo IV. De mi viaje al Cuzco (I). De Lima a Jauja.
Ya casi acabado el verano limeño y entrado en el otoño, se puede viajar por la sierra, libre de lluvias y aguas malas. El clima se templa lentamente y, aunque el frío es grande y de mucho hielo, los días secos pueden permitir los viajes sin caminos con lodo y barro. Me informaron los soldados que me iban a acompañar y guiar que el viaje es muy largo, como de unos dos meses al contar de tiempo de holganza necesaria de tanto cabalgar. Mucho me esperaba un sinfín de leguas, de peregrinaje y de fatigas sin cuento.

Viendo el mapa de carreteras he ido trazando una ruta de unos 40 kilómetros diarios, con algunos descansos, propios del aclimatamiento al “soroche” o mal de altura. La ruta es por completo andina y a una media de 2000 a 3000 metros de altura. Esta ruta fue la que se seguía históricamente por las caravanas y convoyes que iban de Lima al lago de Titicaca, a la ciudad de Puno, para continuar por el entonces Alto Perú, hoy Bolivia, hasta la ciudad de Potosí, corazón del imperio español por sus riquezas fabulosas de plata, junto al Potosí mexicano. La ruta seguía al sur y se bifurcaba por Jujuy al Río de la Plata o a Chile. Imagino que esta ruta sería de origen prehispánico y por ella correrían los llamados chasquis, corredores indígenas que portaban los correos a través de todo el imperio inca.

Acordé ir avanzando una semana seguida y tomar el descanso al día siguiente. El día 12 de octubre de 1673 fue mi segunda conmemoración de la gesta del Almirante don Cristóbal Colón y, además, era mi segunda fecha que celebraba en el Nuevo Mundo. Al día siguiente partiría al Cuzco.
De los días 13 al 19, o lo que es decir siete días de trote, llegamos a Jauja. Pasé por el valle del Rímac, por lugares como Chosica, Matucana, Casapalca, Hunchac-Huán, La Oroya, Chacapalca y Jauja. Los paisajes fueron de gran belleza, muy propia de la que el Creador sólo es capaz de imaginar para recreo de la vista y de su grandeza y misericordia. Fueron días difíciles, pues apenas podía bajar del caballo por mis fuertes dolores de cabeza y de falta de respiración, creyéndome en la asfixia cercana. Me dijeron que era el soroche, llamado también el mal de las alturas. Tres días la lluvia puso mucho lodo en el camino. Las temperaturas empezaban a ser frías, aunque muy soportables para mi persona, pues estaba y, aún hoy ya viejo, muy acostumbrado a los fríos de mi tierra burgalesa y de la Villa de Madrid, y de sus vientos y soplos gélidos desde la nevada Guadarrama. El día 20 de octubre dime a descansar de penalidades.

El paisaje que vería tras internarse en el valle del río Rímac es el de la yunga, que viene a decir: valle cálido. Es de clima cálido y soleado. Sus valles son muy escarpados y estrechos, con quebradas. Sus riberas son fértiles para los cultivos hortícolas y frívolas: guayabas, chirimoyas, limas, duraznos, etc. Las escarpadas paredes se aprovechaban también agrícolamente desde la época prehispánica en andenes, equivalentes a los bancales españoles.

Capítulo V. De mi viaje al Cuzco (II). De Jauja a Abancay.
Ya todos los paisajes serán de montañas andinas. El soroche sigue afectándome y mucho es mi sufrir por ello. Mis dolores de cabeza me hacen creer que ésta me va a reventar. Algunos días me creo próximo a la asfixia y a que mi corazón deje de latir. Hasta un mes me resta para acostumbrarme del total a este mal. Unos yndios me han dado a masticar unas hierbas que dicen que lo calma: la que llaman coca. La masticaba y notaba algo de mejoría. Cuatro días de húmeda y fría y desapacible lluvia hicieron sus fechorías y molestias. Del día 21 al 27 pasamos por Concepción, Huancayo, Pazos, Pampas, Huando y llegamos a Andabamba. En estas estancias nocturnas comía carne de ganados de la sierra. Eran ganados de llamas, guanacos y vicuñas, animales no llevados del Nuevo al Viejo Mundo y que usan los yndios para transportar sus mercancías. Dicen que son animales de la familia de los camellos y dromedarios de los sarracenos, a pesar de que tienen unas lanas como piel, muy similares a las ovejas castellanas. En clases de biología en Alcalá de Henares escuché la noticia de estos animales.

El paisaje ahora es quechua (como el idioma prehispánico andino predominante, junto al aymara), entre los 2.300 a 3.500 metros. Aquí se cultiva la patata, la el maíz y la quinua. Es un paisaje andino pleno, con valles internos, y un clima muy agradable de inviernos secos, con calor al sol y templado a la sombra, aunque en las noches las temperaturas bajan a los 0º. Los indios también construían aquí andenes en las pendientes.

Andenes en el Valle Sagrado de los Incas, cerca de Cuzco.

El día 28 de octubre tuve los consabidos descanso y holganza. Ya el día 29 de octubre nos dispusimos a partir una nueva semana. Entre el 29 y el día 4 de noviembre, con solo dos días de lluvia, atravesamos las aldeas de Acolbamba, Marcas, Huanta, Huamanga [la más tarde célebre Ayacucho, donde se dio la batalla final contra los españoles en 1824], Chiara, y el río Pampas.
Mis órdenes se impusieron sobre los soldados de la escolta, y dispuse seguir el día 5 hasta el día 12, con el intermedio de descanso el día 9 de noviembre, para aprovechar y celebrar el día de mi santa patrona, mi muy venerada Virgen de La Almudena, la virgen madrileña, tan lejana esos días. Mucho me preguntaba en mis adentros, no sin cierta congoja, por la Villa de Madrid, tan recordada durante todos los días de mi vida, más que mi burgalesa villa de Bortedo natal. Ese día estuvimos en una aldea que llaman de Talavera, como su homónima y hermana en el reino de Toledo, allá por el centro de las Españas. Esta semana fue de acampar en pleno campo, por no estar cerca de aldea alguna. A pesar de ello atravesamos por Chincheros, y la citada Talavera, que no de La Reina. Decidí que seguiría la comitiva para alcanzar Abancay el día 13 de noviembre.

