sábado, 13 de agosto de 2011

DE MADRID AL CUZCO EN 1672-73: EL OBISPO MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO (2ª PARTE)

INTRODUCCIÓN EXPLICATIVA
Como dije en la entrada anterior voy a intentar reconstruir un hipotético viaje a América del Sur en el siglo XVII. Intento unir las impresiones de las dos orillas del océano a través de mis viajes y dando por supuestas muchas cosas que son fruto de mi invención. Cálculos y estampas son imaginadas. La mente del obispo, por ejemplo, la supongo muy culta y conocedora de lecturas de la época, como El Quijote o La Araucana, etc, así como conocedor de la historia española. 

En sus etapas españolas calculo unos cien kilómetros al día a cabalgadura rápida. La ruta actual la conozco bien, en coche, claro está, así como algunas ciudades en las que paro al ir a Andalucía.
En el caso de la navegación, lógicamente es de mayores suposiciones, con cálculos de rutas de las flotas de Indias del momento. El viaje de Lima a Cuzco lo hice en avión, pero hice rutas por aquellos altiplanos y lecturas sobre el territorio, como Arequipa o el cañón del Colca. Sigo la ruta histórica transandina que me dijeron mis amigos historiadores peruanos.
Más difícil me ha resultado simular el castellano aquél. Es el campo de mayores invenciones mías. Mezclo arcaísmos de todo tipo, aunque soy consciente de medievalismos ya inexistentes y de voces de oídas en películas. No obstante se trata de imaginar esos escritos. He intentado no abusar mucho de ello.
Pues bien, solo me queda intentar que el lector se entretenga y se imagine los parajes recorridos en ambos lados del océano, tanto a los lectores americanos, que los tengo, como de los españoles.

BREVE RELACIÓN DEL LUENGO VIAJE DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR OBISPO DON MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO DE LA VILLA DE MADRID AL CUZCO, LA ANTAÑO CAPITAL DE LOS REINOS INCAICOS.
CIUDAD DEL CUZCO, VIRREYNATO DEL PERÚ.
AÑO DE MDCLXXXXVIII.

LIBRO PRIMERO: DEL VIAJE A LA ANDALUCÍA

Primera jornada: a guisa de prólogo e de mi salida de la Villa de Madrid.
Yo, Manuel de Mollinedo y Angulo, burgalés de Bortedo, obispo del Cuzco, a mis cincuenta y ocho años, de menguada salud y ya presintiendo mi muerte y juicio posterior ante el Altísimo, he tenido a bien escribir, a modo de recuerdos, mi luengo viaje hasta esta tierra que tanto me ha donado en esta mi ya declinante vida.
Recuerdo la gran congoja que me producía el día siguiente de los fastos patronales de San Isidro, el 16 de mayo, al pasear por última vez por aquella augusta Villa de Madrid que sigo recordando como si agora la viere en este triple declinar: el del siglo, el del enfermo rey Carlos y el del que esto escribe.
No soy persona de mucho añorar y sí de muy ávida actitud de asumir lo que viere allá donde fuere. Por esta cosa, con todos mis amplios bártulos y hatillo preparado, resolví que mi paseo de despedida no debía de ser grande: limitóme a salir de mi amada parroquia de Santa María y mis pies me llevaron por la Plaçuela de la Villa, y la Platería al solar de la antaño Puerta de Guadalajara. Seguí por la calle Maior, viendo, a mi mano derecha las cotillerías de los soplones, las dueñas y los entrometidos (según nos narraba el maestro don Francisco de Quevedo) de las altas gradas de San Felipe, para llegar a la Puerta del Sol, verdadero corazón de la villa. Ya pasada la sobremesa quiso mi voluntad asomarse a la vista de las montañas del Guadarrama: por la calle de San Ana, atravesé la Puerta de la Vegva. Las cumbres de la sierra a la lejanía, ya sin apenas la blanca nieve invernal, me hacían recordar el cuadro del maestro Velázquez, el del desgraciado príncipe don Baltasar Carlos a caballo que veía en mis visitas al regio Alcázar. La hermosa vegva del humilde Mançanares estaba postrada ante mis ojos, así como la Puente Segoviana. Esa noche resolví retirarme pronto a mis aposentos ante las jornadas que me esperaban. Mis pensamientos estaban ocupados en mis recuerdos de mocedad, cuando jugaba en los campos de mi aldea burgalesa, en mi Bortedo natal, con sus prados, sus vacunos y sus montes cercanos, tras los cuales se hallaban las tierras verdes vizcaínas.
A 17 de mayo de 1672, aún de noche, salí de mi parroquia, montando mi caballo con mis sirvientes de compañía, pues aún era joven y así, cabalgando sin carreta, iría más rápido hacia la Andalucía. Tomando de nuevo la Platería llegué a la Plaça Maior, la cual atravesada en sentido mediodía, me hizo enfilar la calle de Toledo, camino del Mançanares y desviar mi caballería hacia el camino de Villaverde.

