sábado, 9 de febrero de 2013

ATLAS DE HISTORIA UNIVERSAL (I): LA EDAD CONTEMPORÁNEA

Como ya dije me voy a internar en la confección, lenta, eso sí, de un atlas de Historia Universal, tras realizar los esbozos de uno de Historia de España. Esta primera entrada se incluyó en la última de aquella serie. Ahora la expongo aquí y la elimino de aquella. Pues nada, repetir que son mapas de libre y plena disposición de cualquier lector que los lea y aquél al que interese.
Saludos.

EL NACIONALISMO EUROPEO DEL SIGLO XIX: LOS CASOS DE ITALIA Y ALEMANIA.
EL IMPERIO AUSTRO-HÚNGARO.
EL NACIONALISMO IMPERIALISTA EXTRAEUROPEO
 
El auge del nacionalismo en la Europa de la Restauración tras la guerras napoleónicas, se manifestó en dos formas, aunque ambas tenían una base social liberal burguesa y popular. El nacinalista, para el logro de sus aspiraciones, tiene que luchar en un doble frente: el de la guerra civil por un lado y, por otro, el de la guerra de liberación nacional. La burguesía nacionalista identifica al estado al que pertenece -pero de distinta cultura- como opresor y como el enemigo absolutista a batir. Además, en ese siglo XIX, el Romanticismo recupera el interés por lo folklórico y por el estudio de las historias nacionales, especialmente por el Medievo. El recuerdo de un pasado legendario o idealizado, que en algunos casos coincidió con una época independiente y de especial esplendor histórico, es el pretexto del burgués nacionalista, que en este siglo XIX pertenece a otro estado, de diferente religión o mentalidad colectiva.
Como decimos, hay dos formas de nacionalismo: el reunificador y el disgregador. El nacionalismo reunificador busca reunir territorios que no forman un estado propio, pero que se consideran un mismo país. Estos territorios tienen diferentes estados independientes y, también territorios que pertenecen a otra nación de diferente cultura. Es el caso de Italia y Alemania. Un territorio que sobresale de los otros, emprende el camino de unirse con otros de igual cultura. Como es lógico, no hay unanimidad en aceptar que ese territorio sea el protagonista de la unificación: casos de Nápoles o Baviera (que no aceptan la tutela de Piamonte o Prusia), por lo que hay una guerra civil. Paralelamente, un estado más poderoso y de otra mentalidad colectiva, domina parte de esos territorios (sobre todo el caso de Austria-Hungría), por lo que se asiste a una guerra de liberación nacional.
Al tiempo hay un país ajeno al proceso pero que intenta intervenir para evitar la formación del país resultante. Es la Francia de Napoleón III, que interfiere en los propósitos de los nacionalistas de Italia y Alemania. En ambos casos salió mal parada y ocasionó su propia caída.
A finales del siglo, en la zona Balcánica y en Centroeuropa, se asiste al auge del nacionalismo disgregador, en el cual no se trata de reunificar territorios, sino simplemente de iniciar una guerra de independencia. Será el caso de la descomposición de los imperios otomano y austro-húngaro. Estas burguesías asisten a guerras de liberación nacional, frente a la opresión extranjera.