En esta ruta pasó el obispo por el país de los huancas, que eran un numeroso grupo étnico de las actuales provincias de Jauja, La concepción y Huancayo. La mayoría habitaba en el valle del Huancamayu (Valle del Mantaro desde 1782), donde cultivaban maíz y patatas, demás de pastorear sus ganados de camélidos en las altas punas de los Andes. La capital del reino huanca era Siquillapucara, hoy Tunanmarca. Siquillapucara fue tomada por los incas en 1460.

Capítulo VI. De mi viaje al Cuzco (III). De Abancay al Cuzco.
Abancay es la capital del departamento de Apurímac. En ella se asentaron los chancas, indios que se opusieron a los incas a mediados del siglo XV. Tras victorias iniciales, fueron derrotados por los cuzqueños.

Ya estaba de solaz en Abancay varios días, para recuperarme del esfuerzo anterior. En siete días se puede llegar al Cuzco, por lo que decidí entrar en la noche del día 23 de noviembre. Por ello, saldría el día 17. Desde Abancay al Cuzco ya el camino no es tan solitario. Atravesamos Sahuite, Curahuasi, Mollepata, Limatambo, Zurite, Anta y Cuzco. El 23 de noviembre de 1673 pude entrar ya de noche en el ansiado destino, en el que estaría el resto de mis días.
Ahora escribo estas letras, a mis 58 años y con mi inteligencia con errores de en la mente. Mi vida en el Cuzco ha sido una época de grande trabajo y de felicidad en mi trabajo de pastor del Señor. Sus gentes me han enseñado mucho, les he predicado nuestra fe santa católica apostólica y romana. Mi afición al arte me ha sido muy importante, pues tuve unos discípulos muy aplicados. Nunca olvidaré al gran artista pintor don Diego Quispe Tito, un yndio inca, de pura raza a su parecer. Este artista y sus discípulos, pudieron dar unas obras de arte muy fecundas y apreciadas, en especial esas imágenes de vírgenes llamadas pachamamas. La verdad es que tuve problemas y que mirar con tolerancia, lejos del rigor del Santo Oficio, pues estos yndios son muy fieles, pero fingen, pues muchas veces piensan en Viracocha, su dios pagano. De hecho esas vírgenes que tan bien plasman con sus pinceles, son vestidas con un manto muy abultado a lo debajo de su cintura y que me dijo el discípulo Tito que era la Madre Tierra, la diosa de la fecundidad. En el barrio que llaman de San Blas, por detrás de la catedral, se alzan muchas y empinadas cuestas. En sus calles se encuentra el que es mi palacio episcopal, cuyo muro que mira a la calle que dicen los yndios de Hatunrumilloc, tiene unas enormes piedras, maravilla del ingenio de los arquitectos incas.

Palacio Episcopal de Cuzco.

En mi estancia en Cuzco, en el verano de 2009, el guía de la catedral ya se confesaba indirectamente como creyente en el dios pagano, aunque reconociendo los cultos católicos. Ya en época colonial se dio el movimiento del “Taki Onqoy”, una herejía que hubo de ser extirpada durante los años de la colonia. En muchos lugares se representa la liturgia católica con representaciones andinas o de selvas. En la catedral cuzqueña hay una Última Cena en la que, en vez de aparecer el cordero, aparece un cuy, especie de hamspter o ratilla de gran valor nutritivo y exquisito paladar, a pesar de que a algunos les repugne comer ese roedor.

Granja criadora de cuyes a las afueras de Arequipa.

Estos cuzqueños orgullosos de su pasado anterior a nuestra providencial civilización cristiana, pues dícense auténticos descendientes de los incas, son de piel de color del cobre o del bronce, algo oscura al contacto con el sol tan luminoso de estas llanuras. Tienen unos ojos algo estirados, los que pareciere que los tienen entreabiertos. Sus tabiques nasales son afilados por el centro, asemejando el pico de un águila cuando se les mira por su perfil. Tienen pómulos salientes y cabellos muy lacios y lisos, tan negros como las brasas quemadas de un hoguera. Parecieren muy similares y del tipo de los mongoles o asiáticos que informó el comerciante Marco Polo. Visten unas capas de color rosado en general, con rayas de grandes coloridos y muy buenas para el abrigo de estos hielos nocturnos. Sus cabezas las cubren con gorros de lana excelente, de esos rebaños de llamas y que se llaman chullus, con partes para tapar las orexas.
Numerosas cabalgadas me daba en mis tardes soleadas del Cuzco. En ellas me dí a fundar templos que espero sirvan a la religiosidad de las gentes de la posteridad. A veces lograba subir a esas llanuras tan altas entre las montañas, donde la agricultura ya no es posible, y donde los jóvenes yndios de pura raza incaica cuidan de sus ganados de llamas, vicuñas, alpacas y guanacos. Apenas hay andenes escalonados, como aquellos que recordaba en las laderas de mis montañas burgalesas.

 Pastores de camélidos andinos en las alrededores de Cuzco.