Los nombres y las calles las tomo del magnífico mapa de Texeira de 1656. La iglesia de Santa María y no existe, ni la calle de Santa Ana. Las hoy llamadas Vistillas eran ya muy del paseo aquél siglo XVII por las agradables panorámicas de la sierra, hoy ya muy cambiadas con edificios altos de los confines del actual Madrid y sus ciudades dormitorio. Los topónimos antiguos también los copio del mapa.

Mapa de Texeira. Madrid, 1656.

Tras pasar esta población y divisar el Cerro de los Ángeles, verdadera atalaya vigilante sobre Xetafe, volví mi cuello para ver por postrera vez aquella Villa y Corte de mi juventud no sin algo de melancolía como es menester reconocer. A mi izquierda el sol nacía por el levante, iluminando un paisaje primaveral con una temperatura de mucha bonanza. El paisaje de la primavera era risueño, con sus florestas naciendo y los carreteros con bueyes y mulas avanzando a Madrid a comerciar sus mercancías y viandas.
Al no ser invierno, sin los lodos de lluvias y de nieves, salvo las tormentas de rigor, mis espuelas me permitieron cabalgar y poder cubrir un camino de entre 15 a 20 leguas al día. Ello fue posible por mi gran poder e influencia ante las autoridades y dineros para dar de pastar a las caballerías y cambiar dellas a cada jornada.

Al suponer unos 6 kms por legua, voy a tomar los 100 o 120 kms al día, es decir las 15 o 20 según trayecto. El tiempo primaveral, la ausencia de montañas altas, salvo el desfiladero de Despeñaperros, y los días de más duración, junto a la juventud del personaje y su séquito al trote ligero harían posible esta duración. Además el equipaje de cuadros y demás ajuar del obispo, se llevaría, una parte días antes, y en días posteriores, otra.

A media mañana ya sobrepasamos las villas de Pinto y Valdemoro. Cuán deliciosa visión del valle del río Tajo, al bajar la calzada para poder almorzar en el sitio del Real de Aranjuez. Recordaba los refranes que leía en mis tardes complutenses de mis años estudiantiles los refranes del maestro Gonzalo de Correas para describir este paisaje tan risueño: Tras marzo ventoso y abril lluvioso, queda mayo florido y hermoso.

Palacio de Aranjuez, siglo XVIII.

 Aranjuez en el siglo XVII, aunque ya lugar de residencia de reyes, aún no era el Real Sitio del siglo posterior. No obstante, su vega y excelencia del cauce del río Tajo, debían de contrastar con los páramos y secarrales de sus alrededores.

Ya tras sobremesa subimos en la cabalgada la cuesta del lado al mediodía del dicho valle para llegar a la ya villa toledana de Ocaña, lugar donde está enterrado el alma del gran cronista Ercilla, aquel madrileño que escribió La Araucana, cuyas páginas leía con avidez para ir imaginándome cómo serían las Yndias. Leía las desventuras de don Diego de Almagro de don Pedro de Valdivia, vilmente caído ante los feroces araucanos, cuya conquista aún no está del todo acabada, siguiendo sin ser llevados al camino de la religión de Nuestro Señor. Tembleque se nos pareció con las primeras sombras de la entrante noche, tras atravesar los lugares de Dos Barrios y La Guardia. Es una villa de gran encanto que sería nuestro aposento del día que agonizaba.

Puerta de entrada de la Plaza Mayor de Tembleque,
ejemplo de arquitectura popular manchega.

Segunda jornada: de mi transitar por La Mancha, la tierra de Cervantes y don Quijote.
Como es menester en estos viajes a la Andalucía, hay que levantarse muy de mañana, para poder llegar a la ciudad mercantil de Cádiz en una semana. Hoy empezamos mi séquito y yo la cabalgada por la Almanchara sarracena, nombre que leí en mis lecciones alcalaínas de la arábiga lengua, y de informarme de los papeles agarenos del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, esos que estudió y ordenó doctamente el gran Benito Arias Montano para Su Magestad Católica don Felipe II, bisabuelo del actual monarca Carlos II. Almanchara viene a decir tierra árida y llana para los infieles en su lengua.
El paisaje es de una luenga llanura. Algunos cerros y altozanos como el anterior y xetafense Cerro de los Ángeles, rompen su aburrida monotonía. Divisé esos molinos en los que, tras acordarme de las faltas de razón del gran fijodalgo e caballero andante, que tanta risa e mofa causóme su lectura, esos humildes molineros en esperando que soplase el viento cuán Eolo airado, hacen su honrada labor del pan nuestro de cada día. Campos por los que tuve el buen hado de atravesar en época en la que el calor aprieta poco, con sus espigas de trigo en verde, esperando a los segadores con sus hoces y guadañas del estío, para luego esperar las hogueras que preparen la siembra el Adviento otoñal. Dios les de buena cosecha para evitar hambres y pestes. También las viñas hermosas que maduran para regalarnos ese vino que además de contentar el espíritu al excedernos en su bebida como para la consagración del sacrificio misal.
Zagales jóvenes y hermosos cuidan sus rebaños de merinos pastando y abonando las tierras abarbechadas este año. Están esperando a los mayorales del Honrado Concejo de La Mesta, que les llevaren a mi tierra, al norte de España, a pastar y huir de los calores del estío, ese trasiego que se da en llamar la trashumancia. Esas tijeras que trasquilarán su muy apreciada lana merina, placer de los nobles en las invernadas, y de los reinos del Flandes católico, tras su navegación desde los embarcaderos del Cantábrico mar.
El sol aún no hace torturas con su calor infernal en meses venideros. Los pueblos y ventas de descanso que vamos atravesando son, con sus caseríos muy ajuntados, con sus tapiales de abobe y barro, símbolos de de su humildad. Puerto Lápice, Villarta, Mançanares, y Valdepeñas, villa ésta última en la que nos aposentamos para refugiarnos de la oscura noche ya echada sobre nosotros. Calcula mi mente que hemos cabalgado las quinze a veinte leguas.