La formación de Italia como un estado moderno propiamente dicho es reciente, en comparación con su historia milenaria. Desde los años del Renacimiento hasta 1870, la actual península Itálica y los territorios al sur de los Alpes, siempre eran considerados por los demás europeos como Italia en sí, y sus propios habitantes se autoconsideraban a sí mismos como italianos. Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael, Bernini, etc, etc. Sin embargo, sus territorios formaban un verdadero mosaico de estados independientes entre sí. Por si fuera poco, desde finales de la Edad Media hispanos y franceses se habían introducido en la península y se disputaban su control.
Durante la Edad Moderna se asiste a la pugna en territorio itálico por su dominio, con la resignada mirada de los propios italianos y el mismo Papado. Los pontífices intentaban contrapesar a ambas potencias extranjeras para evitar la hegemonía de una sola y así tener la esperanza de la debilidad de ambas para, en un futuro cercano, poder lograr una independencia.
Tras la Guerra de Sucesión española (1702-1714), los españoles son expulsados de la península y se introduce el poder austríaco en la península, que logra rechazar un intento de reanexión española en el reinado de Felipe V, ordenado por el cardenal Alberoni. Sólo la monarquía de Saboya y los Estados Pontificios quedaban como los dos grandes países autóctonos, además de pequeños reinos secundarios. Con el pasar del siglo XVIII los Borbones españoles se introducen en Nápoles y en Parma como reyes independientes de la corona de España.
En el siglo XIX, con el auge del nacionalismo, aparecen los primeros intentos de una futura reunificación. Ya Napoleón había intentado la fromación de un reino satélite de Italia, que fracasó tras la caída del corso en Waterloo en 1815. Desde entonces, revolución burguesa italiana y reunificación nacional irían de la mano, como se vería en las revoluciones románticas y democráticas de 1848.
El Papado aspiraba a esa unificación desde un punto de vista religioso. Esa postura llegó a tener cierto apoyo. Sin embargo, la silla de San Pedro fue ocupada por el oscurantista Pío IX, que tras un inicio de pontificado relativamente liberal, se destacó por su oposición frontal al signo de los tiempos.
Descartado el estado del Vaticano, el reino de Nápoles, atrasado y en manos de los Borbones, tampoco era un elemanto en el que la burguesía nacional pudiese confiar. Los pequeños estados del centro-norte eran débiles y también antiliberales. Sólo el reino del Piamonte, con la dinastía de Saboya al frente era una garantía de éxito.
El primer ministro piamontés, Cavour, inició una hábil diplomacia para atraerse a la Francia de Napoleón III y expulsar a los austriacos del norte y noreste.
Según vemos en el mapa (1) Cavour hubo de ceder para siempre Niza y la propia Saboya al emperador galo. A cambio Piamonte-Cerdeña (2) conseguiría, tras una guerra con Austria, la próspera Lombardía (3) y su capital Milán. Los piamonteses lograban anexionarse ya sin violencia, y en medio de la euforia popular, los pequeños reinos del centro (Módena, Parma, Toscana), trasladando inclusive la capital de Turín a Florencia, naciendo el reino de Italia, con la intención futura de seguir la expansión.
La siguiente etapa de la unificación consistió en anexionar la costa adriática del Estado Pontificio (Romaña y las Marcas) para poder atacar al reino borbónico de Nápoles (4), bastión reaccionario, atrasado social y económicamente. Garibaldi y sus tropas nacionalistas desembarcaron en Sicilia y, tras conquistar la isla, siguió hacia la península, para unirse a los ejércitos italianos del norte y confluir en capital napolitana.
En 1866, tras la derrota de los austriacos ante los prusianos, los italianos podían anexionarse el Véneto (5). Los austriacos habían sido expulsados casi por completo de Italia, pues conservarían hasta 1919 el Trentino.
En 1870, también aprovechando los ataques prusianos a Francia, protectora del Papa Pío IX, conseguían los italianos entrar en la ciudad de Roma (5), convertida en la capital del reino. Acanbaba así el proceso de unificación, aunque reconociendo al Vaticano como un estado independiente, sin que Pío IX reconociese el Estado Italiano. Habrá que esperar a los pactos de Letrán en 1929 para el reconocimiento papal de la Italia de Mussolini.


Respecto de la unificiación nacional de Alemania se puede decir que sigue las pautas generales observadas en el caso italiano. Alemania, la vieja germania romana y en la Edad Media el Sacro Imperio Romano Germánico, era también un mosaico de estados en la época renacentista. En la mitad sur alemana el catolicismo era mayoritario y logró resistir con éxito el avance del luteranismo del norte. El último gran emperador, el católico Carlos V y primero rey Habsburgo de España, hubo de aisistir al inicio de las desgarradoras guerras de religión y que tendrían su colofón en la de los Treinta Años (1618-1648).
Durante el siglo XVIII emergió un poderoso estado en el este: el reino de Prusia, gobernado por la familia de los Hohenzollen. Esta sería la versión alemnana de los Saboya italianos. También, como en el caso italiano, todos los habitantes del Imperio se autoconsideraban a sí mismos como alemanes, pero sin un estado común. También los Habsburgo de Austria dominaban el Imperio junto a los prusianos.
Al llegar el siglo XIX, con las guerras napoleónicas, nació la Confederación Alemana, heredera del viejo Sacro Imperio. Tras 1815, con la restauración del absolutismo, Prusia, con la anexión del oeste, se convertía en la principal potencia. Tras el fracaso de las revoluciones de 1848, el nacionalismo aborreció del poder austriaco y se acercó a Prusia. En el ámbito económico nacía el zollverein, unión aduanera y comercial, que incluía la parte austriaca no eslava.
Un estadista y notable diplomático, al igual que el italiano Cavour, el canciller Otto Von Bismarck, sería el motor de la unificación. Tres fases serán necesarias para la reunificación.
En un primer momento, Bismarck supo atraerse a su futuro enemigo para resolver la cuestión de los ducados daneses. Una guerra de la alianza austroprusiona contra Dinamarca, acabó con la incorporación de Sleswig y Holstein a Prusia, mientras que Mecklemburgo pasaba a la Confederación.
En una segunda fase, Bismarck sabía de la necesidad de expulsar a Austria del proceso, por lo que forzó al enfrentamiento con los Habsburgo. En la batalla de Sadowa (1866) aplastó a los austriacos, dejando las manos libres a los prusianos para diseñar la unificación bajo su órbita. La consecuencia fue la alianza con el otro enemigo de los austriacos: la naciente Italia, la cual consigue el Véneto.
En una tercera fase, Bismarck, ya libre de los austriacos, decide provocar a Francia, para conseguir la anexión de la Confederación Alemana del Norte y las regiones francesas de Alsacia y Lorena. Nacía el Imperio Alemán bajo la tutela de Prusia y capital en Berlín, con el kaiser Guillermo I.
Por fin, en una cuarta fase final, Bismarck consigue anexionarse la Confederación Alemana del Sur. Alemania entraba en una época de hegemonía en el continente europeo.