Más allá del Cuzco empiezan las grandes quebradas hacia el oriente, hacia la selva. Los hombres civilizados apenas llegan allá, y los que lo hacen hablan de la maldad de su clima asfixiante y húmedo, con mosquitos y fiebres que causan gran mortandad y fiebres más horribles que las pestes del Viejo Mundo. Nuestros soldados no osan en ocupar esas tierras que descienden los ríos con fuertes saltos de agua, y donde la sierra se derrumba. Allá dicen de la existencia de yndios feroces, semidesnudos con apenas taparrabos y que escupieren dardos envenenados y cuyo clave es mortal pleno. Satánicas criaturas que comen la carne de sus enemigos cautivos. Salvajes que no fueron conquistados por los incas y donde se dice que se refugiaron éstos huyendo de nuestras tropas, y donde se cree que se escondió el tesoro aúreo de sus emperadores.
Apenas me acuerdo ya de mi patria castellana, de la cual se me disipan mis recuerdos juveniles, solo sabiendo de ella, y de nuestra católica majestad Carolvs II, el Hispaniarum et Indiarum Rex, por los reales correos que llegan a El Callao.

En sus más que posibles excursiones, llegaría a los paisajes llamados suni o jalca, lugares de más de 3.500 metros de altura. Suni significa soroche. Aquí vería a los shucuyes: los criadores del cuy. Sus paisajes se ven interrumpidos por cañones y gargantas. El clima es extremadamente seco y extremo: desde los 20º en el medio día hasta los -10º o más en las heladoras madrugadas.

 Rebaño de vicuñas en las altas punas.

Otro paisaje típico es la puna, situada entre los 4000 y 4800 metros de altura. Puna significa “altas cumbres”. Son mesetas llanas o altiplanos con gran cantidad de lagunas. El clima es también muy extremo y muy lluvioso en verano. En las plantas gramíneas pastan los citados camélidos. Aquí crece la maca, la planta energética, llamada por algunos el ginseng de los Andes. Más alta ya se encuentra la janca o zona de nevadas cumbres andinas, desde los 4800 en adelante.
Tras los Andes, al extremo oriental del país, se sitúan las enormes selvas ecuatoriales divididas en dos subgrupos: las zonas de selva alta, descendente desde los Andes, como es el caso de Machu Pichu, o ceja de la selva (rupa rupa), y la selva baja (omagua), ya de tipo amazónico. No es probable que el obispo fuese allá, pues era la frontera del poder español. En la selva ya era imposible penetrar con aquellas armas.

La selva alta en Machu Pichu.

Y aquí acabo estas entradas sobre este obispo del que supe en mis viajes peruanos y que me interesó mucho su persona. De ese siglo XVII, en sus años finales, apenas hay libros escritos en general de América Latina. Un período que marca el ecuador del dominio español, punto de partida del lento proceso de gestación de las emancipaciones que ahora celebramos en su bicentenario. Muchos de esos manuales inciden en la conquista y la organización colonial en general. De ahí saltan a las reformas de los Borbones del siglo XVIII y a la emancipación.

viernes, 19 de agosto de 2011

DE MADRID AL CUZCO EN 1672-73: EL OBISPO MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO (3ª PARTE)

En esta tercera entrada sobre el viaje del obispo, describo la travesía hasta el Pacífico y Lima. Me ha sido ya más difícil su redacción: soy de tierra adentro, mesetario, y aunque he montado en barcos, no domino las artes marineras. Tampoco he cruzado el Atlántico flotando, sino volando, por lo que mis suposiciones son cada vez más imprecisas. De todos modos, trato de reflejar ese viaje de forma general, para dar una idea al lector. Hago cuentas de días y posibles duraciones, que a veces pueden ser erróneas. Espero que guste, aunque, repito, no domino esta travesía tan paso a paso como la ruta de Madrid a Cádiz. Obviamente no conozco toda la ruta, ni Panamá ni las pequeñas Antillas.


BREVE RELACIÓN DEL LUENGO VIAJE DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR OBISPO DON MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO DE LA VILLA DE MADRID AL CUZCO, LA ANTAÑO CAPITAL DE LOS REINOS INCAICOS. CIUDAD DEL CUZCO, VIRREYNATO DEL PERÚ.
AÑO DE MDCLXXXXVIII.


LIBRO SEGUNDO: DEL VIAJE POR LOS MARES A LAS YNDIAS.


 Capítulo I. Jornadas de junio: de la ciudad de Cádiz.
Como ya dije en el anterior libro, llegué a Cádiz al día noveno de trotar en mi caballería tras salir de la Villa y Corte de Madrid, de mi parroquia de la Santa María. Era el día primero de junio de 1672. Llegué muy fatigado y entré a descansar al Palacio Episcopal tras haber cumplimentado al prelado. De todas formas, mi sentir al saber ya la prontitud de abandonar mi reino de Castilla para siempre, causóme grande turbación y, a pesar de mis oraciones, tuve algo de rato de desvelo sin dormir a pesar del cansancio del viandar por las mesetas y llanos de La Mancha y la Andalucía.
El día 2 de junio me levanté muy animoso, no obstante, al saber que vería el mar con mucho tiempo disponible y ante las mis fuerzas con renovados bríos tras la menguada del ánimo del día anterior. Mi pensar es de avidez por conocer, por la cultura extensa, por saber de las gentes, no sólo de sus obligaciones con el Señor, sino por sus usos y costumbres; así como por las grandes y monumentales obras y casas y templos, así como las pinturas o estatuas que las ornasen en sus adentros.
El día era algo gris, aunque no amenazaba lluvia. El mes de junio ya mengua mucho la caída de aguas, salvo alguna tormenta. El verano está presto a entrar en los reinos de las Españas. Había resuelto estar conociendo esta bella ciudad, de gentes poco nobles y muy plebeyas, pues mucho se dedican a oficios viles, tanto manuales como de usura de comercios. Hay muchos de estos que prestan dineros avaramente y que dan en llamar banqueros. Éstos son sobre todo italianos y flamencos, pues ingleses e holandeses estaban y están en guerra contra nuestra Patria.
Estos súbditos, de naciones ladronas e impías, poco temerosas de Dios y seguidoras de Lutero y Calvino, han atacado la ciudad varias veces, aunque la más dolorosa acometida y afrenta fue la que inspiró al maestro Cervantes. El gran creador de Don Quijote, muy leído por mí en tiempos de holganza, escribió una de sus novelas cortas, llamadas ejemplares, con el título de La española inglesa. En ella nombra el cruento ataque inglés de julio de 1596, en la que arrasaron con fuego esta hermosa Cádiz.