Sigo el itinerario de la actual A-4 o autovía de Andalucía. Imagino que la mayoría de los pueblos ya existían. En Andalucía sí habrá que omitir algunos que no existían, pues son del siglo XVIII, de aquellas repoblaciones proyectadas, precisamente, por el limeño y criollo Pablo de Olavide: La Carlota, La Carolina o la Luisiana.

Puerto Lápice.


Tercera jornada: De cómo se llega por el llamado desfiladero de Despeñaperros a la Andalucía.
Al poco de abandonar la venta de Valdepeñas, más bien sea dicha de ventorro corrompido y maloliente, pues el tal ventero era de gran grosería, y falta de gallardía, con malas gentes aposentadas, jaraneras y ruidosas, además de haber mujeres de dudosa honra, el día nuevo día risueño y primaveral nos permite ver unas alzadas montañas al mediodía, amenazadoras como todas ellas. Estábamos en la Sierra Morena o Moruna, aquella que también me hizo mucha risa al leer las aventuras del pobre manchego hijodalgo. Dizen de peligrosos bandoleros, ladrones e demás vil canalla de mal vivir que roban a desgraciados viajeros y peregrinos por estas tierras altas. Castigamos con nuestras espuelas a las caballerías para atravesar esos desfiladeros de enriscadas afiladas y descarnadas crestas lo más veloz posible bajo el merodeo de buitres, aguiluchos y otros pajarracos. Decidimos muy prestos pasar de largo de Santa Cruz de Mudela, Almuradiel y la Venta de Cárdenas, para entrar y almorzar en la Andalucía, puerto de Despeñaperros ya atravesado, y gente soez y bandidos evitados y burlados.

Desfiladero de Despeñaperros, la puerta de Andalucía.

Con fuerte resonar de tripas por la hambre acechadora, divisamos el valle inmenso que nos recibe y que recorreremos hasta la mar océana, hasta el llamado Atlántico, que no Mediterráneo. Bien vale pasar algo de tortura a nuestras entrañas para poder llegar a la villa de Bailén a aposentarnos. Llegamos a Santa Elena y recuerdo ya ver la cercanía de Las Navas de Tolosa, lo que me trujo de nuevo mis recuerdos de la historia aprendida en las aulas alcalaínas. En estos parajes la Cristiandad, por designio divino, con los valientes navarros, castellanos, leoneses y aragoneses, todos súbditos de reyes fieles de la Santa Cruz, hundió su espada en las entrañas de los ejércitos sarracenos, a los mil doscientos doce años de nuestra era, dándoles mucha mortandad a los agarenos infieles, siendo el gran rey Alfonso el VIII de Castilla y de León. Esta gran batalla ganó la Andalucía para la cruz y la libró de la media luna gracias a la ayuda de un zagal pastorcillo que guió las huestes a la victoria por intrincados cortados entre los picachos y crestas de esa Sierra Moruna.
Ya no nos quedaba ninguna sierra ni cuesta de importancia hasta los barcos de las Yndias. Tras almorzar en Santa Elena, la galopada nos hizo pasar por esas Navas, por la aldehuela de Carboneros, Guarromán y el dicho pueblo de Bailén, lugar de nuestra nueva parada y fonda en un ventorro.

Poco podía imaginarse el bueno del obispo que esa población de Bailén entraría en la Historia de España con mayúsculas, por la batalla de julio de 1808 y que supuso la primera derrota en campo abierto de las tropas napoleónicas. También la prolongación de la calle de este nombre fue la causante, a fines del siglo XIX, de la demolición de su parroquia, cuyos restos se encuentran hoy a la vista frente a la actual capitanía de Madrid, antiguo palacio del duque de Uceda.

