jueves, 3 de mayo de 2012

PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA, UN AVENTURERO DESCONOCIDO (Y DOS)

SARMIENTO DE GAMBOA; Pedro
¿Pontevedra?, 1532 / 1592, Atlántico en las proximidades de Lisboa

En España y en la Nueva España
Este fascinante explorador, “más terco que la misma terquedad”, tuvo una existencia rocambolesca como vamos a ver. Su origen mismo ya es discutible y es un misterio. No está clara cual fue su cuna: ¿Pontevedra? ¿Alcalá de Henares? Dos localidades tan bellas como dispares. Lo que sí es seguro es que era un galaico de cultura por los cuatro costados. Hijo de padres gallegos, tuvo una infancia pontevedresa, donde debió ser un chaval ya pícaro, muy propio de la España de su época. Un chiquillo muy despierto. A sus dieciocho años se alistó en el todopoderoso ejército del emperador Carlos.
Cortas debieron ser sus expectativas por lo que el salto a las Américas debió ser su anhelo. En 1555, a sus 23 años, lograba dar su salto, el viaje que la cambiaría el rumbo de su monótona vida, aquella que se negó a vivir. Su destino debió de ser Veracruz, el puerto antesala del virreinato de la Nueva España.
En dos años de residencia en la Ciudad de México tuvo fuertes problemas con la Inquisición. Es posible que su inquietud por saber y formarse chocase con las cerradas mentes del Santo Oficio. Ante ello hubo de huir en 1557, con sus aún jóvenes 25 años. ¿Dónde ir? ¿Volver a la provinciana Pontevedra como indiano fracasado y perseguido? No. Con sus conocimientos geográficos seguro que su mente aventurera no debió de pensar mucho el destino: Lima, la otra capital virreinal de las Américas hispanas.

Una nueva vida en el Perú
Sí, el “Virú” le cambió la vida. Sin embargo, su trayectoria peruana no fue tranquila tampoco. Volvió a tener problemas con el Santo Oficio. Su mente seguiría exigiendo más. En la Ciudad de los Reyes (primer nombre de Lima dado por Pizarro) no perdió el tiempo. Estudió intensamente largas horas para ampliar sus conocimientos de Cosmografía, Geografía y Náutica. A sus 32 años, en 1564, la Inquisición limeña lo acusó de hechicería, delito gravísimo en aquellos años. Tras ser encarcelado, el juicio. El Tribunal le condenó al destierro. Ocho años después de su desembarco en El Callao, en mayo de 1565 fue condenado al destierro. Huido de Nueva España y expulsado de Lima. Parecía que el retorno a España estaba asegurado. Sin embargo, con su tenacidad y haciendo alarde de astucias de todo tipo, se las ingenió para que la pena fuese cambiada.
En aquellos días, en los inicios del reinado del joven rey Felipe II, Castilla empezaba a perder su batalla con Portugal por la llegada a las verdaderas Indias, es decir a Asia, a las islas de las Especias. Se estaba jugando su presencia en el amplísimo océano Pacífico, en esos tiempos la Mar del Sur. La necesidad de marineros en aquella empresa viajera hizo posible que se le conmutase el veredicto a cambio de ir en una expedición al Pacífico en busca de las islas Salomón. Su fama de marino bien preparado le había dado esta oportunidad. Ahora empieza su lado más fascinante.