El obispo critica a la ascendente clase burguesa -en ese tiempo muy débil y mal vista- según las ideas nobiliarias y eclesiásticas de aquellos años del Barroco y del Antiguo Régimen, ideas que se vanagloriaban de llevar vida ociosa caballeresca de tipo medieval.


Iba a estar en esta pequeña isla [Cádiz es una isla] durante tres semanas al menos, lo cual me hacía bien de ánimo, pues podría visitar la ciudad y sus zonas de alrededor a modo de despedida de las Españas. En las aduanas me dijeron que en Sevilla, los mandatarios de la Casa de Contratación iban a dar el 24 de junio, con los Sanjuanes, la partida de la flota de Sanlúcar de Barrameda, a instancias del Consejo de Yndias en Madrid. Yo iríame a Sanlúcar unos dos días antes a tomar el galeón que me correspondía por mi rango de prelado.
Por esta dicha causa, además de visitar las calles de la alegre ciudad, asistía al muelle que llaman de Cargadores de Yndias, en el que estaban almacenándose alimentos y otras mercancías a llevar a bordo. La gente de Cádiz es muy alegre como las demás gentes de la Andalucía como ya dijere anteriormente. La diferencia es que acá se ven menos chismosos y más sinceros. No se advierte mucho bandidaje, ni las malas gentes pendencieras vistas en Sevilla, que tienen eso que se da en llamar el “malaje”. El gracejo y las coplas siempre están alegrando sus calles. Su habla y deje son tan cerrados que a duras penas se les entiende cuando hablan con priesa.
Sin embargo, hay unas calles de miserables gentes con vida disoluta al poniente de la ciudad y que forman la barriada que se conoce como La Viña, de tabernas de gente pendenciera y abusadora del aguardiente y los odres y pellejos de vino.
El calor empezaba ya a sentirse, aunque algo menguado por el frescor del mar. Paseaba los atardeceres por los muelles y playas a ver ese mar tan inmenso: la mar océana del Atlántico. Por el suroeste hay una playa conocida por la Caleta, muy cercana a La Viña. Allí me imaginaba la otra orilla del mar, el destino que me aguardaba. Por el sur, la catedral, enfrente el templo de la Compañía y, al lado, el barrio del Pópulo, el más vetusto, según dizen, de gentes fenicias y luego sarracenas hasta el mediado del trece siglo y la feliz reconquista del augusto rey San Fernando, el tercero de Castilla. Seguí por la muralla que hay según se llega de Jerez por tierra como dijéramos anteriormente: por la Puerta de Tierra.
Catedral de Cádiz
Callejuela del Cádiz nocturno


Bahía de Cádiz, al fondo el Puerto de Santa María

Crepúsculo gaditano desde el castillo de santa Catalina:
al fondo, el Atlántico y al otro lado del horizonte...América

Al lado de septentrión viérese la bahía: Rota en lo lejos, el Puerto de Santa María y el Puerto Real. Tras la costa se atisba, a la vuelta del cabo, aunque no se viere, la cercana Sanlúcar de Barrameda.
A esa villa marinera me embarqué el día 22 para esperar la flota proveniente de Sevilla y embarcar. Antes, como el que se despidiere de su familia para siempre, me dediqué a cabalgar por Chiclana, Medina Sidonia y Barbate: eran los últimos paisajes de España que vería, los cuales eran de dehesas de encinas y alcornoques con buenas reses bravas para la lidia.

Cádiz empezaba a despuntar en la historia de España en esos años. A finales del siglo XVII estaba tomando lentamente el relevo de Sevilla. En 1717, tras el fin de la Guerra de Sucesión, uno de los primeros decretos de Felipe V fue dar la puntilla final a Sevilla. Desde entonces los comerciantes y gentes de todo tipo y país llegaron a esta isla. Poco podía imaginar el obispo que aquí, en Cádiz, apenas un siglo después de su muerte, nacería la sociedad liberal que acabaría con los privilegios de su estamento y con el Antiguo Régimen en general. La ciudad entró en crisis a finales del siglo XIX. Hoy tiene una belleza singular, con sus callejuelas y encantadoras plazuelas, así como sus tabernas y gracejo de las gentes, especialmente en Carnaval, con el mar siempre como protagonista.


Capítulo II. De mi partida a las Américas.
La villa de Sanlúcar no es grata: se observa mucha marinería, mucha mugre, mucha pillería. En definitiva, mucha laboriosidad e inquietud del vulgo, tanto de los que se quedan mirando partir, como de los que zarparán en día cercano. A eso del mediodía del 22 llegué a esos muelles, casi al tiempo en que amarraba la flota de Sevilla que arribaba desde el Guadalquivir.


Cómo es sabido esa bahía y la primera mar cercana, es protagonista de la marina española y no española: Trafalgar y su triste recuerdo desde 1805, y la base estadounidense de Rota, tan presente en la zona.