Cuarta y quinta jornada: de mi llegada a la ciudad de los califas.
Como que el cansancio empezase a mostrarse, me refugiaba en mi placer interior de recordar las lecciones aprendidas y escuchadas de mis doctos maestros de la latinista Complutum.
Se advierte algo más de calor y el final de la primavera. Es veinte de mayo y ya han menguado dos meses desde marzo, quedando muy lejana la Semana Santa. Intenté no usar el carruaje para ahorrar tiempo de viaje y disfrutar algo de la región del mediodía del reino. Andújar es la primera población grande que atravesamos. Los viñedos y trigales meridionales de Castilla se han trocado en olivares interminables sin alcanzar la vista su fin. Las olivas o aceitunas, esas joyas que daban ese aceite de insuperable calidad y que por estas tierras del Perú tanto se añora.
Marmolejo, Villa del Río, Montoro, lugar este de almuerzo, Pedro Abad, El Carpio, Villafranca de Córdoba, Alcolea, pueblos algo monótonos ya a mis cansados ojos. La noche empieza a caer. Ahora vamos con el sol hacia nuestras caras por cabalgar a rumbo de poniente. Como una enorme naranja, el sol se va poniendo o escondiendo por la infinitud del horizonte. Según mis cálculos de cosmografía, al ser las ocho horas de la tarde ya casi noche cerrada, oscura y lóbrega, en Yndias deben de ser las 12 del medio día, la hora de rezar el Ángelus.
No he podido divisar desde la lejanía Córdoba por ser ya noche de poca visión ya. De todas formas, haciendo uso de mi autoridad religiosa, me decidí dejar descansar y darme a la ociosidad en esta ciudad que tanto me intrigaba conocer y ahora la vería por primera y última vez. Como obispo descansarían mis huesos en buen aposento: el palacio episcopal.
Amaneciendo el 25 de mayo, con el cielo de color gris y alguna menguada lluvia, muy agradecida por cuanto el calor del astro rey empezaba ya a calentar más de la cuenta, resolví visitar la histórica ciudad de los antaño moros cordobeses. Me dejó grandemente maravillado su original catedral. De una mezquita, templo sarraceno, nació por orden del emperador Carlos I, una catedral de nuestra verdadera y única religión. Como aficionado y humilde estudiante del arte, debo decir que, en el fondo, me causó turbación disimulada ante el obispo cordobés que me hacía el honor de acompañarme. Me turbó cómo una construcción de calidad y hermosura sin par, infiel, pero arte a deleitar, no merecía una profanación de tal grandeza. No es agradable contemplar una destrucción y una falta de conducta con el esplendor aún siendo de infieles agarenos.

En tiempos de Carlos I se levantó una catedral en el centro del bosque de columnas que sostienen las bellas arcadas polilobuladas o no, con sus dovelas rojiblancas de herradura califal de los siglos VIII a X. Un coro y un altar rompen, sin ningún tipo de gusto, entre esa maravilla del arte hispanomusulmán del califato cordobés, la armonía estilística. El viejo minarete asoma vigilante por los tejados de las callejuelas y sombreados y frescos patios de la vieja Córdoba.

Calles cordobesas vigiladas por el minarete de la mezquita.

Las gentes cordobesas y el vulgo con quienes me cruzaba en mi interesado pasear, eran de gran alegría, siempre dadas al cante de coplillas y el improvisado baile con gracejo mezcla de maestría y de picaresca, muy dado en las famas de estos andaluces de ayer, de hoy y de siglos venideros.
Recordaba mis lecturas de crónicas de Yndias y recordaba al gran Inca Garcilaso, el que fuere primer mestizo (mezcla de español con hembra india) del Nuevo Mundo. Por estas calles paseó, escribió y murió el hombre a cuya tierra que lo vio nacer iba yo a trabajar humildemente como en la viña del Señor. ¿Qué me depararía aquella tierra desde la que ahora escribo?. Esa era la pregunta que me atormentaba a ratos, en los que los malos pensamientos turban la mente del más bondadoso de los hombres. Yo iba a hacer el tan luengo viaje sin retorno fácil, por no decirlo abiertamente. Ya descansado de la rutina de trotar en la caballería durante varios días enteros, tuve a bien de irme a descansar a mis aposentos palaciegos. Esa noche oré mucho al Señor para que me diese las fuerzas necesitadas, pues mi conciencia de mortal me impelía a volver a mi amada parroquia matritense, para seguir adorando a mi Señora la Virgen de la Almudena. Pero esta tentación de villanesca mente, la combatía con el recuerdo de la historia de aquellos moros califales, aquellos reyes agarenos llamados mayormente Abderramanes, y que tantas plumas de narradores del pasado han inspirado.

Sexta jornada: de cómo me adentré en la grandiosa y romana Hispalis.
Esta jornada iba a ser larga, de ahí que tuviese a bien el descansar un día anterior en Córdoba, la sultana. Me esperaba la campiña del Guadalquivir, río aún menguado, no merecedor ni capaz de tener la visita de los galones de Yndias, sino hasta su salida de la hispalense ciudad, junto a Madrid, verdadera metrópoli de los reynos de las Españas.
Muy cerca, en relativos términos entiéndase, hállase la raya de Sevilla, atravesada la villa de Quintana. Se divisa en la lejanía Écija, ciudad muy pía a ser por las altas torres conventuales. Poco a poco se van haciendo grandes así como nos acercásemos. Decidimos a consejo seguir de largo para no demorarnos en nuestro peregrinar hacia la hispalense Sevilla. En Villanueva del Rey calmamos nuestras tripas abandonadas al hambre no saciado.
Amodorrados y somnolientos debíamos volver a montar en nuestras bestias para encaminarnos a Carmona, ya muy próxima a nuestra ciudad de destino.
A la moruna Isbila llegamos ya con la noche entrada y escoltados por guardianes del orden, dada la grande cantidad de ladrones, pícaros y maleantes, tanto por sus alrededores como por sus angostas callejuelas y plazuelas.