Surcando el Pacífico: descubrimiento de las islas Salomón
En 1567, en los mentideros de Lima se rumoreaba la idea de que los incas sabían desde hacía muchos años antes de la conquista española, de la existencia de un fabuloso reino rico en oro navegando hacia el oeste de Lima por la temida Mar del Sur. Los rumores de este tipo despertaban la imaginación, las más de las veces sin fundamento alguno, más allá de la simple ensoñación, de aquellos desgraciados aventureros que soñaban sus riquezas y la posterior vida fácil, sobre todo tras ver el éxito de otros conquistadores. Si en el sur de los actuales Estados Unidos, Vázquez de Coronado creyó que encontraría Cíbola, la ciudad del oro, o Francisco de Orellana creyó que el país de la Canela estaba al este de Quito y de los Andes; en aquella Lima se creyó que eran las minas del rey Salomón, aquellas de las que hablaban los incas. Ante estas certezas el presidente de la Real Audiencia de Lima, don Lope García de Castro, virrey en funciones, organizó una expedición al mando de su sobrino Álvaro de Mendaña. Sarmiento de Gamboa pidió el mando para él, pero no tuvo éxito. Iría en la expedición como segundo, como capitán, junto a otro capitán: Pedro de Ortega.
Dos naves zarparon de El Callao en noviembre de 1567 con la misión de descubrir la imaginada Terra Australis y fundar una colonia. El 7 de febrero de 1568 llegaron a las islas Salomón, pero no a Australia. El resto del año estuvieron explorando la gran cantidad de islas del archipiélago. Entre ellas la célebre Guadalcanal por los combates de la II Guerra Mundial entre marines americanos y los japoneses. Tras contactar con las diversas tribus de nativos no hallaron ni rastro de oro. La vuelta sería siguiendo la ruta del Galeón de Manila, es decir, dejarse arrastrar por la corriente del Kurosivo para llegar a Acapulco. De allí su regreso a El Callao, donde llegaron el 22 de julio de 1569.

Un cosmógrafo al servicio del virrey Francisco de Toledo
Tras el fracaso del viaje en su lado oficial, el crecimiento interior de nuestro hombre debió de ser grande. Un gran viaje de descubrimiento y no un mero periplo sobre tierras ya exploradas, además de la aplicación práctica de sus conocimientos adquiridos anteriormente, le dieron una inmejorable reputación en el virreinato. En 1570, con 38 años y ya maduro, el virrey Toledo le ofreció una plaza de acompañante en un viaje de exploración a lo largo y ancho del virreinato. Lejos quedaban sus andanzas de conducta poco religiosa a los ojos del temido Santo Oficio.
Sus primeros 40 años de vida los coronaba al acabar su viaje con el virrey en 1572. Su agudeza y sentido de la observación, además de su amplia cultura divulgativa, le animaron a escribir una extensa “Historia Índica”, compendio de geografía e historia peruanas. En esta crónica defiende la conquista española como una liberación de los pueblos sometidos a la tiranía de los incas a la llegada de Pizarro. Era un eficiente funcionario del virreinato y parecía haber llegado a la cima de sus aspiraciones. Incluso pasaba a la historia de la literatura en su apartado de cronistas de Indias.

La Historia Índica

Tras el abandono del paso del sur por ser peligroso e impracticable, el gobierno español anunció al mundo que una gran roca había taponado el Estrecho de Magallanes para evitar merodeos de otros barcos de naciones rivales. Como es de suponer, los ingleses no se tragaron lo que era todo un bulo y en agosto de 1578 llegaba al estrecho de Magallanes el temible pirata sir Francis Drake, el verdadero martillo y pesadilla del reinado de Felipe II. Tras cumplir con su repetitivo ritual de asaltar barcos hispanos, saqueó los hoy puertos chilenos de Valparaíso, Coquimbo, Arica y El Callao. El virrey no dudó en ordenar a Sarmiento la persecución del inglés. Sarmiento se dio a esa orden pero no pudo evitar que el hábil pirata se le escapase.
No obstante, el virrey Toledo siguió confiando en sus dotes. Y en 1579, es el encargado de explorar el estrecho de Magallanes. Ahora, a sus más que maduros 47 años, iba a empezar la verdadera aventura de su vida. El estrecho de Magallanes lo marcaría para siempre: sería su fama y su fracaso.