La madrugada de la Noche de San Juan embarqué en la flota y esa misma mañana vime rodeado de azul marino por todos los costados. La costa de España se alejaba muy rauda y para siempre. Impresionante ajetreo el que observé: montones de salvas, montones de marineros subiendo ágiles por las cuerdas a las velas, capitanes dando órdenes... Un grupo de barcos, una flota, se hacía a la mar, una visión harto curiosa para un hombre de tierra adentro de Castilla como este siervo del Señor.
Mi buque, al ser un prelado, era de favor: embarcáronme en un galeón sin gente ruin, con marinos de gran elegancia y de saber su trabajo, con los que departía a ratos, además de mis oraciones, mis pensamientos acodado en la borda y mis ávidas lecturas. Esta primera semana se me hizo muy dura: apenas podía salir de mi temor al estar rodeado entre esa inmensidad de agua, el pensar en ataques piratas de corsos, filibusteros y bucaneros, ora en estos días, ora en las Yndias. Tampoco podía dejar de temer esas tempestades que a veces llevaban el luto a muchas familias de marinos tragados por el mar y que el señor tenga en su seno.


Entre Andalucía y Canarias, además de piratas europeos que asaltaban buques ya agotados de su vuelta del Caribe, podían asomar los piratas berberiscos (de la Berbería o Marruecos). Estos se vieron reforzados desde 1609 por los moriscos españoles expulsados ese año por Felipe III. Tenían sus bases en Sale y Casablanca, de ahí las conquistas de Larache, Arcila, Ceuta, peñones mediterráneos o Melilla para defender mejor las costas andaluzas y levantinas, a las que llegaban esos asaltos. También podía darse el dantesco espectáculo de arribar un barco fantasma, es decir, una nave a la deriva, con toda su marinería muerta de inanición, dada la ausencia de vientos o una epidemia virulenta desde sus bodegas.
Los bucaneros, corsos y filibusteros eran ya peligrosos pasadas las Canarias, cuanto más cercana la costa caribeña, así como las tempestades.


Los movimientos del galeón, en su choque con las olas, me desesperaban al no dejarme leer. Pero, en cambio, una cosa no me aconteció como a otros viajeros: no tuve ninguna gana de vomitar por borda, como decían que era normal en las gentes no dadas con frecuencia a la navegación.
Las noches, tras las oraciones de rigor, departía con el capitán, que me instruía en esas artes de surcar los mares: el sol, las estrellas, los paralelos y meridianos del mapa de Mercator, el astrolabio, etc.


En esos años el mapa de Mercator era el fundamental, tanto que fue la proyección cartográfica básica hasta finales del siglo XX, rival ya con la proyección de Peters o la informatización o fotografía aérea y satelital.
En La Coruña, sin llegar al mar abierto hace unos años, en una pequeña nave recreo alquilada, sin temporal, pero con la mar muy picada, casi se me rompen los nervios al ver cómo volaba la nave y caía entre las olas la proa, y cómo me tuve que coger bien a las cuerdas para no caer al mar. Me imaginaba esas tempestades leídas en libros y el espanto que habría al pensar en caer al agua…en alta mar. Y posiblemente con el añadido de los tiburones.


Capítulo III. De la llegada al puerto de Santa Cruz y a San Cristóbal de La Laguna, allá en las Canarias.
La llegada a las Canarias nos llevó doze días de navegación. Allí estaríamos una semana aprovisionando y reparando las naves, y haciendo aguadas. Me impresionó ver la cima del Teide asomar entre las nubes. Dícese que, en esta grande montaña, se cuentan por más de diez mil sus pies de medida en lo más alto. A pesar de ser julio aún tiene una pequeña mancha blanquecina de nieve, cosa que me extrañó, aunque me dijeron los naturales que hay estíos en los que no se disuelve nunca.
Atracamos en Santa Cruz, en la isla de Tenerife. A medida que me acercase a la costa, rememoraba la lección en Alcalá sobre la gloriosa conquista y cristianización de sus nativos, llamados guanches, por el adelantado Alonso de Lugo, allá por los finales del siglo XV, reinando nuestra reina Isabel de Castilla. Al poco de desembarcar nos fuimos a la población más abrigada de peligros: San Cristóbal de La Laguna, ciudad cercana y muy bella con sus templos y palacios.


La actual población de La Laguna es hoy Patrimonio de la Humanidad. Es una bella ciudad con ambiente juvenil y universitario. Casonas, palacios y templos en un plano ortogonal la hacen merecedora de esa denominación.


En esa semana de asueto decidí cabalgar algo por algunas zonas de la isla, especialmente por la espalda del volcán, que es la más florida y nemorosa. Me plació mucho el valle denominado de La Orotava. Dijéronme los marineros que me preparase para tan largo viaje y aprovechase mis paseos por tierra firme, pues sería posible que no volviese a pisarla más en el peor de los augurios, en la aparición del Satán, o que tardase un mes de flotadura como poco, en la mejor de las venturas. No se iban esas palabras de mis pensamientos y mucha inquietud me turbaba.
Por fin, al igual que en Sanlúcar, se repetía el espectáculo tan interesante, con toda su tramoya, de zarpar una flota de barcos, como ya dijere en palabras anteriores. Vocerío vigoroso, órdenes, trajines, movimientos…