Séptima jornada: de la otrora grandiosa y hoy menguante ciudad de Sevilla.

La Sevilla de la segunda mitad del siglo XVII era ya una sobra de aquella que vio nacer la Casa de Contratación (monopolio único de viajar a las Américas) a inicios del siglo XVI. Ya en la Edad Media Isbila despuntaba siendo la capitalidad almohade, de cuya época data la construcción de sus emblemáticas y mundialmente conocidas Giralda y Torre del Oro. La primera fue torre de la vieja mezquita, ahora convertida en catedral gótica. Por no decir de la primera época de auge cuando era la Hispalis romana. Ambas, la Hispalis romana como la Sevilla de los Austrias, coincidían en ser las receptoras de tesoros con destino a las dos metrópolis imperiales: Roma y Madrid. Por ella circulaba el oro hispano de El Bierzo y la plata americana. La diferencia entre las dos épocas era que con Roma era Hispania una provincia, mientras que ahora España era un Imperio.
El río Guadalquivir ya no podía soportar el trajín de unas naves (galeones), cada vez más pesadas y que encallaban con mucha frecuencia. Cádiz se imponía cada vez más, a pesar de ser más vulnerable a los ataques piratas y anglo-holandeses.
No obstante, las calles aún tenían trajín de gentes de todo el mundo y razas, y la Casa de Contratación seguiría funcionando en ella hasta su traslado a Cádiz en el siglo XVIII. Sufrió a mediados del siglo XVII duras epidemias de peste que acabaron con su esplendor. La mortandad fue enorme y la ciudad ya no se recuperó. Los pícaros y delincuentes se veían atraídos por esos grandes tesoros que acogía. Este siglo XVII seguía siendo, con Madrid y Lisboa, la gran ciudad de la península. En este inicio del siglo XXI es, indiscutiblemente la cuarta ciudad española tras Madrid, Barcelona y Valencia.

La ciudad de Sevilla es tan grande y laboriosa como la villa de Madrid. ¡Cuán trajín de gentes de todo pelaje se cruza el forastero por sus calles! Vocerío, ruidos, idas y venidas constantes de caballerías, mercadeo por doquier. Como desde hace unos veinte años, una grande peste, seguida de muy poca comida, llevóse la vida de muchas de sus almas, dejando la ciudad en tal grado de postración y penuria que aún no ha de levantar cabeza como antaño.
Es esta grande urbe ya casi el confín de España. La cercanía de la mar océana, a tan solo 30 leguas hacía ya excitar el ánimo del viajero que marchaba a Yndias. Ya me daba la desazón de verme embarcado próximamente, envuelto en peligros acechadores, tanto de la madre naturaleza como de los corsos o corsarios. Decidí no turbar mi ánimo y dejar mis energías para mayores penas.
El gran río es la arteria de la vieja Baetica romana. Río Betis romano, wadi el Kebir, el río de los moros que viene a decir río grande: wadi o río, y Kebir grande. Con el tiempo el vulgo dio en decir Guad al quivir, nombre con el que en estos tiempos es conocido.
Las murallas de los moros del África marroquí, los llamados almohades, no pudieron resistir la treta de aquél santo y augusto rey paisano mío de Burgos: el gran San Fernando, el tercero, ni el de otro de mis ilustres paisanos el gran almirante don Ramón de Bonifaz, allá por los mediados del décimo tercer siglo de nuestra era. Desde entonces ya es ciudad de la cruz, la vieja cuna del sabio santo godo: San Isidoro y su hermano, el también santo y obispo hispalense, Leandro.
La gente de mal vivir paséase por sus calles y mucho se dejan de notar, sobre a las gentes poco avisadas, víctimas frecuentes de sus timos y robos. Ya estaba yo avisado por mis lecturas, cómo no, del gran maestro, príncipe de nuestras letras y héroe de Lepanto, don Miguel de Cervantes. Muy reídas por fueron las páginas de su novela, por el llamada ejemplar: Rinconete y Cortadillo. Nárranse en esas páginas las aventuras divertidas de dos mozuelos de mal vivir adiestrados por el truhán y jefe de golfos, Monipodio, De esa lectura poco supe de los crueles escritos de la dura lucha por la vida que narran esas novelas llamadas de pícaros: el Guzmán de Alfarache o el Buscón, del maestro Quevedo, que tanto me hizo revivir sus andanzas en la Alcalá de mis años estudiantiles.
Cajas y mercancías de todo tipo circulan como hemos narrado. Ya se preparaban los almacenes de la Casa de Contratación, lugar del que no es posible escapar si se quiere cruzar la mar océana. El edificio es enorme caserón, todo repleto de almacenes para todo tipo de mercancías: las eu estaban esperando ser embarcadas, como las de la Yndias llegadas.
Como iba a estar meses en el agua flotando, decidí seguir camino a Cádiz y esperar allá al galeón que me llevaría al destino. A inicios de junio el calor ya es fuerte en Sevilla, aunque no tanto como antaño, al decir de los más viejos, pues según dicen, estos años son de frío grande e muy rigurosos inviernos e templados veranos. Es cierto ello, pues estos rigores están dando malas cosechas y hambres entre los más desgraciados del vulgo.