La primera aventura en el Estrecho y en la Patagonia
Zarpó de El Callao en octubre de 1579. Tenía 47 años y una nueva misión al servicio de la monarquía: explorar y buscar un lugar adecuado para asentar una población civil estable y unos fuertes con una guarnición lo suficientemente preparada y armada para poder defender ese paso del sur frente a naves piratas que pudiesen atacar el virreinato peruano o posibles colonias extranjeras de los países enemigos de la Corona. En enero de 1580 llegó a la isla Desolación (cabo Deseado, en el lado occidental del estrecho). Una vez internado en aquellas angosturas, tras explorar posibles asentamientos, decidió asentarse en el paraje actual llamado Puerto del Hambre, a unos 80 kilómetros de Punta Arenas, en territorio chileno, casi junto a los restos de un viejo fuerte del ejército chileno fundado en 1843 (Fuerte Bulnes) y que es el lugar ruinoso al que llegaron aquellos osados marinos de la Numancia y que describe Galdós en el texto anterior.
El 24 de febrero de 1580 salió del estrecho por el lado oriental, al océano Atlántico. Había navegado en sentido inverso a Magallanes 60 años después de la gesta del portugués. Sin embargo no era el primero. Juan Ladrillero, marino onubense de Moguer, ya lo había surcado en 1558, aunque sin volver por el Atlántico, sino que regresó a Concepción, en Chile, donde falleció.
Por la costa americana llegó a la ruta del tornaviaje atlántico con rumbo a la península. Tenía la alegría de saberse un marino eminente, de haber igualado parcialmente a Magallanes. Sabía que iba a impresionar al mismo rey Felipe II y que entraría en la historia americana al lado de los grandes.
Ya en España el rey, más ocupado en la campaña de anexión de Portugal, aprobó el proyecto sin grandes problemas. Sarmiento sería el gobernador de las tierras descubiertas. En verdad era un proyecto ambicioso que podía recordar al colombino (dos rutas importantes, la del Atlántico a Asia y la del Sur a Asia también, con los reyes ocupados en otra causa peninsular: los Católicos en Granada y Felipe en Portugal). De haber triunfado se habría dado un golpe a la ruta del momento, la que iba a Cartagena y Portobelo, para atravesar el istmo de Panamá por el camino de Las Cruces. Hubiera supuesto el desarrollo del sur chileno, que aún no estaba dominado (ni lo estaría por mucho tiempo, hasta la época del Chile republicano), dada la dura y tenaz resistencia de los mapuches o araucanos.

Los primeros contratiempos de un terco burlado por los caprichos de la naturaleza
Los agobiantes calores andaluces del verano de 1581 en Sanlúcar de Barrameda, así como los arduos trabajos y preocupaciones que conllevan los preparativos de cualquier expedición, no debieron de suponer mucha mella al animoso, curtido y casi cincuentón marino. Debió de hacer algún que otro viaje a la todopoderosa Casa de Contratación en la entonces populosa y cosmopolita ciudad hispalense del dieciséis Por fin llegó la hora de zarpar en septiembre. Todo parecía perfecto. 2500 personas y 23 naves al mando de Diego Flores de Valdés. Mujeres y niños iban en las naves para hacer esa empresa tan arriesgada. Y sin embargo ya se anunciaban las futuras desgracias: al poco de iniciar la singladura, un duro temporal le obligó a regresar a Cádiz en octubre.
Nuevamente reorganizar las vituallas, así como la marinería y el pasaje durante todo el otoño. Por fin, en diciembre de 1581 volvieron a hacerse a la mar. Las primeras jornadas de la travesía eran las típicas por el Atlántico, pasar las Canarias y llegar a Cabo Verde, en ese tiempo recién pasada a la soberanía de Felipe II. En el archipiélago africano reorganizaron los últimos detalles antes de surcar el océano. En febrero de 1582 se hacen a la mar, para atracar en Río de Janeiro al mes siguiente. En el Brasil esperaron mejor tiempo varios meses. Era el invierno austral y la espera resultaba obligada.
Reanudaron el viaje en noviembre de 1582, llegando al estrecho en febrero de 1583. El verano austral no debió de ser bueno, pues al llegar a la entrada oriental el tiempo seguía desfavorable. El contratiempo climatológico volvía a jugarle una mala pasada al “más terco que la misma terquedad”. Ante la inhospitalidad del sur patagón hubo de verse obligado a regresar a Río con las orejas gachas de nuevo, como ya sucediera en Cádiz. De no haber sido terco hubiese abandonado la empresa, pero … ¿tenía esa alternativa? No es de imaginar a cualquier explorador de la época renunciar a esa empresa americana que aseguraba la vida en el disfrute de gobernaciones y encomiendas. Un sueño difícil de renunciar para muchos europeos sin nada que perder en sus aldeas de origen. Decir que Flores de Valdés abandonó la empresa y zarpó rumbo a España. Ahora quedaba solo nuestro hombre.