Capítulo IV. De la travesía a La Trinidad.
La travesía podía durar desde Canarias, en el mejor de los casos (viento favorable y mar tranquila y sin tempestades, ni ataques de piratas o anglo-holandeses) de un mes a cuarenta días. Generalmente, las primeras semanas en esos meses de verano, el mar está tranquilo, sin lluvias y con vientos de levante, que empujan a poniente, es decir, a América. Es la corriente del Golfo, esa que ya advirtió Colón en la planificación de su aventura. Sin embargo, ya cerca del Caribe, en el verano tropical del hemisferio norte, es la época de los huracanes y la estación lluviosa. Esas tormentas gigantescas se intercambian con días de calma chicha, es decir de ausencia de vientos, los cuales paralizaban, desesperadamente, las flotas durante días y semanas. En este imaginar, vamos a establecer cuarenta días en llegar a Trinidad.
La actual Trinidad y su capital, Port of Spain, fue española hasta la conquista británica a finales del siglo XVIII. Hasta mediados del siglo XVII las flotas llegaban a las pequeñas Antillas, la Martinica o Guadalupe, aunque se perdieron a manos de los franceses y de los bucaneros y filibusteros. Por ello es de imaginar que, a fines del XVII las flotas llegasen a Trinidad. Desde aquí unas iban a La Española, Cuba y Veracruz; otras a Cartagena de Indias (Colombia) y Portobelo (Panamá). La de destino a Veracruz, desembarcaba y cruzaba el centro de la Nueva España, pasando por la Ciudad de México hasta el Pacífico en Acapulco. De ahí otro larguísimo viaje a Manila. El Galeón de Manila funcionó hasta inicios del siglo XIX y era el único cordón umbilical con la metrópoli. El guipuzcoano Andrés de Urdaneta descubrió la Contracorriente del Kurosivo para el tornaviaje a California y bajar de nuevo a Acapulco.
Caso aparte era la ruta del obispo. Desde Portobelo se cruzaba por tierra el istmo de Panamá para llegar al Pacífico. Desde la Ciudad de Panamá se volvían a embarcar viajeros y mercancías con destino a El Callao, el Perú y, en algunos casos, a Chile, a Arica.
Estas rutas, de vuelta, llevaban las platas potosina, taxqueña y zacateca, ambas mexicanas a La Habana. Allí, esperaban la otra plata potosina, la del alto Perú para, juntas, partir con la Contracorriente del Golfo hacia España.


El 12 de julio zarpamos de Santa Cruz rumbo a poniente. Ahora, tras ver cómo el Teide desaparecía del horizonte, dábame cuenta de que, ahora sí era de veras, me alejaba sin remedio de Europa. Es verano y el cielo está azul claro a mis ojos elevados, en contraste con el azul de la mar a mis pies desde la borda. El calor se sobrellevaba por la brisa marina. Me acordaba de que esos días serían infernales por el fuerte calor en mi ya nostálgica Villa de Madrid, sin los soplos refrescantes de los montes Carpetanos o del Guadarrama.
Rutina y aburrimiento dábanme algo de inquietud a mi espíritu, entregado a los designios del Todopoderoso. Sin embargo, mi travesía no fue peligrosa en ningún momento, al decir de los nautas. El viento de poniente a nuestras espaldas, soplaba con fuerza, cuán Eolo enfurecido, dándonos un fuerte impulso con viento en popa. Era espectacular ver todo el velamen desplegado y airearse por esas brisas del mar. Mis labios estaban salados ante mi sorpresa. Un marino reía y me decía que era el salitre del mar.
Absorto en mis pensamientos, apoyado en la borda, revivía los viajes colombinos de doscientos años antes y que tanta imaginación y juegos me inspiraron en las travesuras infantiles en mi Bortedo natal. Por las tardes, leía en mi camarote mis libros de las Yndias, a pesar de mis esforzados ojos ante los movimientos del oleaje, para ir tomando contacto con esas tierras que me iban a ver vivir. Los domingos oficiaba el sacrificio de la misa. Las mañana al medio día rezábamos el Ángelus. Tras el rancho de la cena, y tras el rezo del Rosario, departía con los marinos a la luz de la luna en esas tranquilas noches del estío en alta mar. A veces veía pescar, lo que nos daba pescado fresco sin salazón.
Ora llegaba la calma chicha, ora llegaban las aguas arrojadas por los cielos grises. Era increíble ver la rapidez de los nautas a la hora de arriar velas y ver desnudos con celeridad los palos de la nave. Quiso el Señor que la travesía fuese donosa y agradable, y los días, tanto de tormenta con sus rayos, truenos y relámpagos, y gotas de agua como torrentes caídos del cielo y que yo apenas hubiese visto en las fuertes tormentas del estío castellano, así como los de desesperante calma, con su calor que nos dejase más abobados que el más corto de inteligencia de los bufones, fuesen los menos y apenas no retrasasen el tiempo de travesía. En ningún momento tuvimos inquietud fuerte, salvo a la llegada al Caribe por el aumento de posibilidades de ataques piratas. Las oraciones a mi devota señora: la Virgen de la Almudena, nos defendieron de su aparición, ni de su satánica guía.
El 25 de agosto, tras 44 días de surcar las aguas del heleno Poseidón, llegamos a la isla de La Trinidad. Llevaba algunos días más de los tres meses desde que salí de Madrid.


Capítulo V. De la impresión de estar en las Yndias.
Es de suponer la impresión que se llevarían los españoles al llegar al continente americano: clima tropical asfixiante, mosquitos agresivos, selvas muy frondosas, alimentos nuevos…Pero lo más impactante, la impresión humana: razas mestizadas ya en esos años de finales del XVII, mestizos, mulatos, criollos, indios, negros, formas de lenguaje y giros lingüísticos especiales, relajación de costumbres, etc. Monseñor Mollinedo, que era “castellano viejo”, burgalés, y por ello de costumbres muy clericales y acento duro, se quedaría asombrado de esas liberalidades, la relajación de funcionarios españoles hartos de su destino y con ganas de volver a casa. En Portobelo, la próxima escala, vería aún más estas nuevas situaciones, aumentadas al cruzar el istmo panameño.