En el siglo XVII hubo unos años de enfriamiento excepcionales, tanto que se habla de una pequeña “edad del hielo”. Las malas cosechas dieron fuertes hambrunas o crisis de subsistencias, acompañadas a veces con duras epidemias de peste que disparaban la mortalidad.

La inconfundible Giralda de Sevilla,
viejo minarete almohade y hoy torre de la catedral.
Mis visitas a sus edificios más insignes en mis paseos son de lo más instructivo. La elegante y alta giralda empequeñece a la torre de Córdoba antes vista. La catedral es enorme y desprende riqueza a sus cuatro puntos cardinales. Cuentan que el obispo que inició sus obras quiso hacer una tan gran obra que los hombres futuros diésemos en decir que estaba loco. Esa Giralda, tan querida por el vulgo hispalense, se divisa desde muy luenga distancia. La Torre del Oro dícese que es de los años de los moros de la Berbería, llamados almohades. Me plació mucho oler en los patios el olor de múltiples florestas, en plena estación de Venus. Muy moruno es el Alcázar de esos mismos agarenos llamados de Taifas, como uno de sus reyezuelos: el nombrado como Almutamid, allá por unos seiscientos años atrás poco más o menos si no me fallan mis lecciones de historia aprendidas allá en la Alcalá de mis años mozos, cuando me sentaba a leer las páginas del gran padre Mariana y su Historia de España.

Octava jornada de cabalgadura: por las campiñas sevillanas.
A 31 de mayo, pasada ya una semana y un día de mi llegada a esta Babilonia de la Andalucía, tenía que retomar de nuevo las fatigas del viaje, aún en sus comienzos si pensásemos en lo que me quedaba para llegar a este Cuzco desde el que escribo. Como ya dije decidí ir a Cádiz por tierra y esperar allá la escala de la flota. Mucho me estaba ya acostumbrando a esa alegría de estas gentes andaluzas, tan dadas al cante, baile y jarana, con su gracejo inconfundible y ese acento y que, según dizen, es muy propio de las tierras a las que voy.
Muy de mañana, con la fresca de la mañana y su rocío, salimos con nuestras caballerías hacia el mediodía. La interminable llanada dicha desde el paso de Despeñaperros, continúa hasta hundirse en las aguas del mar. A mediodía el sol de casi junio ya es abrasador y se impone el uso de amplio sombrero de las anchas y la liviandad de vestimentas, pues, para mayor escarnio, la humedad ya se nota, cosa que en mi tierra natal y en Madrid, apenas se deja de notar.
Atravesamos unos campos verdes por las lluvias fuertes de abril, donde me dijeron los mozos del campo que en abril son las aguas mil, refrán que ya recuerdo haber leído en el libro del mencionado Gonzalo de Correas: Vocabulario de refranes.
En esas campiñas florecidas y primaverales revividas por el sol, pastan rebaños de toros muy bravos, esos que hacen las delicias de las fiestas o corridas por toda España desde el sur de Madrid. Hermosos animales negros con enormes cornamentas nos mirasen desde los muretes de piedra que nos separan de ellos. Yo, aunque formado en Alcalá y Madrid, naci en tierras del norte de Castilla, por lo que esa fiesta tan hispana no me place en exceso, al contrario que a mis compatriotas. Acá en el Perú, se han contagiado de esta fiesta taurina y muchas reses bravas se toreasen en la Plaza Mayor de Lima.
 Hasta finales del siglo XVIII, con el virrey Amat se inauguró la actual plaza del Acho, a la otra orilla del río de Lima, el río Rímac.
 Así como avanzábamos a rumbo de mediodía como antes dije, íbamos atravesando los lugares de Dos Hermanas, Los Palacios, Las Cabezas de San Juan –donde dimos placer a las sufridas tripas- y El Cuervo. Me alegraba ir siguiendo la ruta de la santa Cruzada de Reconquista contra la media luna, aquella que siguió el ya mencionado rey muy pío San Fernando con sus huestes y mesnadas.
Ya por estos días las luces del sol son más luengas de duración, y llegamos aún con visión sin candil a Jerez de la Frontera. Las campiñas se han trocado en viñas y cepas de ese vino andaluz de muy grande fama y sabor.
En buena venta nos alojamos, aunque muy al contraste de las comodidades del palacio episcopal de Sevilla.