En este mapa encontramos el ejemplo del nacionalismo disgregador. Desde el siglo XIX se reavivaron los movimientos nacionalistas en el imperio austrohúngaro regido por la dinastía de los Habsburgo. El viejo imperio era un conglomerado de nacionalidades muy diversas.
Muy minoritaria es la cultura de la región que domina: la cultura germánica austriaca. Ya desde mediados del siglo se optó por hacer una monarquía dual o bicéfala: una, en la propia Austria, en los territorios más occidentales, y la otra en Hungría, con los territorios orientales. Viena y Budapest serán las dos capitales. El imperio no durará mucho, a pesar de su engrandecimiento territorial a costa de los despojos del viejo imperio otomano en los Balcanes desde finales del siglo XIX.
Repasando los pueblos gobernados bajo el cetro imperial observamos que conviven germánicos, de religión católica, en la actual Austria (1); magiares o húngaros (2), también católicos; checos y eslovacos (3), de religión luterana; eslavos croatas y bosnios (4), de religión ortodoxa y minorías musulmanas; rumanos de Transilvania (5), de religión ortodoxa; polacos (7) católicos de Galitzia, muy católicos; y, por último, italianos (6) del alto Adigio o Trentino, católicos.
Como era de esperar, era un imperio de dudosa lealtad y, en la gran crisis social y económica que derivó de la Primera Guerra Mundial, saltó por los aires. Todas estas ncionalidades citadas se independizaron del viejo imperio, atizadas por la aplicación del principio de libre autodeterminación que impuso el presidente estadounidense Wilson en los Tratados de Versalles de 1919.
Hungría (Budapest) nacía de nuevo como país independiente, así como Checoslovaquia (Praga). Por su parte, la nueva Polonia, independizada de la Rusia zarista, se anexionaba Galitzia y su capital Cracovia. También se unían a un nuevo estado los bosnios y croatas, que lo hacían a la nueva Yugoslavia (Belgrado), heredera de la vieja Serbia, así como los transilvanos se reunían con el -aún joven- reino de Rumanía. Finalmente, el Alto Adigio, la región del Trentino, mayoritariamente italoparlante, pasaba a manos de la monarquía italiana de los Saboya. Era el final de la unificación italiana.
La actual Austria, el territorio germánico, derrocó a la dinastía secular y proclamó la I República, en medio de disturbios revolucionarios.


Y, en último lugar, el nacionalismo expansionista o imperialista. Surgió en la segunda mitad del siglo XIX como consecuencioa de la II Revolución industrial. Junto a los dos grandes imperios occidentales, el francés y el británico, nacían los de otras naciones europeas, incluso en el propio Estados Unidos. África y Asia van a sustituir a América Latina (sometida indirectamente por Estados Unidos) y ambas caerán en el dominio de diversas naciones europeas. Postulados racistas de superioridad de la raza blanca sobre las demás y postulados económicos de necesidad de materias primas nuevas, son las bases de este nacionalismo expansivo.
África es la presa más débil y asequible. En el Congreso de Berín de 1885-86 fue repartida a modo de botín como puede verse en el mapa. Asia, por el contrario, presa de mayor dificultad para ser sometida, no fue conquistada por completo. Los europeos hubieron de contentarse con someter ciertos territorios de forma indirecta, como en el caso de China, o en los estados-tapón o barreras entre imperios para no chocar entre sí (ET). Estos estados fueron Irán, Afganistán, Nepal, Buthán, Tíbet o Thailandia. Servían como barrera entre rusos y franceses frente a británicos.
En 1914, con la Primera Guerra mundial, los alemanes serán expulsados de ambos continentes. Más tarde japoneses e italinos, tras la Segunda Guerra Mundial. Para más adelante dejamos el nacionalimo descolonizador afroasiático, ya en la segunda mitad del siglo XX, con la expulsión del resto de potencias europeas.