Los asentamientos y de nuevo los caprichos de Poseidón … ¡y de los piratas y bandoleros!
En diciembre de 1583 decidió volver a zarpar. El 4 de febrero de 1584 pudo llegar por fin al Cabo de Vírgenes, entrada oriental del estrecho magallánico. Ahora sí estaba dispuesto a su proyecto. El día 11 fundaba el asentamiento de Nombre de Jesús. El lugar es inhóspito y batido por los fuertes vientos gélidos del sur que envía el ya no muy lejano continente antártico. Lo contrarresta la belleza de sus paisajes. Pero la belleza y el sentido práctico no son sinónimos, y menos en aquellos tiempos, por lo que pronto comprendió la imposibilidad de que el lugar no podría albergar tanta población.
Su resolución fue casi salomónica, como el nombre de aquellas islas que descubrió con anterioridad: fundaría una nueva aldea con la mitad de la población. Para ello decidió internarse en las entrañas del estrecho. Tras hacer la redistribución de los colonos partió rumbo al suroeste. Cercana a la actual Punta Arenas erigió la Ciudad del Rey Don Felipe, en honor al monarca que le había apoyado en su terquedad. Era el 25 de marzo. Allí estuvo los meses de abril y mayo organizando la nueva colonia. El 24 de mayo, zarpó a Nombre de Dios, donde preparó su marcha a Brasil en busca de nuevas provisiones, llegando a Santos el 29 de junio. Tras hacerse con las vituallas necesarias, zarpó de hacia el Estrecho pero una tempestad hundió la carga y muchos marineros perecieron ahogados. Sarmiento y algunos tripulantes se salvaron. La terquedad le hizo reorganizar el nuevo viaje tras superar los problemas de la tripulación y sus deserciones al ver que era la empresa de un terco. En enero de 1585 zarpó de nuevo al estrecho, pero otra vez una tempestad le hizo volver a Bahía, donde ya los tripulantes se negaron a embarcar. Poseidón le estaba burlando una y otra vez. Tras más de un año de inactividad en Brasil, decidió volver a España en junio de 1586. Aún Poseidón la daría otra sorpresa: la haría encontrarse con un desagradable visitante: la naciente piratería en las aguas atlánticas de ese siglo. Su nave fue apresada en el Atlántico por el temible Walter Raleigh. Dio con sus huesos en el Londres isabelino, por aquél entonces en plena guerra contra la monarquía filipina de “El Prudente”, el cual ya sopesaba la invasión de la isla con la “Invencible”. Tras interrogarlo Isabel I en la Torre de Londres, fue liberado.
Si el Atlántico se lo puso difícil, una vida tan tocada por las desgracias no podía esperar menos en su viaje por tierra. Tras desembarcar en Francia y atravesar hacia el sur, camino de España, cuando ya estaba en Aquitania, cerca de los Pirineos y del Bidasoa, una partida de bandoleros hugonotes le tendió una celada y lo encerró en la localidad gala de Mont de Marsan. Era el 9 de noviembre de ese infausto año de 1586, en el que cumplía los 54 años. Viendo sus dotes de buen marino, adivinaron los secuestradores que se trataba de alguien importante, por lo que decidieron pedir un elevado rescate. Es de imaginar que cada día de encierro la mente no le daría tregua en el castigo de su conciencia, por lo que no es de extrañar que cada día se acordase de sus náufragos patagones, abandonados a su suerte y que el cruel destino impedía su socorro. Tres largos años estuvo en esa nueva prisión que le adentraron en su definitiva vejez y decadencia, impidiéndole volver a “su estrecho”.
Felipe II accedió al pago en diciembre de 1589. Sarmiento tenía ya 57 años y su vida ya se apagaba, aunque no su terquedad.