Ese día de arribada me fue muy curioso, me veía en un mundo nuevo. Mucho me extrañaba de oír el castellano en tierras tan lejanas. En Sevilla y Cádiz, tan cercanos a otras naciones de la Europa oía francés, flamenco, portugués e italiano. Inclusive, al poco de salir de mi aldea se entra en tierra de bascones [vascos], con su bascuence tan difícil de aprender. Sin embargo a tantas leguas de viaje y seguía oyendo el idioma de Cervantes. Un habla con acento especial, diferente al de la Vieja Castilla. De todos modos ya me había acostumbrado a esa habla de la Andalucía y de las Canarias.
¡Cuán frondosidad de bosques o silvas! Sin embargo, tan detestables por sus mosquitos y alimañas desconocidas por mí. El calor es más sofocante aún, con una humedad de la que es difícil ser fugitivo, pues apenas sirve abanicarse con láminas. Ya me dijeron los navegantes que me acostumbrase y esperase hasta llegar al país de los peruleros [Perú o Virú], mucho más templado de clima. Las lluvias son casi a diario y de forma torrencial a veces. Me dizen que el verano es eterno, por ser tropicales y muy cercanos al ecuador de la tierra, y que estos meses son de grandes huracanes. Pensaba en la suerte habida de no haber sufrido estas embestidas en alta mar, siendo uno de los muchos desgraciados que ya no vuelven a tierra. Ni las galernas del fiero Cantábrico, tan cercano a mi tierra, aquellas que me hablaban los carreteros que iban con sus bueyes a Laredo y Castro Urdiales.
Aunque mucho hubiere leído de los tipos de humanos existentes, nunca había visto razas diferentes a la de los europeos. Ahora veías esas personas llamadas mulatas y negras. Me dijeron que ya no vivían los indios que leía en los mamotretos de las crónicas de Yndias, pues la mala fe de algunos desalmados hizo que todos pereciesen, ya sea por su indolencia, como por sus guerras contra nuestros valerosos soldados. Pero lo más notable para mi ya cansado cuerpo era poder pisar tierra firme, sin haber tenido peligros grandes, gracias a los designios del Santísimo y de mis plegarias a mi Señora de la Almudena.


Nótese la forma de pensar sobre la inferioridad e ingenuidad que muchos españoles tenían de los amerindios, los cuales no eran tenidos ni siquiera por culpables de herejías ante la temible Inquisición.


Tras una semana de ociosidad y de acostumbrarme al Nuevo Mundo, vime inmerso en el nuevo zarpar, aunque esta vez, con menos buques, pues otros galeones viraban a las islas llamadas Antillas, a Veracruz, y al virreinato de la Nueva España, para llegar a la mar del Sur, como yo, pero camino de las islas de las Especias y de las Filipinas, en Asia, aquél lugar al que quisiere llegar en sus sueños hace muchos años el insigne almirante don Cristóbal Colón, gloria de España. Mi flota iría por Tierra Firme, Cumaná y Cartagena de Yndias, para luego ir a Portobelo. Mi galeón iría, no obstante, directo a tierra panameña.


La mar del Sur era el nombre por el que se conocía al océano Pacífico por los españoles durante la época colonial.

El 1 de septiembre partimos de nuevo a la mar, llamada del Caribe. Dicen que estas tierras e islas estuvieron habitadas por feroces indios salvajes que comían la carne humana de los desgraciados prisioneros que caían en sus manos, tras horrendas torturas. Aquí murió el grande marino Juan de la Cosa, santanderino, natural de Santoña y casi paisano mío.
Poco más de tres semanas nos llevó la travesía a Portobelo, por lo que arribamos el día 23 de septiembre. En esta fortificadísima ciudad atracan las naves de las Españas. Acá sí que pude observar a los indios y a los que llaman mestizos. Como es normal en las Yndias, las razas son de negros, mulatos (apareados con la raza blanca), de españoles blancos, y de indios y mestizos (apareados con blancos). Curiosamente se mezclan esos indios con los negros y llámanse zambos. En los capítulos peruleros hablaré más de esta raza nativa y que da nombre a las Yndias.
Al desembarcar los habitantes de Portobelo nos recibieron con gran jolgorio y festividad. Se organiza una feria de intercambios de enseres españoles con enseres de los naturales del lugar. Dizen que es una ciudad de perdición, con afluencia de nativas rameras para pecar carnalmente con los marinos recién llegados y demandantes de sus más lujuriosos favores. El señor quiere castigar estos excesos de lujuria y varias veces ha lanzado sus castigos en forma de ataques satánicos de piratas y corsos, sin que les valiesen sus murallas con sus troneras.
El malvado inglés Drake, a las órdenes de Satanás, atacó la ciudad el pasado siglo y murió acá de fiebres. La ciudad de Nombre de Dios hubo de abandonarse por estos ataques tan diabólicos que acababan en muerte y robos grandes. El año pasado de 1671, el satánico Morgan acababa de saquear la ciudad, más no satisfechas sus avaricias llegó hasta la ciudad de Panamá, la cual arrasase con crueldad.
Pero como también hubiere de contar hechos notables como el de Núñez de Balboa, fiero y valiente extremeño que pudo cruzar estas selvas y llegar a la otra mar océana, la mar del Sur, por lo que se daba una gran lección a los cosmógrafos, que así saberían de un nuevo continente, quedando en entredicho el gran Almirante don Cristóbal. El malvado Pedrarias Dávila lo degolló vilmente, exponiendo su cabeza a guisa de trofeo.