He puesto la parada y fonda del obispo en Las Cabezas de San Juan por ser el lugar donde creo que se bifurcaba el camino a la costa: desde aquí, por Lebrija y Trebujena se llegaba a Sanlúcar de Barrameda, el otro puerto desde el que zarpaban los galeones. También aquí, siglo y medio después se coció parte de la historia americana y de España: el 1 de enero el pronunciamiento de Riego y la negativa a embarcarse a la guerra contra los libertadores, se selló la definida emancipación de América continental hispana y el primer pronunciamiento exitoso de los liberales españoles.



Novena jornada: de cómo me maravilló ver el mar.
El día 1 de junio de 1672 siempre se me dará en mi sesera de recuerdos al ver ese mar que tanto había oído hablar. Mi aldea de Burgos no está muy lejos del que se llama Cantábrico, pero las montañas que dicen Bascas, impiden a mis paisanos y vecinos cabalgar hacia él. Hoy el día será corto en la cabalgadura: apenas unas ocho leguas de camino. Tras abandonar Jerez, atravesamos el Puerto de Santa María, para llegar al Puerto Real. Allá se produjo mi visión de la mar, aunque algo menguada, al ser una bahía. Podríamos haber seguido rodeándola hacia San Fernando y seguir por una fina manga de tierra hasta Cádiz, pero tuvimos a bien tomar una barcaza y entrar antes en Cádiz.

CONTINUARÁ

20 comentarios:

Javier Tellagorri dijo...

Jodó, qué tío, Don Juan, eres un gran escritor de fina pluma e inmensa cultura, tanto histórica como topográfica. Boquiabierto me he quedado con las descripciones del caminar de Madrid a Cadiz.

Quien sabe, sabe, y los demás "semos" unos aprendices de Historia.

Me has recordado, al incio del viaje obispal, que en Tembleque venden hoy el mejor queso manchego existente y por tanto el mejor queso del Mundo.

Es una auténtica delicia leer tus viajes y se hacen cortos los capítulos.

Felicitaciones sinceras y merecidas. Tú no eres un "Pichi-Castizo" madrileño sino la erudicción viviente.

Sabrás que por esa época hubo gran disputa sobre la calidad de las construcciones navieras de gaditanos y vascos y que al final se impusieron las naves de factura vasca diseñadas y elaboradas por los mejores ingenieros navales de la época.

Juan dijo...

Bueno, bueno, no te pases tío. Soy un viajero curioso y algo ratón de biblioteca, nada más, muy lejos de la investigación seria como Dios manda. En la plaza de Tembleque hay una lápida de un tal Padre Tembleque, el cual hizo un acueducto en México, en la ciudad de Querétaro. Sobre el queso, te diré que uno de mis preferidos, tras el Cabrales que es mi máximo placer al paladar, es el de tu tierra, el de Idiazábal, con un buen Rioja. Encantado de que leáis los con placer, pues de eso se trata.
Sobre las navieras no sabía nada. En la facultad me dijeron que la pugna era con los cántabros, con los altos hornos de Liérganes y La Cavada. También recuerdo de la novela de Las inquietudes de Shanti de Andía, de nuestro admirado don Pío que el protagonista trabajaba en la Soceidad Vasco-andaluza creo.
Saludos desde el país de los Pichi Castizos, jajajaja.

CAROLVS II, HISPANIARVM ET INDIARVM REX dijo...

Querido Juan, amigo, no puedo hoy más que rendirme ante tu pluma y darte un fortísimo aplaudo: PLAS PLAS PLAS. ¿Nunca te has planteado escribir un libro, una novela histórica? En serio, esto es lo tuyo, sería el nuevo Pérez Reverte. Tus conocimiento geográficos e históricos hacen que el conjunto tenga una lógica y que goce de un realismo impactante. Simplemente me ha encantado y sigo muy atento a la próxima entrada.

Muy bien traída la decadencia de Sevilla que acabaría con la Casa de Contratación en Cádiz el año del Señor de 1717 por Orden del Animoso Felipe V.

Me trae a la mente estos versos de Cervantes sobre los funerales de Felipe II en Zevilla:

«¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!;
porque, ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta braveza?

¡Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más que un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y riqueza!

¡Apostaré que la ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
el cielo, de que goza eternamente!»
Esto oyó un valentón y dijo: «¡Es cierto

lo que dice voacé, seor soldado,
y quien dijere lo contrario miente!»
Y luego encontinente
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada"

(AL TÚMULO DEL REY QUE SE HIZO EN SEVILLA)

Un abrazo.

Javier Tellagorri dijo...

JUAN
Si tienes algún interés en el tema de la construcción naval del XVII, te remito a mi web sobre vascos en la URL :
http://vascon.galeon.com/guip.html

cuyo título es "Guipúzcoa" pero bajando en la página hay un epígrafe titulado "Construcción Naval Vasca" en donde hago un resumen del tema.