Plácido viaje por Castilla esperando lo inesperable
A mediados de 1590, tras cruzar las risueñas campiñas castellanas, llegaba al monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde el rey le dio audiencia una década después de aprobar su proyecto ambicioso. Esta vez un rey ya muy anciano y melancólico, tan derrotado como él por la historia de su vida, le denegó el auxilio a sus colonos, los cuales quedaban condenados a su suerte. En realidad cualquier persona de juicio normal ya imaginaba el destino de aquellos desgraciados. El destino ya los había ajusticiado.
Sin embargo, el rey Felipe le premió su fidelidad y le nombró, en 1591, almirante para proteger la flota de Indias, un cargo simbólico más que efectivo. Tenía y 59 años y también era ya un anciano de salud quebrada por los sinsabores vividos.
Embarcado en una flota de vigilancia, en julio de 1592 estaba cerca de la costa lisboeta. Se sintió indispuesto en el buque y falleció al poco, en el mar. Su cuerpo se enterró en esa ciudad. Era el final de un personaje de biografía tan singular como apasionante.


1. Pontevedra natal
2. En la Nueva España, su primer destino americano
3. En el Perú, donde se formó verdaderamente
4. A través del Pacífico como descubridor 
5. La con sagración en la Tierra del Fuego
6. El apresamiento en algún lugar del Atlántico
7. En el Londres isabelino
8. Apresado por los bandidos hugonotes en el sur de Francia
9. En San Lorenzo de El Escorial, con Felipe II
10. Su muerte en el Atlántico, no muy lejos de su ciudad natal


Es fácil adivinar sus buenos conocimientos de náutica en general puesto que, salvo el océano Índico, dominaba la navegación por el Atlántico y el Pacífico. Sólo la mala suerte le jugó esas pasadas que le impidieron entrar con mayúsculas en la Historia de España. Al final quedó como el malo de la película y, para algunos, el culpable de abandonar a aquellos desgraciados a su suerte o, en otro modo, de arriesgar demasiado en esa empresa de tercos. Y sin embargo el empeño personal de impedir la presencia de otras naciones enemigas de la España imperial de los Austrias y de los Borbones. 

¡En el Nombre de Jesús!
¿Qué fue de aquellos desdichados condenados por el destino, por Sarmiento y por Felipe II? Alrededor de 200 personas quedaron en Nombre de Jesús, junto a la Punta de Vírgenes. En ella trabajaban sin éxito aquellos olvidados, edificando casamatas, intentando cultivar, cazar o pescar. El hambre, como ya se sabe, les fue diezmando. Un grupo de ellos intentó desplazarse en busca de la otra colonia: Rey Don Felipe. Sólo llegó vivo Tomé Hernández. Quedaron unos 20 colonos. Nunca fueron rescatados y no se supo ya nada de ellos, aunque es fácil imaginarse su final. El marino Oliver Van Noort desembarcó en este lugar en noviembre de 1599, siendo atacado por los indios ona. A inicios del siglo XXI los arqueólogos descubrieron los restos del primitivo poblado, donde hay en la actualidad un monumento en su recuerdo.

En honor de Su Majestad: la Ciudad del Rey Don Felipe
No menos trágica fue la suerte de este otro asentamiento. El corsario inglés Cavendish atracó en el siniestro lugar en enero de 1587. Descubrió los restos de los cadáveres y las ruinas. Tan desolado era el paraje que no se le ocurrió otro nombre mejor para rebautizarlo que el de Puerto del Hambre. Descubrieron, sin embargo, a un náufrago superviviente: Tomé Hernández, el cual relató lo sucedido. Tras embarcarlo en su nave, logró escapar en un momento de descuido de sus captores en la costa chilena, logrando llegar a la presencia del gobernador de Chile, Alonso de Sotomayor, al que pudo relatarle lo acontecido y darlo a conocer a la historia.
Así quedaba abandonado ese maldito paso del sur, tanto para españoles como para los enemigos del reino. Los hispanos continuaron con su ruta panameña (camino del Chagres, Panamá-Portobelo), así como los piratas, corsarios y bucaneros, para llegar al preciado virreinato del Perú y su capital limeña, escala en la ruta de la mercúrica Huancavelica o de la argentífera Potosí.