 
LOS PRIMEROS PASOS EN LA UNIFICACIÓN EUROPEA:
LA EUROPA COMUNITARIA DE LOS AÑOS 60
 
En 1957, por el Tratado de Roma, nacía el Mercado Común Europeo con seis países miembros: Francia, República Federal de Alemania, Italia y el trío del BENELUX (Bélgica, Holanda y Luxemburgo). Eran tiempo de Guerra Fría y de superación de la postguerra europea: tres grandes países agredidos por el Eje se asociaban con los dos grandes vencidos.
Sin embargo, los otros países europeos no lo vieron con buenos ojos, sobre todo Gran Bretaña, país que favoreció un segundo bloque de países alternativos a los "seis" de Roma. En 1960, por el Tratado de Estocolmo, nacía la EFTA con siete países miembros: Austria, Dinamarca, Gran Bretaña, Noruega, Portugal, Suecia y Suiza. En 1961 se sumaba Finlandia y mucho más tarde, en 1970, lo hacía Islandia.
Parecía que la EFTA triunfaba sobre el Mercado Común Europeo, pero era una apariencia, pues en breve, tres países básicos de aquella ingresarían en el Mercado Común Europeo, desequilibrándose definitivamente la balanza en favor del Mercado Común.
 


LA EUROPA COMUNITARIA DE LOS AÑOS 70

En la década de los 70 Europa continúa avanzando en su proceso de integración. El Mercado Común Europeo pasa a denominarse Comunidad Económica Europea (CEE) desde 1973 con la incorporación de dos antiguos miembros de la EFTA (Gran Bretaña y Dinamarca) e Irlanda. A finales de la década (1979) se incorpora Grecia, país mediterráneo que ya ha superado su dictadura política. Nacía la "Europa de los Diez". Este año de 1979 se celebran las primeras elecciones al Parlamento de Estrasburgo, por lo que ya se aventuraban objetivos más allá de los meramente económicos.
En esta década la EFTA queda ya relegada de la Europa del futuro, el cual ya pasa definitivamente por la CEE. Dos de sus miembros se han mudado a la Europa de Bruselas.



LA EUROPA COMUNITARIA DE LOS AÑOS 80



LA EUROPA COMUNITARIA DE LOS AÑOS 90



LA EUROPA COMUNITARIA DE LA PRIMERA DÉCADA DEL SIGLO XXI


 

9 comentarios:

Cayetano dijo...

Buenos mapas y textos de un tema que he dado hace menos de un mes a mis alumnos adultos, que no adúlteros, de secundaria. Época del despertar de los nacionalismos de todo tipo: el romántico y liberal que busca su identidad y que lucha contra las fuerzas reaccionarias de un Antiguo Régimen que se resiste a desaparecer y el nacionalismo depredador, excluyente y xenófobo que se siente en la obligación histórica de expandirse, origen de los graves conflictos del siglo XX.
Un saludo.

Juan dijo...

Cayetano, estamos ahora inmersos en el fácil recurso al nacionalismo y al populismo. En la entrada se ve cómo el inicial nacionalismo romántico degenera en el imperialismo, que nada tiene que ver con la liberación verdadera de pueblos y sociedades.
Saludos.

desdelaterraza-viajaralahistoria dijo...

Me gustan los mapas, pero también el texto. Un buen resumen de las complicada situación europea en el siglo XIX. Alguna de aquellos procesos traerían consecuencias en el siglo XX y aún en el XIX.

Juan dijo...

Hola DLT. Pues sí, desde luego que la situación de aquella Europa fue complicada y de muy difícil parto la revolución burguesa. El nacionalismo apareció y degeneró en guerras que en el siglo XX fueron terribles.
Gracias por tu visita DLT. Un abrazo.

Mari-Pi-R dijo...

Sigo leyendo tu excelente trabajo de documentación y de mapas.
Feliz domingo

Juan dijo...

Hola Mari-Pi, encantado de que te resulten provechosos estos mapas.
Saludos y buen lunes.

Ambar dijo...

Muy interesante tu entrada. Un texto que resume y aclara la situación tan complicada que vivió Europa.
Saludos de tu nueva seguidora13546

Juan dijo...

Bienvenida al blog, Ámbar, espero seguir escribiendo cosas que te interesen.
Saludos

Ji Yeon dijo...

Great post, Thanks for sharing!

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