Juan dijo...

Dos veces muchas gracias Majestad, por su comentario elogioso y por su poema de Cervantes.
Escribir bien es de genios y yo disto muhco de serlo. Soy muy perfeccionista y cuando me releo siempre me veo errores. A lo mejor, cuando me jubile, igual sigo su consejo, pero desde luego que no creo que sea ningún Reverte ni ningún Humberto Eco, ni, por supuesto, Galdós.
Saludos y no pase mucho calor por este mundo mediterráneo donde usted se encuentra ahora, ya sea por las Italias (su segundo país) o las Españas.

Juan dijo...

Okey Tella, me viene la pelo tu escrito, pues estoy intentando documentarme para la 3ª parte, pues tratará del viaje en galeón. Como sabes soy un mesetario, y aunque me gusta el mar, sólo lo veo en verano.
Saludos y sigue disfrutando del templeado verano vascorro.

Javier Tellagorri dijo...

A propósito de "mesetarios y naval" te cuento lo que decía un padre bilbaino a su hijo :
"Te mando a Madrid a estudiar ingeniero naval, único sitio en donde hay Escuela de Navales, aunque qué sabrán esos de asuntos navales. Pero cuida mucho de no decir que eres de Bilbao porque no hay que hacer pasar envidia a nadie sin necesidad".

Eduardo de Vicente dijo...

Te escribí ayer un comentario a la entrada pero lo debí de mandar mal.

Excelente conocimiento del terreno y de su historia, estaremos atentos al viaje a Indias.

Saludos.

Juan dijo...

Desde luego Tella lo de los vizcaínos y los guipuchis es más fuerte que los de los nazi-onalistas y los españolistas.
Saludos.

Juan dijo...

Don Eduardo, espero no defraudaros en las siguientes entradas porque dicen que segundas partes no son buenas, jejeje.
Saluti.

José Luis de la Mata Sacristán dijo...

en nuestra era del AVE y de llegar a Sevilla en un par de horitas no tenemos la visión que nos das en esta entrada de lo que suponía hacer ese viaje en esos tiempos...

Sobre el mundo naval y la Mancha recordar que el museo de la Armada se encuentra en plena provincia de Ciudad Real...

Juan dijo...

Hola José Luis, ene fecto el viaje en AVE es para ir con prisas a Sevilla. Yo prefiero coger el coche y pisar por la Mancha y Despeñaperros y ver paisajes y entrar en pueblos.
En efecto, el archivo está en el Viso del Marqués, junto a Sierra Morena.
Saludos y gracias por tu comentario.

desdelaterraza-viajaralahistoria dijo...

Interesante la visión paralela del obispo viajero del siglo XVII y el observador actual.
La última vez que baje hacia Andalucía me detuve a comer en Guarromán. Lo he recordado porque lo cita el prelado. Allí probé, no se si existirían en aquellos tiempos, unos dulces de hojaldre con una especie de cabello de ángel, algo empalagosos, pero típicos de la localidad. Lo digo porque sabido es la afición de frailes al chocolate, dulces y demás delicadezas para el paladar…jejeje.
Ya veremos cómo le sienta el viaje por mar a nuestro mitrado misionero.
Un abrazo.

Juan dijo...

Hola DLT, no sé de historia de los alimentos, aunque las que hacían los dulces creo que eran las monjas y los frailes. No creo que los obispos hiciesen eso, pues eran fijodalgos y eso de hacer trabajos manuales era de baja y ruin gente. Este Mollinedo estar´ñia entre libros y latines. He omitodo las tortas de anís de Écija y alrededores de Sevilla, pues no sé si metería la pata. Respecto al resto del viaje, estoy intentando escribir lo más exactamente posible cómo sería un galeón. Estoy ideando los posibles vómitos, aburrimientos, pisibles tormentas del caribe, distancias, etc. Es difícil esto de escribir imnaginando sin fantasía literaria.
Muchas gracias por tu comentario DLT.

Carlos el baterillero dijo...

Nuevamente buen día Juan

Usted es todo un cronista. Como dice uno de los comentaristas, va como para novela su descripción sobre el viaje de Manuel de Mollinedo.

Saludos

Juan dijo...

Bueno don Carlos, pues documentándome para hacer unas entradas que mejoren esta.
Lo dicho, don Carlos, muchas gracias por su visita y evocando nuestras cervezas "Cuzqueñas"...en Lima.
Saludos desde Madrid.

Arturo Gómez Alarcón. dijo...

Muy buena Juan. Te metiste en la memoria del obispo y tus lectores lo disfrutamos.

Juan dijo...

Me alegro que te guste Arturo, estas entradas van por vosotros, los amigos peruanos.
Saludos desde Madrid.

Ricardo dijo...

Excelente Juan me gusto la cronica, nuevamente gracias te dejo mi correo para estar en contacto...un abrazo ricardotofino@hotmail.com

Juan dijo...

Gracias por tu visita Ricardo, ahora mismo tomo nota de tu email.
Saludos desde Madrid.