El Beagle y un viajero ilustre
Solo algunos aventureros surcarían por allá antes del siglo XIX. Ya en esta centuria, con los avances de la navegación al vapor y la muerte de la vela, pudo llegar a Puerto del Hambre el buque de exploración científica Beagle en agosto de 1828. Su capitán se suicidó, siendo sepultado en el lugar. El teniente Robert Fitzroy consiguió el mando. En el segundo viaje de exploración del Beagle iba un viajero de lujo: Darwin, que pudo visitar Puerto del Hambre entre 1833 y 1834.
Por fin, en septiembre de 1843, cuando la joven república de Chile colonizaba el sur patagónico, su gobierno decidió levantar el Fuerte Bulnes, cerca de la península de Santa Ana, muy cerca del asentamiento hispano. Con el tiempo también se abandonó y, esas ruinas son las que describe Galdós en el capítulo XI del Episodio Nacional La vuelta al mundo en la Numancia que ya citamos en la entrada anterior.

Examinadas las ruinas, entendieron los españoles que no pisaban los restos de la obra insensata de Sarmiento, sino los de la Penitenciaría chilena, fundada en aquél sitio a principios del siglo XIX. Tal vez en los informes vestigios, paredones corroídos, pilares truncados, había trozos de diferente antigüedad. Eran ruinas yuxtapuestas, despojos sobre despojos, pavorosa osamenta de dos arquitecturas muertas y consumidas del sol y el viento. Sobre ellas rodarían indiferentes las edades. Lo que en la historia humana había sido completamente inútil, en la Naturaleza servía para que anidaran cómodamente los pájaros bobos.

En entradas posteriores intentaré novelar esta historia, aunque a plazo medio. Posiblemente para el verano, en que las vacaciones me dejarán escribir algo mínimamente leíble. Mientras tanto seguiré con algunas entradas de diferente temática.


8 comentarios:

Cayetano dijo...

Curioso personaje.
Gallego siempre para las Américas.
Sesenta años de vida intensa: aventurero y esforzado navegante, terco cronista, perseguido por el Santo Oficio allí donde fuera, testigo de excepción de su tiempo, fustigado por las adversidades del mar y de la climatología y atacado por piratas y bandoleros.
Cuatro vidas en una.
Lo milagroso es que llegase a esa edad.
Un saludo.

RETABLO dijo...

Es muy interesante,al respecto, las novela de Robert Graves "Las Islas de la Imprudencia".

Me alegro de volver a leer sus interesantes trabajos.

Saludos.

Juan dijo...

Hola Cayetano. Pues sí, desde luego que sí. Me pareció muy interesante esa vida y por ello decidí ver alguna cosa en Internet y ver mapas y ese texto de Galdós. Desde luego que la Historia de América tiene episodios muy interesantes y que apenas conocemos, episodios que no nos enseñaron ni enseñan los actuales libros de texto.
Saludos compadre.

Juan dijo...

Muchas gracias Retablo por leer estas entradas que te parecen interesantes. De Robert Graves solo conozco su famosa serie televisiva de Yo, Claudio.
Saludos Señor del Retablo.

Mari-Pi-R dijo...

Su terquedad le hizo reorganizar nuevos viajes y no renunciar al sueño difícil de las expediciones sobre el continente americano, lástima que no llegase a su deseo en su última embarcación.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Muy agradable de leer...
pero con algunos errores ,, que no empañan en nada lo escrito..

Christian Garcia Chacon
guia e investigador ciudad del rey felipe ll
Punta Arenas-
Patagonia Chilena

Juan dijo...

Hola Mari-Pi-R, en efecto, una pena que tanto tesón no se viese recompensado con cierto éxito.
Saludos.

Juan dijo...

Muchas gracias señor Christian. Un honor que me lea mi texo un investigador chileno del lugar tan trágico.
Un ruego le voy a hacer. ¿Podría decirme mis errores? Sería de mucho provecho para mí. Tiene mo correo en el blog. Le doy de antemano las gracias y si algún día puedo viajar allá espero conocerle en persona.
Saludos.