El siglo XVII fue especialmente duro con las posesiones de España en América. La culpa fue de los ataques repetidos de piratas establecidos en el Caribe y gran parte de las pequeñas Antillas, apoyados por los reyes de Francia e Inglaterra. Los ataques eran muy rápidos, de saqueo cruel, los habitantes huían a la selva, donde los piratas no se atrevían a entrar por temor a las emboscadas. Sin embargo Morgan, desde Jamaica desembarcó en diciembre de 1670 en Portobelo y no se contentó con el saqueo. Siguió por el istmo panameño y arrasó también Panamá. A su marcha se llevó un suculentísimo botín, además de un reguero de muerte y desolación. También saqueó Maracaibo y dispuso su base en la recién arrebatada a España, isla de Jamaica.


Capítulo VI. De la llegada a la ciudad de Panamá y a la mar del Sur.
Iba a seguir mi viaje de atravesar el continente por su parte más menguada, camino de la mar del Sur. De Portobelo partimos a tres días de nuestra llegada. Ese día 7 de octubre subimos a grandes barcazas remadas por fornidos esclavos de raza negra. Íbamos por el río que llaman Chagres, de grande corriente de agua y abundante selva que hacía imposible desembarcar en sus orillas. Dicen que es la selva muy peligrosa por los animales feroces que la moran, las serpientes venenosas y, a veces, de tribus de salvajes indios que lanzan dardos envenenados con el llamado curare.
Al final del día llegamos a Las Cruces, en plena selva, llenos de picaduras de violentos y grandes mosquitos, mucho mayores que los de España, y muy fuerte calor. Mis pobres carnes ya estaban algo agotadas del viaje. Apenas pude dormir por el duro calor asfixiante y la humedad, mayor aún que en barco y sin la brisa del mar.
Al siguiente día, el 8, salimos muy de temprano para seguir el camino que llaman de las Cruces, levantado por el malvado Pedrarias Dávila. El susodicho camino ha visto un traer y llevar riquezas grandes desde el Perú, sus tesoros de plata potosina alto peruana y por allí íbamos todos los que a ese virreinato nos llegásemos. Era un camino de grandes y pesadas baldosas, muy al modo de las calzadas de los romanos en España. Dos días en la selva, siguiendo la ruta de Balboa, nos ocuparon en llegar a Panamá, tras atravesar las pequeñas cumbres selváticas. Entrábamos el día 9 de octubre.


Ruinas en Panamá vieja, restos de la catedral


Panamá es toda desolación, aunque en trance de renacer. Al ser asolada, nada me retenía en ese clima asqueante de aire muy húmedo y mucho calor. Un navío esperaba allá con todo mi equipaje, que viajaba en ruta paralela pero con otro ritmo que el mío, sería el encargado de embarcarme en la nueva mar océana. Pero había de reposar por designio del médico, y la ruta salida se demoró, pues el navío debía zarpar. Por ello hube de esperar hasta 15 días viendo los trabajos de reconstrucción, saliendo el día 23 de octubre. En esos días tuve el honor de evocar el día 12 del corriente, la gesta colombina en su 180 aniversario.


Capítulo VII. De la navegación por la mar océana del sur y llegada a Lima.
De nuevo a bordo, ya estaba cercano el final del trayecto, aunque aún me quedaba más de un mes de singladura. Navegaba ahora por otras aguas. Llevaba muy cercana la costa de la Nueva Granada, viendo selvas muy densas y ahora me podía refrescar el tremendo calor con la brisa del mar. Mis pensamientos apenas giraban ya en la melancolía de España, ya quería llegar al mi destino lo más prontamente que pudiere. Ahora no temía ataques de piratas ni temporales fuertes. Ya estaba familiarizado con la navegación y era normal para mí el traqueteo de las olas marinas. Desta parte del viaje las cosas son mucho mas livianas. Ya había pisado las Yndias y ya no tenía sensación de ser impresionado por el Nuevo Mundo.

A estas alturas del viaje ya la tensión bajaba de tono en los viajeros, solo el cansancio podía mellar algo la mente. En esos momentos ya tenía el viajero español contacto con el cambio de hemisferio y de climas, de razas y hasta de mentalidades, además de haber probado otros alimentos. En suma ya había tomado contacto con el exotismo.


El 6 de noviembre atracábamos en el puerto de Guayaquil, al norte del Perú. Me sentía ahora siguiendo la ruta del gran Francisco Pizarro, con Diego de Almagro y el padre Luque.
El clima guayaquileño es también muy cálido. Además, estando ya en la raya ecuatorial, la estación era de la primavera austral. Me era chocante pensar que en esos días se nacía el otoño en España, con sus bosques ocres esperando desprenderse de sus hojas. La ciudad es de mercaderes y de mucho ajetreo como es menester en esos lugares de gente de comercios. Ahora sigo viendo las mismas razas y sus mescolanzas, aunque más tipos de indios. En esa ciudad oré mucho el día 9 de diciembre, día de mi señora Virgen de La Almudena, a la que dí mis devotas gracias por haberme guiado lejos de los peligros de tan luengo viaje que ya estaba llegando a su final.


Barrio de las Peñas en Guayaquil.


Tras diez días de estancia en este puerto iniciábamos la última singladura. Las corrientes del mar vienen ahora desde el sur [se refiere a la corriente fría de Humbold, que arrecia desde el sur], nos vienen de cara y la navegación es algo más lenta. Vamos muy cerca de la costa. Se avistan unas montañas muy lejanas y muy altas: eran los Andes, tantas veces citadas en los tratados de la geografía del virreinato del Perú.
El día 8 de diciembre, tras tres semanas de navegación tranquila, atracamos en El Callao, el gran puerto de Lima. Aún no había llegado a mi diócesis, pero ya estaba en el corazón de las Indias. España ya me parecía de otro planeta y ya no quería oír hablar de vuelta.

CONTINUARÁ